BIENVENIDOS A VILLAICEBERG

Anabel y su padre llegaron amaneciendo a su destino. En el largo trayecto habían dormido por la carretera, de hecho su padre conducía con un fuerte dolor en el cuello, como resultado de haber dormido con la cabeza colgando del asiento.

Los loros sonaron antes que los despertadores, levantando a los dos viajeros que dormían placidamente, aparcados en un lugar condicionado para ello.

Una gasolinera a mitad del camino había servido de hotel para que el tacaño de su padre no pagase una noche de camas. Anabel durmió estirada en el asiento de atrás con sus mascotas, pero el doctor se llevó la peor parte. Dormir en un coche te ahorra dinero, pero dormir en la cama de un hotel te ahorra dolores de cervicales.

El doctor fue a la cafetería a tomar uno bien cargado, después le siguió Anabel. El doctor StrÁngel desayunó una tostada de pueblo de estas tan grandes, que te hacen boqueras en las comisuras en los labios. Anabel lo tuvo más complicado ya que padece una intolerancia al gluten. Anabel está cansada de preguntar en los bares: “¿Tiene menú sin gluten?” –y que le contesten los camareros que no hablan alemán.

La alergia al gluten puede parecer poca cosa. Pero cuando una persona está hambrienta y no encuentra cosas para comer, el mundo se vuelve un infierno donde el demonio cocina el pan pinchándolo con su rabo. Anabel no puede probar ni una uña del cuerpo de cristo. Es gótica hasta para la comida. Para Anabel el fin del mundo viene envuelto en un baguette. Cuando eres celiaca, te acostumbras a llevar tu propio menú en una cacerolita. Anabel lleva siempre chocolate en polvo, pan de arroz y unas tortitas que ella misma se fábrica con maíz.

Y este es su particular “self service”. Todos lo que son alérgicos, sabrán de lo que se habla en esta líneas, y sepan que esta novela se ha hecho sin ningún tipo de aditivo ni colorante, pensando en el bien de todos sus lectores.

El doctor ha centrado su conversación monotemática en el despertar que le han dado los inseparables. Mientras estos les piaban en las orejas, soñó en ese momento que lo intentaba devorar un petrodáctilo. El resultado fue un susto, un salto del sillón y un cabezazo que por poco arranca el espejo delantero del coche.

Pero lo importante es que han llegado a su destino. Un enorme cartel los recibe con los brazos abiertos y su potencial publicitario, “Bienvenidos a Villavillas”. Al pasar por una carretera muy estrecha cuesta arriba, encuentran en la lejanía una urbanización en plena sierra, cuya naturaleza ha sido domada, se halla en un llano colapsado por pequeñas mansiones y casas nuevas casi recién echas, si fueran tartas todavía quemarían al cogerlas. Todo es tremendamente nuevo, las farolas, los semáforos, las papeleras, no hay ni cinco minutos de paseo por los alrededores, para que un visitante no ande estrenado miles de cosas. Todo está inmaculado. Las aceras ni siquiera tienen cacas de perro.

–Seguro que hasta la basura de las papeleras está ordenada, exactamente lo que necesito para organizar mi cabeza- el doctor bromeó mirando hacia atrás.

–¡Demasiado relamido para mi gusto, no hay ningún cementerio a la entrada! –dijo Anabel, siguiendo la broma de su padre.

–¿Cómo va a ver cementerio Anabel?. Todo el mundo aquí es nuevo. Hasta los viejos tendrán organizadas las arrugas añadió mirando a su hija.

Anabel ríe y mira a través del cristal, ve como los habitantes de la urbanización están tan cuidados y ordenados como su entorno, sus ropas planchadas y limpias, sus perritos limpios y sus correas sin enredar, los niños juegan con sus balones sin manchas de barro y sus madres pasean con sus carritos brillantes casi como los culetes de sus recién bebes llegados al mundo.

–¡Anabel pregunta a esa señora donde se halla la calle intachable!- habla el doctor dirigiéndose a su hija, con al intención de captar alguno información de la calle.

–¡A sus ordenes Doctor! –baja el cristal de la ventanilla.

Saca la cabeza por la ventana y se inclina para hablarle a una señora que porta un carro de compras con una fruta colorida e increíblemente vistosa sobre su carro.

–¡Señora! ¿Oiga? – La voz de Anabel suena muy aguda y rechina por toda la acera.

La señora se para con el carrito y mira Anabel con extrañeza, su imagen le impacta, nunca ha visto a una niña tan extraña por los alrededores.

–Si, dime… ¿Que quieres niña? –pregunta la señora a la hija del doctor con una voz dulce y temblorosa.

–¿Puede indicarme como ir a la calle intachable? –gritó Anabel con fuerzas.

–¿Intachable? ¡Oh, es la tercera bocacalle a la izquierda! –señala con un bastón tan limpio que al alzarlo deja un destello duradero en el cielo.

–¡Gracias señora! –dijo Anabel con simpatía.

La señora se quedó mirándola un buen rato, mientras el coche avanzaba en aquella aséptica ciudad. Sabía que un cuerpo extraño se había introducido en la vecindad, y nunca jamás olvidaría la peculiar voz de Anabel, grabada a fuego en su mente para siempre. Padre e hija continuaron su viaje adentrándose en la ciudad hasta encontrar la calle que esperaban. Mientras conducían percibieron que los nombres de las calles atendían a palabras de un mismo grupo, todas llevaban significados afines a virtudes de las cosas nuevas, impecable, alineadas, impolutas, inmaculadas, brillantes, etc…

Al torcer la calle indicada, padre e hija no pudieron abrir la boca sin soltar una sonora exclamación.

–¡Guau!- gritaron al mismo tiempo.

La casa se abrió ante ellos, como una esplendorosa manzana. Era un sueño. Por primera vez en su vida, el doctor creía haber hecho las cosas estupendamente, y su hija también.

–¡Papa, no es igual a la que hay en la foto! ¡Es mucho mejor! –dijo Anabel.

Lo único que pensó en ese momento, fue en la felicidad de sus agapornis cuando los soltara picotearían libres de aquí para allá sin control ninguno, aunque se negaba a creer que su padre esta vez no la había pifiado, se dejó contagiar por la alegría del momento.

–¡Jaa, Anabel! Por fin algo en comparación a mi sueldo. Casa maravillosa para unos ingresos maravillosos –dijo StrÁngel fanfarroneando.

Aparcaron rápido, el coche y su remolque cargado de objetos que sobresalían por todas partes, chocaron con las farolas haciendo un enorme ruido delante de la misma puerta del magnifico jardín, de la magnifica casa.

El doctor y su hija se bajaron inmediatamente del coche. La mañana era un canto a la alegría, y los pájaros piaban desde el cielo o desde los árboles según les convenían. Dos enormes mirlos le daban la bienvenida al doctor y su hija haciendo gorgoritos, con dos desayunos distintos en cada pico, uno una lombriz y el otro una enorme polilla.

Al golpe de los bultos con las farolas, una sombra que se hallaba dentro de la casa se movió hasta la puerta.

–Anabel… ¿Qué te parece es toda nuestra? Por lo menos durante este año. ¿Te enteras Anabel? ¡Toda nuestra!.

En ese mismo momento sale un señor muy gordo de la puerta en guatiné, y recibe al doctor -¿Desean algo los señores?-dice comiéndose un enorme tostada con mermelada.

–¿Que si deseo que? Quiero que me de las llaves de la casa –dijo StrÁngel con todo el desparpajo del mundo.

–¿Cómo?¿Las llaves de la casa?- dijo el señor, tras soltar una risotada que resonó en todo el parque he hizo volar a los mirlos de su jardín.

–¿De que se ríe gordo infame?.¿Acaso es un fantasma?. Si eso es, un fantasma que vive en mi casa y voy a exorcizarlo ahora mismo. El doctor hace unos extraños ademanes y habla en un idioma extraño. Se encoge y agacha, como último signo dirige sus dedos hacia el inquilino y dice -¡Desaparece por StrÁngel! –grita y alza sus dedos pero el individuo de doscientos kilos no lo hace, sin embargo lo mira como si el doctor estuviera loco-¡Pues no, no desaparece!. Bueno esta bien ¡Le digo que me de las llaves!. Acabo de alquilar esta casa. Si usted es el inquilino anterior ya puede largarse. Lo que no entiendo es como no me avisaron de…

–¡Mira imbécil escucha con esas dos orejas, si te sirven para algo. Yo soy el propietario de esta casa. Vivo en mi casa, ceno en mi casa, desayuno en mi casa, veo la televisión en mi casa, y voy al baño en mi casa… ¿Sabe por qué amigo? ¡Porque esta, es…Mi…Casa! Exclamó alzando la voz y hundió un dedo lleno de mermelada en el pecho del doctor.

–¡Pee…pepe…pero! Esto debe ser una confusión. ¡Yo… Yo he alquilado esta casa!. Dijo StrÁngel tartamudeando quedándose sin saliva. Esto hacia que su lengua se le pegase al paladar y le dificultase el habla.

