Contaba, apenas, quince años. Era una lluviosa y fría primavera del año 1965; rezumaba el roció en los pastizales y en los caminos enlodados e intransitables renacían las primeras manchas de verdín, tachonadas de hermosas y amarillentas prímulas; las márgenes del río se hallaban aún recubiertas de una delgada capa de nieve oscura y porosa, que aprisionaba las últimas huellas de las alimañas sedientas. Despertaba la mañana; la húmeda atmósfera surcada por los trinos de innumerables pájaros, apostados en las ramas y en las oquedades de los árboles, destilaba su aliento malsano; revivía la maleza animada por enjambres, por miríadas de diminutas, casi invisibles, criaturas.

Había salido a pasear, como tantos días, sin ninguna idea preconcebida, mas, sintiendo un extraño impulso, me encaminé hacía la montaña, atravesando el bosque. Cientos de pequeños regueros brotaban de sus profundidades; sudoroso, remontaba con facilidad las primeras dificultades, en dirección al viejo hayedo, lugar mágico de inolvidables, aunque también inquietantes, encuentros. Allí la había conocido dos años atrás, mientras se dirigía a algún lugar de la sierra. Deslumbrado por el fuego de sus cobrizos cabellos, atrapado en la inmensidad de sus verdes pupilas, no pude sustraerme a su encanto; dirigimos nuestros pasos, mientras balbuceábamos alguna frase inconexa, hacia un pajar para refugiarnos de una fugaz tormenta de granizo.

Sin prolegómenos, sin preguntas, mientras acariciaba, con trémulos dedos, guiados hacia desconocidas intimidades, escabrosas y ocultas profundidades, bajo su hirsuto y rojizo pubis, y sus túrgidos y ovalados senos con mis candorosos labios, experimentó, entre espasmos, un primer y escandaloso orgasmo, acompañado de otros no menos estentóreos, en tanto yo, muerto de miedo ante aquellas desconocidas exultaciones, asistía al trance, con una mueca de incredulidad y sorpresa dibujada en mi boca.

Luego, ella, acarició depravadamente mi sexo, hasta que una lluvia de soles y cometas me transportó a un extraño éxtasis. Después, trató de introducirme en sus entrañas.

Fracasados sus propósitos, recibí, por todo pago, un empellón que me hizo caer por el ventanuco del pajar, estrellando mi cabeza contra el duro suelo y arrojándose sobre mí como una fiera. Tras la pasajera conmoción, pude ver como se transfiguraba: sus ojos se tornaron de un fulgor rojizo; su cabellera se tiño de un verde vegetal, de aspecto mucilaginoso; su rostro afilado y amarillento lucia una profusa y enmarañada perilla, mientras en su frente abombada despuntaban dos tímidos cuernecillos. Me susurro una frase ininteligible al oído, a la vez que introducía sus afiladas uñas en mi pecho, como queriendo arrancarme el corazón, causándome un intenso dolor, del que son vívido recuerdo tres pequeñas cicatrices que conservo.

Se fue entre risas e insultos, dejándome maltrecho y confuso en aquel lugar; luego, aún desde el suelo, pude ver sus negras pezuñas y sus poderosas patas de macho cabrío, sosteniendo un velludo cuerpo, que lucía un portentoso príapo. Afortunadamente, aquél día adoptó la forma de una precoz adolescente. Más, me consta, no todos los pobladores del contorno tuvieron idéntica suerte.

Reviviendo los recuerdos, presa de agitados pensamientos, sentado sobre el tronco de una vetusta haya, pasaron las horas, mientras en mi mente retumbaba de nuevo aquella enigmática frase: “nev…, oviv ne le ojepse”.

No era arameo como había supuesto. Lo supe al tiempo, tras estudiar la extraña facultad del habla inversa, que poseen algunas mujeres y cuyo mensaje oculto va destinado a los elementales; no me refiero a las simples imitadoras parlanchinas, pues tal habilidad también está al alcance de algunas aves prensoras, sino a aquéllas que, bajo la sutil capa del artificio femenino, son, sin saberlo, encarnación de súcubos, criaturas de la noche desencarnadas, que pueblan nuestras pesadillas, demonios en celo, espectrales apariciones, Liliths redivivas, las más bellas y deseadas de cuantas habitan nuestra fantasía, que nos absorben la sangre y roban la energía las noches de luna fría.

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