Cuentan que el sabor cósmico, ese que ahora se emplea hasta en las ensaladas, nació hace miles de años de la idea de un heladero en el Cairo, Egipto, planeta Tierra, quien vio caer un meteorito cerca de su negocio en las afueras de la ciudad. Varios presenciaron el acontecimiento pero él llegó primero al lugar del impacto y pudo, con su habilidad de heladero, agarrar la esfera imperfecta, ponerla en un vaso pequeño y llevarla a casa. En un principio, no podía creer que llevara en su morral un pedazo del firmamento. Luego recordó que hacía solo unas décadas de su tiempo un asteroide por poco había aniquilado a los humanos, no lo hizo porque los terrícolas le ganaron y lo despedazaron. Luego de este evento, varios pequeños pedazos de meteoroides entraron a la atmósfera y las lluvias de meteoritos se hicieron muy comunes durante un par de días.

Personas en todo el mundo pudieron recoger entonces pequeños meteoritos, los cuales fueron utilizados para adornar las mesas de centro de las salas o los estantes al costado de los diplomas y trofeos. El heladero no había tenido la suerte de tener uno, y ahora, luego de unos años, por fin se le había presentado la oportunidad de tener su propia roca del cielo.

Al llegar a casa buscó el lugar perfecto para poner el meteorito pero como sucede con las cosas nuevas que tenemos, el lugar perfecto no existe. Así que por un momento lo sacó de su morral, lo vio detenidamente por 10 segundos y sintió unas terribles ganas de lamerlo.

El sabor lo enamoró tanto que se apresuró a raspar un poco de la roca y roció el polvo primero a un helado de vainilla, luego a uno de chocolate, luego a uno de cactus. Los primeros helados cósmicos de la historia. Los ofreció así, como el nuevo sabor que era y fueron tan populares que ya no hubo gente que tuviera meteoritos de adornos en sus casas.

Con el boom de los viajes interestelares vinieron los cazadores de asteroides y luego el negocio del sabor cósmico se extendió por toda la galaxia. Aquí en el planeta Grujtektlagukrektrej todos le estamos muy agradecidos a aquél heladero.

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