La alegría del momento se trasformó en confusión. Anabel sabía que todo era demasiado fácil para ser verdad, todo indicaba que su padre había vuelto a pifiarla, cuando la alegría contagiosa se disipó, a su cabeza le vinieron miles de

casos en las noticias de personas estafadas en los alquileres vía Internet, ese pensamiento se trasformó en un cuervo negro que desgajó su alegría en pedazos. Incluso una nube en esos momentos ocultó el sol, como dándole un tono mas dramático a la situación.

–¡Le vuelvo a repetir que soy el dueño de esta casa! –le contestó y se comió la tostada de un solo bocado.

–¡Debe ser una confusión! ¿Este el 32 de la calle intachable? –pregunto el doctor.

–¡Si señor, pero esta es mi casa! Se repetía una y otra vez, esta vez limpiándose con una servilleta que llevaba en el bolsillo.

–¡Es imposible, llamaré a mi agente inmobiliario! –exclamó el padre de Anabel mientras buscó el numero en su móvil, y buscaba la foto impresa guardada en la camisa. Al hacerlo dejo caer varias cosas de su bolsillo que volvió a recoger para tirarlas de nuevo y volverlas a coger, y así repetidas veces.

–¡Llame a quien quiera pero esta es mi casa! –gritó excitado el inquilino.

–¡Si vale ya le he escuchado, mi casa, mi teléfono, mi cepillo de dientes! –lo señaló con un dedo comparándose, imitando a ET. Cogía el móvil con la otra mano esperando que el agente inmobiliario aceptara la llamada.

–¿Si, Pepe Rufián?. Mire soy SrtÁngel el doctor, sabe… ¡Uumh! Creo que hay una pequeña, bueno más bien no tan pequeña –miró al supuesto dueño de su casa y a sus enormes dimensiones –bueno como te decía, la casa está habitada por un tipo que dice ser su dueño… ¿Qué si tengo la foto de…? Ah, si la imprimí antes de venir. Si… ¿Eh… que ponga la foto en dirección a la puerta de la casa?. Si ya es la misma. ¿Que no es esa? ¿Entonces cual es?… ¡Tiene el mismo número y es la calle! El doctor no paraba de moverse un lado a otro esto, empezó tanto a inquietar a Anabel como al señor gordo.

–¡Que le pasa a tu padre, parece una peonza humana que acaban de lanzar! ¡Tu padre es un tipo extraño!.

–¡Si que lo es, pero esto es normal!. Se comporta así cada vez que se pone nervioso, no para de dar vueltas hasta que se hernia las ingles o se hunde en su propio surco!.

–¿Que no es esa casa? ¿Que es la que se ve al fondo en el margen inferior derecho? ¿La de la referencia? Pero esto es una… –StrÁngel se colapsa cuando le cuelgan la llamada, sus nervios están apunto de estallar –deja caer la foto al césped, intentado llamar de nuevo a la inmobiliaria pero sin éxito.

Anabel recupera la foto del suelo y compara la foto con la casa, es la misma, pero tras escuchar la conversación, se fija en el margen inferior derecho y ve una casa a lo lejos rodeada de un extraño jardín circular. Parece una tarta de espinacas con una guinda triangular justo en medio. Tal vez esa podría ser la casa que ha alquilado papá, pensó Anabel. El truco es un juego de imagen, ponen la casa en primer plano, el pardillo creé que es esa, pero la que alquilas es la que está en segundo plano al fondo. Como pensaba desde un principio su padre ha sido victima de una estafa.

–¡Papá! –gritó Anabel –¡Esta es la casa que tal vez has alquilado!

El señor gordo, se acercó hasta verla, por encima de los hombros de Anabel.

–¡Esa es Villaiceberg! –dijo el hombre con una sonrisa en la boca llena de mermelada.

–¿Villaiceberg? –preguntó Anabel al hombre, alzando la mirada hacia arriba como si hablara con un enorme monstruo.

–¡Comprenderás su nombre cuando la conozcas!. Es toda una leyenda aquí. Una de sus peculiaridades es que llueve sobre ella cada ocho horas, tres veces al día –dijo el señor gordo, hincando sus labios en la tostada.

Su padre se agita de una manera extraña, se dirige al señor gordo y a Anabel, que parecen que no haber congeniado mal, por lo menos algo más que con su padre.

–¡Anabel!¿Que crees que me han dicho? Esta no es la casa, es la que está… –dijo suspendiendo la frase en el aire.

–¡Al borde inferior derecho! –dijo con aburrimiento ya sabia de antemano la noticia.

Su padre cogió la foto y la comparó con la casa. Era cierto en el fondo sobresalía un pico desde ese extraño y enorme jardín circular, por el cual de forma difusa se veía un sendero lleno de curvas que se adentraba en él como una serpiente en una manzana. La cara del doctor quedó congelada por unos instantes, su rostro emitía una extraña combinación entre interés y asco, como contraste a un cielo azul maravilloso. El viento mecía su pelo en las dos enormes entradas. La figura inmóvil del doctor parecía un borrón oscuro en una postal de primavera.

–¡Le dije que esta era mi a casa! –dijo el señor gordo acercando su cara a la de él.

El doctor seguía absorto mirando en un punto fijo del horizonte, ignorando totalmente al individuo de la mermelada. De repente cuando se quitó de en medio, saltó de su ensimismamiento y habló saltando de optimismo.

–¡Anabel! Nos vamos a nuestra nueva casa. Seguramente será mucho mejor que esta choza de patético jardín… ¡Su césped huele a tocino! –dijo mirando con la barbilla en alto, apuntando al inquilino, cuyo enorme trasero ascendía por las escaleras. De nuevo este, volvió a reír sacudiendo a todos los pájaros de los árboles, y cerró la puerta tras de sí.

–¡Anabel, métete en el coche, da igual que no sea esta! ¡Será mucho mejor! –intentaba auto convencerse con éxito por ahora.

Anabel subió al coche y se cerró el cinturón, pero antes miró si los pollitos estaban bien seguros, cada jaula tenía su cinturón puesto. Y en su interior cada agaporni tenía su cinturón de la jaula.

-¡Lo que no entiendo es porque la llaman algo así como Villa…higo! –dijo cerrando los ojos, escudriñando cada fondo de su mente en búsqueda de la palabra correcta.

–No papa, es Villaiceberg –dijo corrigiendo a su padre.

–¿Villaiceberg? –se preguntó su padre, retorciendo una mueca –Es todo un misterio ¡Me encantan los misterios!¡Allí vamos Villaiceberg, espero que no seas tan fría como el recibimiento que nos han dado estos estirados!.

La alegría del optimismo automático de su padre, se contrastaba con el sentido común de su hija Anabel, ella sabía con su sexto sentido que se adentraban por el sendero que llevaba a la casa, hacia el epicentro de una próxima catástrofe, pero no le decía nada a su padre, ya que le encantaba verlo ilusionado con ese brillo especial en sus ojos. Sobre el camino, el coche del doctor y su hija avanzaban, pero con lo baches perdían cada diez metros dos objetos. El camino era estrecho pero estaba asfaltado con alquitrán y lleno de socavones. Cuanto más avanzaban por la campiña, más curvas se sucedían y más cerca se encontraban del extraño jardín circular. Al principio de lejos se parecía a un pequeño círculo pero cuanto más se acercaban, la mancha verde y marrón se extendió hasta casi todo el horizonte visible, y su altura cobró más importancia, más de la que Anabel creía. Se dio cuenta que al acercarse con el coche, los socavones de la carretera contenían cada vez más agua, y recordó que en Villaiceberg, llovía tres veces al día cada ocho horas, por lo que intuyó, aunque fuese increíble, había muchas probabilidades de que esto fuera posible. Las ranas croaban dentro de los socavones y en los arcenes daban sinfonías de pecho, con cientos de familiares batracios.

Anabel se asomó en un momento por la ventanilla, pero la campiña por donde empezaron a bajar estaba totalmente seca ya que era pleno verano. Cuanto más se acercaban, más fresca era la hierva, y advirtió que a los lados de la carretera, discurrían arroyos pequeños, con cangrejos de río que se salían por el asfalto e incluso vio pequeños peces subiendo por la corrientes y parecían darles la bienvenida a los valientes visitantes.

El musgo crecía ya por la primera capa de la carretera, y el doctor se dio cuenta del algo muy extraño, ya que incluso algunas veces la verdina hacia resbalar las cubierta del coche, bajo la velocidad para no salirse del camino.

–¡Que raro, estamos en pleno agosto y esto conserva la verdina! Deben ser las gotas del roció –dijo el doctor intentando buscarle un significado a los insólitos hechos.

Cuando llegaron al borde de la tarta de espinacas como lo llamaba Anabel, el Jardín era un alto y espeso bosque, que en contraste con su entorno no encaja para nada en la topografía, ya que el resto estaba totalmente seco.

–¡Llueve tres veces al día cada ocho horas! –dijo Anabel –Todo los días!- repitió mirando a su padre.

–Eso es imposible –dijo su padre.

–¿Y como te explicas esto? Un bosque en medio de un desierto, totalmente cortado como si algún cuchillo gigante lo hubiera separado del resto del campo –le dijo Anabel a su padre que se entretenía en esquivar los baches.

–¿Y solo llueve ahí? Las nubes de aquí son muy caprichosas, van a hacer pipi en un mismo sitio como los gatos y los conejos –río con su propia ocurrencia.

–Y desde el mismo centro –asintió Anabel. Si no me equivoco.

–¿Llover desde el centro tres veces al día? Esto si que un misterio. Mi nueva casa esta en el centro de un misterio, como un hueso en un melocotón- dijo con una nueva metáfora –¡Pués perforémosla, y lleguemos hacia su centro como dos pequeñas orugas! –exclamo y arremetió con el coche hacia una bóveda oscura, lleno de casuales haces de luz que discurría hacia el centro de la casa de alquiler.

Anabel se encogió de hombros y vio como la bóveda de árboles los engullía, por un camino cubierto de árboles y arbustos que por alguna extraña razón estaba invadida por las ramas, las plantas y demás vegetales.

El aspecto era sobrecogedor, era un bosque salvaje, que parecía hacerlos más y más pequeño según se adentraba, la bóveda de medio punto sostenía innumerables ramas enrizadas, haciendo de la carretera un túnel por donde la luz apenas entraba para acariciar el asfalto del camino. Tanto fue así que su padre, tuvo que parar y poner las luces en pleno día para poder avanzar.

–Anabel, recuérdame que cuando lleguemos debemos podar nuestro pequeño jardín! – dijo en tono de broma con el coche parado.

La sonrisa de su padre era como una pegatina sobre el fondo oscuro que se hallaba detrás de él mismo. Entre las ramas vio varias sombras con ojos enrojecidos pasar de manera muy fugaz. Se encontraban a plena luz del día completamente a oscuras.

–¿Papa puedes encender las luces e irnos ya? –dijo Anabel, intentado de acaparar la atención de su padre, para que no viese el desfile de siniestras sombras de animales que danzaban por detrás de la parte del cristal delantero, justo detrás de él.

-De acuerdo Anabel ¿Acaso te da miedo la oscuridad? ¡Vaya gótica que estas he…! –dijo riéndose de su hija sin terminar la frase.

-Al encender la luz, alumbra a miles de criaturas de todos tipos, desde enormes mamíferos, reptiles, aves, y seres desconocidos que se ocultan entre las sombras y que se hallaban justo delante del coche, y gritan en sus respectivos idiomas asustados por el cañón de luz cegadora.

–¡…Chaaaaaaaaaah! –grita su padre con la cara desencajada.

Se le ven todas las muelas inclusive los empastes. El susto ha sido demencial. Excepto para Anabel que se lo veía venir.

-¡Papá te he dicho que nos vayamos! Soy gótica, pero no me gusta ser la merienda de nadie, sobre todo cuando yo todavía no he merendado –dice Anabel totalmente calmada.

El coche avanza mientras el doctor se seca el sudor de la frente en absoluto silencio. Los focos alumbran un túnel oscuro, y las nervaduras de los árboles asemejan los nervios de un intestino, de un enorme animal. La humedad es impresionante y los helechos cuelgan pasando pro el parabrisas del coche algunos enganchados se quedan como muestra del paseo, pelucas de verdina cuelgan de los arbustos. Los ruidos y los ojos brillante de diversos animales los vigilan, a los moradores del jardín, no les intimidan los visitantes.

Los sonidos de los pájaros son muy extraños y Poe y Becq empiezan a contestar a la oscuridad, obteniendo respuestas, e iniciando un diálogo entre los agapornis y las extrañas aves que habitan en la oscuridad. Parece que sus mascotas han encontrado nuevos amigos o enemigos. Al avanzar con el coche, nuevos reptiles y húmedos sapos cruzan la carretera, los faros del coche alumbran cada curva. Su padre intenta no pillar ningún animalito ya que la sensación de pillar algo viscoso con el coche, es similar a la de pisar algo viscoso con las suelas de las sandalias.

–Anabel, seguro que cuando crucemos este sendero oscuro, habrá alguna señales de que alguien nos da la bienvenida! –dijo concentrándose en conducir.

–¿Pues como no sean las ardillas? –le contestó Anabel con ironía.

Tras varios minutos de lento avance sobre la carretera, al fin pudieron ver el final del túnel arbóreo, la luz se abría blanca y diáfana, ya efectivamente como dijo Anabel las ardillas le dieron la bienvenida, los jabalíes, los venados, los oso, las tortugas, las liebres, los conejos, los tejones, con una extraña peculiaridad todo estaban de culo y en círculo sobre una valla que cercaba la entrada de la casa.

–¡Menudo recibimiento todos esto bichos son unos maleducados! –dijo el doctor.

–¡Si que curioso, y lo mejor de todo es que nos ignoran! ¡Porqué tendrán este extraño comportamiento! – dijo ella.

–No lo sé pero nos estamos acercando y aquí huele a trasero salvaje! ¡Es la primera vez que veo una bienvenida tan bochornosa!

–¡Es muy original! Mira todos esos conejos te dicen hola con el rabito- dijo riéndose.

El espectáculo era digno de ver, cientos de distintas razas de animales se reunían junto a la vaya, comiendo algún tipo de fruta con total tranquilidad. Un jabalí pequeño gruñó cuando padre e hija se acercaron hacia la puerta de entrada. Ningún animal se inmutó para dejar de comer, el coche se detuvo ante la cancela. El ruido de él masticado de las frutas se hizo cada vez más sonoro, miles de ruidos y bufidos, era el coro del almuerzo animal al bajar del automóvil.

–¿Papá crees que nos harán algo? –preguntó a su padre muy asustada.

–No lo creo, están todos muy entretenidos comiendo –se acercó a la valla, y vio que efectivamente como pensaba la valla estaba llena al completo de bayas que rodeaban el exterior de la casa, aquello era una redundancia, una valla de bayas. Lo que los entretenían todo el rato comiendo, y dando el efecto de traseros en círculo. Uno levantaban el rabito y saludaban de felicidad al deglutir el fruto, un ciervo de vez en cuando cambiaban de posición mientras subía encima de una piedra para alcanzar los frutos más altos. Los conejos de vez en cuando miraban a Anabel y seguían comiendo, moviendo sus orejas sus orejas. Eran animales inocentes alejados de la mano del hombre.

–¡Vamos a comprobar si la llave se encuentre en el sitio indicado! –dijo su padre y se acercó a un buzón lleno de musgo. Cuado abrió el buzón una lagartija pequeña salió despedida hacia abajo.

–Fuera de ahí pequeña esto es mi propiedad! –comentó y metió la mano en el hueco. Al sacarla portaba unas llaves con el número de referencia de alquiler.

–¡Al fin te tengo! Que se quede ese acumulador de manteca con su casa, ya veras Anabel que la nuestra será mucho mejor! –se acercó a la cancela e intentó abrir, pero estaba oxidada y recubierta de musgo, la forzó varias veces para intentar abrirla.

–¡No vas a poder papá! Mejor que no la fuer… –dijo Anabel, inclinándose a echar un cable a su padre.

Antes de terminar de decir la frase se acercó a él, pero fue demasiado tarde. Al girar la llave se partió y quedó dentro.

–¡Demonios del estrés! ¡StrÁngel eres un desastre! –gritó, intentando sacar el trozo de llave con lo dedos, pero era irrecuperable.

–¡No deberías de haberla forzado! –dijo Anabel.

–¡No deberías de haberle forzado, no deberías de haberla forzado! –contestó su padre imitando la voz aguda de su hija y haciendo un gesto de imitación grotesco.

–¡Cuando te pones así te odio! Desearía tener por progenitor un sofá, que seguro da más cariño que un padre dijo enojada por el comportamiento nervioso de su padre, que empezó a inquietar a los animales que comían tranquilamente en la valla.

De repente empezó a dar vueltas, ante la enorme puerta de hierro con motivos góticos, con todas sus lianas de musgo verdoso y marrón que colgaban de la parte superior de la cancela. Sobre la puerta podía leerse un nombre enmarcado en motivos renacentistas de metal oxidado, “Villaperfecta”. Tachado con pintura, una cruz, y al lado escrito con un pincel y pintura indeleble había sido rebautizado la casa como “Villa iceberg”. El doctor giraba sobre sus mismos pasos una y otra vez, mientras Anabel aburrida contaba las vueltas en alto.

–¡Anabel calla estoy intentando concentrarme! –dijo su padre sin para de girar.

El doctor paró sus intentos de forma súbita, y se agachó al suelo para recoger un pedrusco que sostenía una pequeña tortuga, la cual se había subido para comer frutos de la misma valla.

–¡Con permiso! –le dijo a la tortuga que rodó por suelo hasta quedar tendida boca arriba.

Cogió la piedra, se dirigió a la parte de atrás del coche y sacó un destornillador enorme. Colocó el destornillador sobre la cerradura y antes de golpear se dirigió a su hija.

–Anabel –recuérdame que además de limpiar el jardín, hay que poner una cerradura nueva.

Puso el destornillador el centro de la cerradura. Y antes de golpear afinó la puntería tres veces, hubo un instante de quietud en la espesura, solo se escuchaban las bocas masticadoras de cientos de animales, como si fuera el sonido incesante de una rivera. De pronto golpeó la cancela con todas sus fuerzas. El estallido del destornillador contra el metal, hizo que todos los animales volaran, trotaran, corrieran y se volvieran a la vez hacia la espesura del bosque en un giro sincronizado, digno del mejor de los coreógrafos. El bullicio fue enorme, y la estampida en desorden los hizo fijarse en la manera de correr los animales, que a los pocos segundos habían desaparecido.

–¡Siento fastidiarles la merienda pero tenemos que entrar como sea!- dijo su padre en relación a los animales.

–¡Si no hubieras forzado…! –contestó su hija.

–iAnabel ya lo sé, ya me lo has dicho veinte veces! Pero lo he hecho y ya no hay remedio, a no ser que tengamos una máquina del tiempo y podamos evitarlo, lo mas sensato será coger una alternativa! –dijo levantando la piedra de nuevo.

–¡Bueno vale me voy con mis agapornis! Hay te dejo amo y señor de la puerta!. Para dentro de cinco minutos amo y señor de la puerta con los dedos hechos papilla- añadió con ironía.

Se metió en el coche y echó hacia atrás el asiento, Anabel y su sexto sentido preveían que la cosa iba para rato. Su padre la miró con recelos y siguió su trabajo empeñado en hacer saltar la cerradura.

Miró sus manos y poniéndolas juntas empezó a concentrase. A los veinte segundos sus manos se iluminaron y de ellas salieron unas esferas de energía lumínica que se elevaron y se esfumaron en el aire, iluminando la parte superior del interior del coche. Poe y Becq, miraban desde sus jaulas curiosos. Mil cuatrocientas bolas de energía después, su padre con las manos llenas de golpes y hematomas se acercó al coche, para decirle que la puerta ya esta abierta.

–¡Anabel ya he saltado la cerradura, no hay nada que se le resista a..! ¡Te he dicho que no me hagas bolas de energía dentro del coche! Piensa en aquel…

–Si en aquel hombre que quemó su coche con el chaleco de lana con la nueva tapicería, y la chispa y la fricción…! –dijo Anabel saliendo del coche y acompañando a su padre hasta la puerta.

La cerradura se hallaba en el suelo junto con todos sus tornillos. La piedra estaba partida en dos y la puerta se hallaba entre abierta, pero no se podía apreciar nada de lo que había detrás. Su padre se acercó y pidió a Anabel que abriera la puerta mientras ella la abría, mientras el sostenía los ojos cerrados con sus manos para darse una sorpresa así mismo. Su hija abrió la puerta lentamente, un sonido de visagras oxidas sonó dentro de la cabeza de su padre, después de varios segundos el silencio era absoluto.

–¿Anabel la has abierto? ¿Puedo abrir ya los ojos? –dijo con ilusión y nervios contenidos, mientras daba saltitos sobre la hierba, despertando a grillos y saltamontes.

–¡Ahora entiendo por qué la llaman así! –Comentó su hija con una voz hueca.

Al abrir los ojos, el doctor descubrió inmediatamente el significado de su renombre: “Villaiceberg”.

Antes sus ojos aparecía algo demencial. Tras la puerta de hierro forjado se escondía la obra de un loco. Una casa de tres plantas hundida en un enorme socavón, cuyas dos primeras plantas se hallaban hundidas en el fondo, mientras la única que sobresalía era la tercera que hacia de entrada a nivel del suelo mediante un puente construido de madera, que nacía en el borde del agujero e iba a encontrarse con el balcón de la tercera planta, por lo cual el enigma estaba resulto. La casa al igual que un iceberg solo sobresalía del nivel del suelo un diez por ciento, al igual que un iceberg cuya punta solo asoma del mar una pequeña parte.

Abajo del puente había un pequeño abismo de 15 metros que daba un suelo arcilloso sobre el cual estaba incrustada la casa un poco inclinada. La casa era una mansión antigua destartalada por donde el paso del tiempo había dejado una patina de pintura rancia, ventanas rotas, marcos desvencijados y pilares de madera carcomidas por las termitas.

En los lados había varias vigas de sujeción que impedían que la casa se venciera para los lados.

En la parte de arriba, asomaba una terraza que le faltaban barrotes de seguridad y una extraña chimenea que terminaba en un embudo de aluminio con tapadera, algo todavía inexplicable para los dos futuros inquilinos.

StrÁngel quedó como una estatua al ver su futuro habitáculo. Sus ojos permanecían abiertos como hipnotizados, una mueca torcida recorría su rostro y lo dividía en dos. Su hija se acercó y le pellizco un carrillo.

–¡Animó papa, como tu decías una vivienda digna de tus ingresos, una casa ruinosa para un sueldo ruinoso! –dijo riéndose con el gesto de su padre.

StrÁngel reacción de repente, y su optimismo automático lo inició a reponerse y obviar que le habían engañado como un inocente bebé.

–¡Es.. es … es muy original, si eso es, es muy original! –dijo en voz alta empezando a moverse en círculo observando la casa.

–¡Y tanto que lo es, entraremos por el balcón de la tercera planta, la entrada verdadera esta a quince metros bajo el nivel del suelo –dijo Anabel mirando hacia abajo asomada desde el borde del barranco.

–¡Bueno pero es… es! –dijo el doctor intentando de encontrar un adjetivo positivo.

–¡Es una ruina, papá! –dijo su hija atendiendo a la realidad –¡Mira lo que dice ese cartel!- invitando a su padre a mirar más cerca.

En un cartel sobre un poste de madera, se hallaba la referencia del alquiler y el logotipo de: “todoruinas.com”

–¡Yo nunca me hubiera fiado de una web que se llama así! El otro día compré en un supermercado muy barato, ¿Te acuerdas? Las lonchas de jamón de york eran raposas, sirvieron para lijar las puertas del anterior alquiler. Tal vez aquí nos sirvan para algo, si queremos arreglar esto- comentaba Anabel a su padre con una sonrisa en la boca.

–¡Villaperfecta, casa construida por Cacahuete SL en 1935, y reformada por Cacahuete Creativo. S.L (2002)! –leyó su padre en el cartel mohoso, que nada más leerlo se cayó al suelo, como si hubiera estado esperando todo ese tiempo para ser leído, para luego caerse, tras haber cumplido su misión.

-¿Cacahuete S.L? ¿Reformas Cacahuete Creativo S.L? –dijo StrÁngel observando la casa, que evidentemente si la hubiéramos puesto sobre un lienzo comprenderíamos al reformador, ya que la casa hundida y en contraste con el cielo lleno de nubes al atardecer, y una serie de reformas a cual más disparata, la hacían parecer un cuadro que podría exponerse en cualquier museo. Aquello era la mansión del caos, y si el doctor necesitaba aventuras para despejar su mente, la casa le prometía todas las que quisiera. Dejaron más tarde el coche aparcado ante el puente de cincuenta metros, que juntaba el borde del socavón a la entrada la casa.

–¿La vemos? No hay retorno hoy tendremos que dormir ahí, y será mejor la veamos antes de que se haga de noche- dijo su hija con valentía.

–¡Anabel es muy buena idea! Si, necesita alguna reforma mejor que empecemos a verla con la luz del día! –se dirigió a Anabel reponiéndose del impacto de “Villaiceber”.

–Déjame ir primero, y comprobar que las tablas no están carcomidas por las termitas, no quiero verme hundido en el barro quince metros más abajo.

– Como tu quieras papa el puente es todo tuyo.¡Voy a por los pájaros!!Creo que Poe y Becq les gustará ver su nueva casa –exclamó Anabel y se fue corriendo a por las jaulas.

Su padre de mientras empezó a comprobar las barandas poco a poco, a darle pequeños golpes y a menear los travesaños y las molduras, pero poco a poco, empezó a entusiasmarse en su trabajo de padre protector y comenzó a hacer temeridades encima del puente. Empezó a golpear las tablas del suelo poco a poco, para ir cogiendo ritmo para luego comenzar a saltar como una cabra loca, intentando descubrir con este método nada seguro, si había alguna tabla que cedía.

Mientras su padre saltaba cual rana, golpeando con sus pies el suelo del puente sin ningún escrúpulo, su hija cogió a las jaulas del coche y el péndulo de radioestesia. Al cogerlo con la mano y viendo las locuras imprudentes de su padre, empezó a preguntarle al péndulo si este destrozará el puente y caería desde lo quince metros al mar de barro que había en el fondo.

El péndulo empezó a girar de delante hacia atrás y viceversa, esto significaba que si. Anabel se fue corriendo a la parte de la entrada del puente y desde allí chilló a su padre, que se hallaba cerca de la entrada de la casa. Papá dice el péndulo que dejes de hacer burradas, o harás un molde de barro con tu figura en el fondo –dijo Anabel con el péndulo sostenido entre las manos.

–¡Tonterías Anabel tu padre sabe perfectamente lo que hace! Ese péndulo se ha vuelto tan mentiroso como mi agente inmobiliario! –gritó y siguió empeñado en hacer reseñar la zona carcomida por las polillas o termitas. Abajo le espera el pequeño abismo con inquietud, como una gran boca que espera un insecto. Al llegar su padre al final dando saltos cada vez más contundentes, se dejó caer con todo el peso. Se elevó sobre sus piernas y se dirigió a su hija.

–Ya puedes cruzar Anabel, tu péndulo falla estrepitosamente. Estoy sano y a salvo. Acabo de comprobar que no hay ningún peligro en este puente.

En este mismo momento se dispuso a cruzar de nuevo, hacia el sólido puente de madera volviéndose adonde estaba su hija.

–Como ves Anabel no hay ningún peligro… –se giró y apoyó el codo sobre los bastidores de la terraza, que si estaban carcomidos por las termitas.

El péndulo de Anabel no dejaba de oscilar delante y hacia atrás. Como si estuviera loco. En la terraza las barandas de maderas se partieron, desplazando a su padre al vacío, con la misma posición y gesto con el cual se había apoyado.

–¡El péndulo no falla! ¿Papa donde vas? –dijo Anabel como si no supiera que iba al abismo de barro que lo esperaba con los fangos abiertos.

Abajo su padre paró de gritar cuando se hundió en el barro dejando la misma figura y la misma posición de perfil, en la que había caído, dejando un hueco negro de cieno con la misma figura de su padre, hundido en el fondo del barrizal. Se escuchó un tremendo: ­“¡Prrrrzzz!”

–¿Papá, papá estas bien? –gritó Anabel al borde del socavón.

Se oyó un murmullo apagado, desde el fondo del hueco. Un silencio sin respuesta reinó en el hueco quince metros más abajo en el que estaba encajada la casa. Anabel empezó a inquietarse. Dejo el péndulo en el borde y chillo de nuevo.

–¿Papá estas bien? –preguntó con fuerzas y su voz muy fina retumbó en todo el hueco amplificando su voz.

Esta vez se oyó un leve murmullo desde el hueco que había dejado en el barro.

–¡Anabeeleggrrllolo! –decía su padre que en verdad, empezaba a estar en apuros.

–¡Di papa no te escucho bien! –gritó Anabel.

–¡Anabeel, tírame una cuerda! –respondió su padre como pudo desde el hoyo de barro.

–¡Si papá ahora mismo!¡No te ahogues por favor! ¡Solo tengo un padre! –gritó Anabel al borde del socabón.

­­ –¡Eso intentooorrglo! –se escuchó la voz de su padre muy lejana desde el interior.

Anabel corrió hacia el coche y de la parte de detrás sacó una enorme cuerda, y le ató la llave inglesa en el cabo para apuntar bien dentro del hoyo y acertar en su intento lo más rápido posible. La otra parte la ató al parachoques del coche y se fue corriendo hacia el borde del hueco.

–No te preocupes papá ahora mismo te tiro la cuerda- Grito de nuevo hacia el hueco.

No hubo respuesta, por parte de su padre. La situación era muy inquietante. Anabel empezó a girar la cuerda en el aire formando un círculo, con el extremo donde se hallaba una llave inglesa que tras varias vueltas, tiró acertando en todo el centro del hoyo de barro. Sonó un ridículo lamento, como premio de la buena puntería de Anabel.

–¡Lo siento, por lo menos se que estás todavía vivo! –dijo Anabel dando saltos.

Su padre desde el fondo puso la cuerda tensa, y trepó con esfuerzo por la cuerda. Salió del hoyo una cabeza negra de cieno apestoso. Una figura cubierta al completo de lodo oscuro.

­ –¡Anabel, coge el coche y arráncalo! ¡Sabes como hacerlo! –Gritó a su hija con desesperación –¡Las llaves están puestas, sácame de aquí pronto! –repitió gritando varias veces.

–Vale Papá! Agárrate bien a la cuerda –gritó Anabel.

–¡Arranca el coche despacio, y súbeme –le ordenó a su hija desde el hoyo.

Anabel fue delante del coche, como dijo su padre las llaves estaban puestas. Arrancó y metió la segunda por equivocación y piso el acelerador. El coche salió acelerado dando trompicones de forma acelerada. En ese momento la cuerda se tensó, y su padre amarraba a su cintura la cuerda. El empuje del coche sacó a su padre arrastrándolo por el barro y subiéndolo a una velocidad de vértigo, arrastrando cuesta arriba a su padre por la pared del gran socavón. Con su cuerpo atravesó los matojos, piedras y nidos de aves que habían en su camino, dejando por la pared del hueco una línea oscura de cieno, como el sendero que deja un caracol con su baba.

Anabel salió del coche, una vez que había subido a su padre, nerviosa, avanzó sobre el camino y lo dejó tendido a su padre en el suelo. Había salido de un tirón a una velocidad trepidante. Anabel paró el coche y se bajo en ayuda de este. Cuando se acerco, encontró una figura negra goteando tirada en el suelo. Lo ayudo a levantarse, intentando incorporarlo. Por la parte delante tenía una capa de pequeñas piedras y hojas.

–Te dije no tan rápido!. –comenzó a hablar con dificultad sacudiéndose todo el cieno apestoso.

Su hija se miraba las manos. El cieno era un elemento viscoso que costaba trabajo despegarlo.

–Y yo te dije que el péndulo no fallaba eres un cabezón! Yo pregunte que si te caerías, no donde te caerías –dijo a su padre limpiándose con clinex los dedos.

Su padre empezó a desnudarse quedándose en camiseta y calzoncillos.

–¡AHHAA, que baño de barro me he dado! Pero estoy bien- Se dijo a si mismo.-Si estoy bien, StrÁngel, estas bien –se decía y movía los brazos y piernas, instando buscar una fractura o alguna contusión, lo mismo que había hecho con el puente.

Empezó a mover sus articulaciones, tenía desollones del arrastre por todo el cuerpo, aunque nada importante.

–Pareces un espantapájaros del infierno –dijo Anabel empezando reírse.

–¡Si, que graciosa es mi niña! Por poco me metas, mira que eres burra!-dijo StrÁngel, secándose el pelo e intentando ponerlo en orden sin éxito. Lo único que consiguió es ponerse el pelo como una figura de tres cuernos, que acompañado de sus gafas le daban un aspecto muy gracioso y patético con sus calzoncillos cortos. Anabel no tuvo más salida, rompió a reír.

–¿Te ríes? Podrías haberme matado, pequeña arácnida –dijo asqueado de si mismo.

Intentó de nuevo limpiar sus gafas, con un pañuelo lleno de cieno, el resultado fue desastroso. Cuando se las puso, el nivel de risa de Anabel aumentó de manera proporcional. Poe y Becq armaron un gran revoloteo, también ellos andaban divirtiéndose con la pinta de su padre. Su cara estaba cubierta de cieno, menos por la nariz que estaba limpia, así que a su hija le dio la sensación de estar comunicándose con una sola nariz independiente.

–Bueno Anabel déjate ya de tonterías creo que debemos de mirar la casa antes de que se haga de noche, quedan algunas horas. Ve detrás mío y no te apoyes en las barandas de la terraza como hemos comprobado, están carcomidas. –le comentó a su hija y empezó avanzar de nuevo sobre el puente. Su hija le proseguía con las dos jaulas.

Al llegar a la casa, los dos personajes se pararon ante la puerta de entrada, en realidad era la puerta del balcón de la tercera planta. El doctor busca en su bolsillo, y saca unas pequeñas llaves con un pequeño fantasma de llavero que le regaló Anabel por su cumpleaños.

–¡Muy bien Anabel, aunque reconozco que todo esto es muy extraño, aún sigo creyendo que hemos echo una buena adquisición!¡Te invito a que

inaugures nuestro nuevo hogar! –dijo depositando las llave en manos de su hija.

–¡Si papa estoy encantada de entrar en este nuevo y original hogar, cuya entrada la tiene por el tejado y no por la puerta principal como toda aburrida casa!. ¡Empecemos la guinda por el pastel!- exclamó dirigiéndose a la puerta de entrada.

La llave giró a la primera, cuando Anabel abrió las puertas la luz descubrió un enorme dormitorio, con telas de araña formando unas columnas de descendían desde le techo al suelo. Al entrar todos los objetos estaban cubiertos con una nube de polvo. Su padre entró y subió unas persianas que no dejaban entrar la luz del día. Al hacerlo Anabel descubrió que toda la habitación era un bosque de telas de araña. Por dentro de las telas de araña se movían sus inquilinos como si fueran una colonia urbana de pequeños centollos.

–¡Papá las telas están repletas de arañas! –dijo gritando espantada.

–¡Claro que si Anabel, lo raro seria que estuviesen repletas de elefantes! –le contestó su padre desde el otro lado del dormitorio.

–¡Pero son enormes y patudas! Tengo una teoría sobre estas arañas. Son esas típicas arañas que llegaron a dios el día de su creación y les dicen: “¡Dios no tenemos cuerpo –y este exclama…–¡Espérate que os hago un nudo! ”–¡Ese es su cuerpo, son solo patas! –terminó de contar su teoría sobre las arañas patudas.

–¡Que ocurrencias tienes niña! –dijo el doctor abriendo las persianas para que entrase más luz.

Al entrar más luz, las arañas se hicieron cada vez más visibles, estaban por todas partes pero sobre todo en aquellas extrañas telas que parecían tubos de algodón, por las que subían y bajaban haciendo su vida cotidiana.

–¡Papá esto es un asco con miles de patas! –volvió a gritarle al padre.

–No te preocupes Anabel, piensa que si las dejamos no tendremos miedo a los mosquitos!. Aun así acabo de encontrar un buen palo de fregona apoyado en el armario –lo alzó en el aire como si fuera una espada.

El doctor empezó a meter el palo dentro de las telas llenas de arañas, y empezó a enrollarlas como si fuera la masa de los churros. La parte que se sujetaba al techo se despegó y se cayó justo encima del caballero desinfectador, cubriéndolo de un material bizcos como el algodón de azúcar. Las telas se pegaron al cieno húmedo de su cabeza, dándose una ducha de de arañas que empezaron a correrle por todas partes del cuerpo, y recordemos que el padre de Anabel no estaba en muy buen posición, ya que estaba en calzoncillos.

-¡Anabel,Anabel! ¡Aaah quítamelas, coge el palo y quítamelas! –gritaba saltando y quitándose las arañas a manotazos en un ataque de histeria. Las arañas deambulaban enojadas desde sus piernas hasta las orejas.

–¡Me dan asco! ¡No quiero tocarlas! –decía su hija con asco en la cara, dándole escalofríos.

Su padre estaban realmente asqueroso tenia cieno, telas de arañas y sus creadoras le corrían por todo el cuerpo con sus patas de quince centímetros. Anaibel se armó de valor y el palo, empezó a golpear suavemente a su padre matando cada una de las arañas, pero con los nervios empezó a golpear con furia a cada una, olvidándose de que el suelo sobre el que andaban, era un ser humano, su propio padre.

–¡Anabel que haces…Aahha! Ellas me pican y tu me apaleas! –gritó intentando detener la acción de su hija que cada vez era más potente. Una de las veces acertó en una araña que tenía en su mano, pero este la retiró gritando no por la picada, más bien por el potente porrazo que recibió en los nudillos. Su hija se había vuelto un repelente para las arañas, pero un peligro para su padre.

–¡He dicho que mates las arañas no a tu padre! –gritó y le quitó el palo antes de que lo dejara inconsciente en el suelo con un bulto en la cabeza.

–¡Déjamelas a mí –dijo su padre

–¡Son todas tuyas! –respondió Anabel.

El doctor siguió pateando y asaltando, mientras su hija miraba entre asqueada y risueña, por ver a un tipo en calzoncillos en estado tan lamentable, viendo como su padre se debatía contra un ejército de arácnidos. Parecía un mono saltando de un lado para otro, hasta que al final se calmó e intento ponerse otra vez bien el pelo, lleno de cieno y telas de araña.

–¡Estas muy guapo! ¿Has pasado por la peluquería de Frankesntein? –dijo mirando el aspecto patético de su padre.

–¡Muy graciosa, voy a seguir investigando! –dijo su padre.

Dejó el palo tirado encima de una enorme cama de matrimonio, que había en la habitación, enfrente de un ropero muy antiguo con los cristales rotos. Su padre se adentró en la habitación, cuyas motas de polvo se esparcían por el aire y brillaban con los haces de luz, parecía como si lloviesen gotas de luz sobre la habitación. El doctor llegó hasta una curiosa columna que se hallaba en medio de la habitación, Como más tarde descubrió la columna circular de piedra llegaba desde la primera planta hasta salir como si fuese una extraña chimenea. Al acercarse más detenidamente notó que desprendía mucha humedad, y que estaba llena de pequeñas cochinillas que subían y bajaban por la columna, ajenas al ojo de su padre.

–¡Papá creo que deberías buscar una fregona y un cubo esto esta lleno de polvo, y no les conviene ni a nosotros ni a mis agapornis! –dijo Anabel a su padre, mirando como Poe y Becq estornudaban repetidas veces.

–¡Si, debemos de limpiar esto un poco antes de que anochezca!. Ya averiguaremos que hace aquí esta columna plantada en medio –dijo su padre y se fue hacia una puerta por la que discurría una escalera hacia abajo.

–¡Menos mal que tengo aquí mi linterna!. Sacó una linterna de dinamo, al cargarla el sonido del mecanismo resonó escalera abajo. Había tan poca luz que la oscuridad se podía cortar con un cuchillo.

–¡Quédate aquí Anabel, voy a buscar algo con lo que limpiar esto! –dijo su padre y acto seguido desapareció, como si se lo hubiera tragado la boca de un gigantesco lobo.

–Si papa ten cuidado, y vuelve pronto me dan miedos estos bichos! –dijo mirando a su alrededor las telas de araña que quedaban en la habitación.

–¡No tardaré, Indiana Jones a mi lado es un huevón de la aventura! –se escuchó la voz de su padre desde la más absoluta oscuridad.

El doctor se adentró con su linterna y bajó varios escalones para ver que la casa estaba medio en ruinas, por la parte que bajaba la escalera, los tubos del agua se salían durante todo el recorrido, había agujeros por todos lados, salían por fuera los tubos del desagüe por las esquinas, los cables estaban cortados, y los escombros se reunían por todos lo rincones y en los escalones. Entró en la sala de la segunda planta, el techo estaba sin terminar, sin poner las escayolas, los cables estaban por fuera de la instalación, al fondo había una cocina llena de grasa y platos sucios.

En una de las paredes vio un símbolo, un dibujo extraño y creyó reconocer un signo de magia negra. Al adentrarse vio una mesa y varias sillas de madera. En la encimera de la cocina había un plato con algo que antes de nuestra era debió de ser comestible, todos los platos y vasos estaban sucios. El que los usó, no tenía entre sus planes limpiarlos tan siquiera un poco.

–¿Habrá agua? –se preguntó mientras cogía el pomo del grifo.

El sonido del agua sonaba llegando por las tuberías, en la habitación oscura. Le sobrecogió el alma, sonaba como si las tripas de la casa empezaran a funcionar, unos ruidos tremendos seguido de vibraciones metálicas llenaron el negro vacío. De repente el grifo empezó a soltar pegotes de barro, luego agua marrón, para después pasar al agua fresca con un olor a óxido.

–Muy bien, ya sabemos que por lo menos viviremos aquí sin apestar a cochino salvaje! –dijo y cerró el grifo, pero el pomo se le pegó en la mano debido a la grasa que había en todo aquel fregadero.

El doctor logró quitárselo, aunque no la grasa que le quedó entre los dedos. Mientras se limpiaba se acercó e la mesa, había un mando de televisión y en frente la primera televisión con mando, era realmente antigua. Su mirada se fijó en un enorme libro de notas que ponía diario de reformas, Cacahuete Company.

-Esto parece interesante, tal vez nos explique lo que hace esa columna en medio de la casa –dijo tomándolo entre las manos.

Dejó el libro y arrojó la luz sobre los objetos, que cobraron formas monstruosas en las paredes. Había un sillón enorme y en medio de la habitación de nuevo la misteriosa columna de piedra que seguía hacia abajo, atravesando la casa en sentido vertical. En un lado de la habitación había un congelador, una chimenea a medio hacer, un escritorio lleno de hormigas, por lo cual dedujo que esta es la planta de las Hormigas y la tercera la de las arañas.

–¡Eso es amigas orden ante todo! –dijo refriéndose a los insectos que poblaban la casa.

Abrió las ventanas y subió las persianas, la luz entró alumbrando todo el espacio, encontró que las lozas del suelo estaban puestas por todas partes, la mitad del suelo estaba insolado y la otra mitad era un suelo terroso sin acabar. Casi toda la planta estaba a medio terminar, era como si alguien hubiera querido arreglar todo al mismo tiempo y se hubiera cansado dejando el espacio incompleto. La pintura de las paredes envejecida y llena de manchas, un caos de objetos de todo tipo esparcidos por todos lados. El doctor atravesó de nuevo la planta y pisó algo blando, como una fruta podrida pegada a una losa. Después de limpiárselo con un montón de ladrillos apilados en un rincón, junto con herramientas de albañilería, decidió ir hacia a la puerta que conducía a la planta primera. Si con la puerta anterior la oscuridad podía cortarse con esta, se podían hacer negros flanes. La puerta estaba desvencijada y en el marco había un enorme hueco, daba la impresión de que habían intentado cambiarla pero al final se habían arrepentido, estaba de nuevo a medio quitar. Atravesó la oscuridad tras darle energía manual a su linterna, bajó despacio por las escaleras de forma decida.

En el suelo encontró una lista de objetos desperdigados por el suelo, montañas de calcetines sucios cuyo olor aporreaba los sentidos del doctor, hasta juguetes de niños, papeles, tornillos, herramientas y muchas cosas indescriptibles, todos los que uno pudiese imaginar.

Por las paredes, bajaban tubos y cañerías al aire libre, trozos de paredes descubiertas y escombros por todos lados, como si alguien los hubieran espurreado, como el que lanza despreocupado sal a la comida.

Al bajar encontró la sala principal de la casa, la zona de recibimiento. Había una humedad insoportable y el doctor sintió frió, se encogió dentro de si mismo y de su chaleco, notaba el frío en las rodillas y en sus orejas. La oscuridad le dijo al doctor StrÁngel que estaba especialmente desprotegido, porque iba en calzoncillos.

–¡De nuevo esa columna! –exclamó el doctor y siguió alumbrando hacia abajo. De pronto sonó un ruido ronco y un gorgojeo de líquidos, paró la linterna y observó un embudo de metal que coronaba la columna suspendida en al aire apuntando a un enorme túnel en el suelo de la casa, medio metro mas abajo, del cual salían unos sonidos muy lejanos, como desde las mismísimas entrañas de la tierra, que se quejaban de dolor de barriga.

–¡Espero que esto no sea la casa de una lombriz de este tamaño! Intentando trivializar lo que veía, y parar el temblor las piernas del miedo y el frío, acumulado por partes iguales.

Al asomarse a él, una bocanada de aire húmedo ascendió hasta su cara. Pensó que aquello era peligroso puesto que el diámetro del agujero era de varios metros, como la anchura de la columna, que no era tal, ya que terminaba en el embudo. También vio que era hueca, asomándose y alumbrando dentro de ella, con cuidado de no caer al abismo.

Dirigió el haz de luz hacia el agujero, este se perdía en el fondo, las paredes eras húmedas, y no se le veía el fin, era como un tubo fabricado por un enorme animal, que dormía en el fondo de algún sitio en el corazón del mundo. Al menos eso le pareció al doctor, aquello animó sus fantasías hasta que le latían las sienes de pánico y emoción.

–Bueno StrÁngel, espero que seas lo suficientemente inteligente para no contarle nada a tu hija Anabel!- Se dijo a mismo, mientras se derrumban sus intereses sobre si la casa era una buena adquisición.

¿Como iba a seguir mintiéndole a su hija y decirle que la casa era una joya arruinada, con la posibilidad de que ascendiera todas las noches una oruga como el tamaño de un autobús, a contarles un cuento antes de ir a la cama?.

Mientras pensaba como mentirle a su hija, encontró lo que buscaba una fregona y un cubo al lado de un enorme charco de agua que se hallaba al lado de la campana de la columna. La cogió y se dirigió hacia una de las puertas que estaba atrancada por algo blando que se movía, si la empujabas con fuerza. Eso hizo, al abrirla la luz entró en la sala e iluminó la campaña de metal y dio buen cuenta del agujero que se hallaba apuntando a ella. StrÁngel metió la cabeza por detrás de la puerta y descubrió algo sorprendente.

–¡Doctor esto es increíble! –exclamó mirando hacia dentro.

Había una habitación con luz natural, llena de tierra, la cual había entrado por la ventana rota. Se extendía por la habitación que posiblemente era un cuarto de invitados, al hundirse la casa seguramente la tierra y el fango invadió el espacio, los hongos y las setas formaban un bosque dentro del habitáculo, un sitio perfecto para que se desarrollen estos vegetales. El doctor como buen micólogo descubrió muchas especies comestibles.

–¡Ya verás cuando le diga Anabel que tenemos un terrario, y que hoy comeremos tortilla de champiñones! –dijo su padre muy alegre y se llevó una seta a la nariz.

Cogió una seta de un escritorio lleno de fango y lo olió con la punta de nariz mientras sonreía, la visión terrible del agujero desaparecía con aquel campo de hongos de diversas formas y colores.

En ese mismo momento un gritó de Anabel, se le cortó la respiración y uno de los momentos más felices que había encontrado desde su llegada a Villaiceberg.

–¡Mi pequeña pelusa, olvidé que estabas sola! –dijo su padre mientras recargaba la linterna de dinamo, con más energía que nunca, ya que le inquietaba horrores lo que le sucedía a su hija, que precisamente tiene una voz muy fina y peculiar, que inquieta mucho más aún.

Subió por las escaleras dando zancadas de tres en tres escalones, se tropezó con todo tipo de objetos, por la segunda planta observó de forma fugaz el símbolo de supuesta magia negra, emborronado por la velocidad. Su padre pensó todo tipo de catástrofes que le había ocurrido a su hija, desde que había encontrado un animal salvaje dentro de la vivienda, hasta un ser de otra dimensión. Cuando llegó jadeando a la tercera planta donde se hallaba su hija, la encontró recta e inmóvil, con los ojos apuntando a su cabeza. Había dejado a los dos agapornis enjaulados en el suelo para extender los brazos e intentar tocarse la cabeza.

–¿Anabel que te ocurre? ¡Por poco me explota el corazón subiendo las escaleras! –le medio riñó su padre la ver que estaba bien.

–¡Mira arriba! –dijo Anabel, señalándose una enorme araña que se le había posado en la margarita que llevaba en el pelo.

–¿Una araña? Me acabo de casi matar subiendo las escaleras y eso es todo una araña –gritó el doctor.

–¡Quítamela, no las soporto! –hablaba medio llorando, le daban realmente pánico.

Su padre se acercó y le dio un pequeño golpe con el dedo a la araña, salió despedida por el cuarto. Incluso llegaron a percibir un pequeño gritito cuando le propinó su padre a lo arácnidos.

–¡Bueno Anabel, déjate de tonterías! Aquí he encontrado lo que venía buscando. Un cubo y una fregona. No perdamos más tiempo, ve trayendo los bultos del coche. Abajo todo es normal aunque no se puede negar de esta casa es que algo peculiar –añadió intentando quitarle plomo al asunto.

–¿Algo peculiar? –dijo su hija extrañada –¡Es un vieja ruina incrustada en un hoyo, la tercera planta es la primera y la primera el sótano!

Para acceder a ella hay que pasar por un puente de madera carcomida y tenemos que ir levitando para no caer en un mar de cieno apestoso… ¿Y dices que es una casa peculiar? –preguntó su hija.

–¡Si, pero no hay nada más! –en este momento le saltó un tic en el ojo, al mismo tiempo que mentía, no le dijo ni pizca del túnel y la falsa columna, y mucho menos del ser que podía salir por aquel sitio. Intentaba ante todo, auto convencerse y ocultarle lo que su hija sabía de antemano, que la casa era una locura y habían vuelto dársela.

–¡En fin papá!. Voy a por mis cosas –dijo Anabel.

Antes de irse colocó encima de la cama antigua, los dos pájaros revoltosos que miraban de reojo a su padre. Parecía que sabían que estaba engañando a Anabel, porque era un mentiroso patán. Anabel cruzó el puente con cuidado de no caer en la agujero de las tablas rotas y se dirigió la coche. Mientras su padre entró en uno de los servicios, sucio y lleno de polvo. Se encontró algo insólito. Había un retrete a metro y pico del suelo encima de un trono con escaleras, al lado para sujetarse había una barandilla oxidada.

–¿Pero esto que es? Acaso esta casa la alquiló “Luis XVI”. ¡Tenemos el váter de un Rey!. Se subió por las escaleras, abrió la tapadera y vio un fondo oscuro que necesitaba urgentemente un litro de lejía. Ni las cucarachas soportaban el olor a bajante. Tiró de la cadena y se quedó con parte de ella en la mano.

Al cerrar la tapadera, se sentó para probar remoderando que así serían las idas al servicio de la alta nobleza. Empezó a soñar y creyó ser un aristócrata intelectual, que había dejado en el servicio toda una biblioteca de libros, por que así era, allí había junto al botiquín una pila de libros ordenados. Cuando su hija volvió, se encontró a su padre encima de un váter con trono leyendo un libro, la estampa era irrepetible, así que sacó su cámara de fotos y le hizo una instantánea para aun web llamada “fotos ridículas de progenitores ridículos”.

–¿Anabel que haces? –despertó de su lectura –¿Has visto hija? ¡Vas a tener el váter de una princesa, para que veas lo que cuido yo a mi pequeña pelusa!.

Anabel vio en la parte de los escalones, una pequeña placa de metal que ponía: “Reformas cacahuete, nº:23. Retrete con escalones. Todo humilde trasero se merece un trono”.

–¿Has leído esto papá? Este tal cacahuete es un artista de las reformas. Esta casa parece su museo personal –dijo su hija.

–Lo que me pregunto, es que clase que inspiración le llegó a crear tan original retrete –le comentó su padre y puso el libro que había cogido de la biblioteca en su sitio.

Los dos salieron del servicio, y se dirigieron al dormitorio, había cuadros antiguos, muebles mas antiguos todavía, las paredes estaban cubiertas de una fina capa de algo rugoso, y por muchos sitios las humedad había dejado su huella. Anabel salió para traer mas cosas del coche, mientras su padre fregaba dándole al suelo una pequeña limpiada. Al volver, Anabel se fijó en las paredes. Dejó hacer todo lo que estaba haciendo, de golpe, había visto algo horrible.

–¡Papá esta casa está maldita!¡Mira le sangran en las paredes! –gritó señalando una mancha roja en la pared.

Su padre volvió hacia ella poniéndose un papel en el brazo.

-¡No te acerques Anabel, las paredes raspan!¡Me he pegao un restregón que me he “dejao to el codo”! –se alejó con cara de que aquello escocía.

Durante toda la tarde lavaron y adecentaron la habitación. Los cuadros viejos fueron sustituidos por pinturas de Anabel, motivos fantásticos, un unicornio sobre la luna, unos trivales encadenados, motivos góticos, y algunas láminas de películas de seria b, como el hombre con un sueldo menguante o la invasión de los profanadores de chacinas.

Poe y beqc, hacían de las suyas, los agapornis sueltos volaban de un lado a otro, incordiando a su padre como siempre. Los dos loros se habían acomodado en el cuadro de un marco y miraban fijamente como su padre trabaja por barrer, mientras ellos ensuciaban el suelo con pelotillas y tiras de papel. Muy pronto se había hecho tarde, pero para entonces el doctor y su hija habían dejado todo aquello muy habitable, e incluso coqueto y ordenado. Llegó la hora de probar la luz, tras varios intentos de cambiar las bombillas, por el inexplicable motivo de que estallaban, una de ellas aguantó colocada en el centro de la habitación. Tal vez podría ser por un alto voltaje en la instalación eléctrica, mañana el doctor miraría con más tiempo, y ordenaría las plantas de abajo, porque la noche cayó espesa como un oscuro manto de misterio. La figura del coche empezó a perderse, y en los árboles se arremolinaban y cogían cama todos los pájaros de los alrededores, el ruido de las peleas se escuchaban hasta donde estaban Anabel y su hija.

– ¡Veis mis pollitos vosotros no tenéis que pelaros para dormir! –los besó entre sus manos y ellos hicieron lo mismo, el amor de los pájaros de su hija era inversamente proporcional a la antipatía que le tenían al padre.

Salió la luna llena sobre el horizonte. Esa noche iban a tener luz natural adicional. Una bombilla que nunca se funde pero mengua o se expande con el paso de los días. El puente como única salida al exterior, conectaba la casa con el mundo real, como el estado “rem” lo hace entre la realidad y el sueño. Los dos personajes muy pronto se encontraron atrapados en medio de la noche, en aquella isla hundida en el fango.

–¡Papaá tengo hambre! –dijo Anabel a su padre que estaba haciendo la cama como podía, mal y con arrugas.

–Si pequeña pulgosilla. Vamos a comer, que ha sido un día muy intenso y se me retuercen las tripas pidiendo algo que roer.

Se incorporó y se acercó a la puerta que daba a la planta tercera.

–Como tu padre es un tipo precavido, antes bajó a dejar toda la comida en un frigorífico que hay abajo, funciona perfectamente. Vuelvo a por ella –dijo su padre y se fue corriendo.

Sacó su linterna de dinamo, la apretó dos veces y bajó hasta abajo disparado como una bala. Al llegar a la segunda planta a oscuras, se dirigió hacia un frigorífico conectado a un enchufe. Al abrir la nevera y metió la mano para coger las tortillas y las demás cosas de comer. Sacó la mano congelada al instante de meterla.

–¡Este congelador congela, vaya si congela! –dijo medio tiritando.

Se fue hacia arriba con la comida, y subió por las escaleras por las que había bajado. Al mirar hacia atrás alumbrando a la mesa, le pareció que algunos objetos de ella, habían sido cambiados de sitio, era eso, o algún producto de su imaginación, pero no le dio la menor importancia.

–¡Anabel, ya estoy aquí! –gritó saliendo de la penumbra de la puerta y se dirigió hacia ella, rodeando la enrome columna de piedra que se hallaba en medio de la habitación.

–¿Has traído mi tortilla? –dijo Anabel con cara de alegría, fijando su vista en la bolsa. Dentro había una jugosa tortilla de patatas sin gluten.

–¡Si, claro!.Comamos en la cama al lado de la mesita. Mañana prepararemos la parte de abajo –dijo esto el doctor y se lanzó a sentarse en la cama.

Los dos se juntaron y pusieron la mesita de noche con lámpara, como mesa de comer. Anabel se sirvió un trozo de tortilla y su padre sacó una enorme morcilla y un bollo de pan, empezó a abrirlo para hacerse un bocadillo.

–¡Papá aléjate de mí! Cortas el bollo y me llenas de migas… ¡Soy alérgica al pan! –le gritó con su fina voz.

–¡Pero si estoy a dos metros! Esto del gluten es como los ajos a los vampiros! –refunfuñó con la actitud de su hija.

-¡No te pongas a cortar pan, eso es un asco! –dijo alterada y nerviosa.

–¡Vale, vale! Ya me quito de aquí –dijo su padre por no escucharla gritar, pronto empezaría con su monólogo de quejas interminable.

Se levantó, cogió la botella de agua y las demás cosas y se la llevó al otro extremo de la cama, donde empezó a cortar el pan con fuerza.

–¡Después limpia bien la colcha! –dijo su hija.

Su padre la miró con ojos de inquisitivos. Anabel era la única persona en el mundo que podía sacarle de quicio. Los pájaros también cenaban delante de ellos, comía porras de mijo y miel, piando y gruñendo a la vez.

–¡Papa no deberías come morcilla picante por la noche! Puede sentarte mal. –hablaba su hija con un trozo de tortilla en la boca.

–¿Sentarme mal? Eso es imposible. Tengo un estómago que admite un pastel de dinamita –respondió a su hija.

Cortó otro trozo de morcilla y se lo metió en un trozo de pan. Miraba fijamente el macuto contado sus aparatos de investigación paranormal, hechos de forma casera, junto con su portátil con un murciélago tallados en la parte superior.

–¡Voy a darme un pequeño lavado! –se retiró y se metió dentro del servicio con una pastilla de jabón del macuto.

–¡Anabel, no te he contado una cosa! Gritó desde el servicio y se enjuagaba el cieno y el barro de la cabeza.

–¿Dime? –contestó Anabel.

–¡He descubierto un terrario de hongos y setas! Casi todas comestibles –le volvió a contestar su padre, y se dirigió al cuartote baño.

El doctor salió con mucho mejor aspecto, ya lavado y casi peinado, aunque todavía no olía demasiado bien. Se acercó a su cama y vio que la de Anabel ya estaba destapada con Anabel en la cama, con un libro entre las manos.

–¡Que bien por fin un poco de tranquilidad!- exclamó el doctor y se recostó sobre la cama.

–Cerraré la puerta con llave y pronto estaremos durmiendo. Ha sido un día muy intenso –Se dirigió a la puerta y miró entre las cortinas roídas por los agapornis y por el tiempo.

Bajo la luz de la luna, el puente cruzaba la casa de al lado y las figuras de los árboles antojaba una mancha oscura que los rodeaba. Cerró con llave echó las cortinas, de fondo se escuchaban ruidos extraños y un murmullo de animales masticando los frutos de la valla, eran un coro incesante que se escuchaba muy lejano. Después se dirigió a la puerta que daba a la segunda planta, y la cerró nuevamente.

–¿Por qué cierras esa puerta? –dijo Anabel leyendo desde la cama.

–¡Por nada, simplemente por nada! –respondió su padre. Un poco nervioso, pensaba en lo que había visto en la primera planta, observaba con precaución la enorme columna. En el fondo se preguntaba si aquel sitio era seguro para él y su hija. Se puso el pijama y se metió en la cama.

–No hay nada mejor que un libro para conciliar el sueño, cuando te vas a la cama –dijo su padre y se metió dentro ella, con un tomo sobre expedientes desclasificados en España.

–¡Si sobre todo si es malo, te duermes antes de llegar al índice! –replicó su hija.

Al cabo de un rato, tanto Anabel como su padre acordaron apaga la luz, había sido un día muy ajetreado. La habitación se hizo oscuridad, pero muy pronto se hizo más clara con la presencia de la luna. Al apagar, el doctor notó como si se hubiera despertado algo dentro de su barriga. En cinco minutos, la morcilla picante empezó a revelarse en su interior, su sueño se convirtió en insomnio y media hora después no paraba de dar vuelta, de eructar y de escuchar sus tripas poniéndole una queja por engullir medio kilo de pique. Su hija dormía como un tronco, incluso roncaba. De repente un sonido ronco y líquido sonó en la habitación, pensó que era su estómago que se peleaba en un “ring” dentro de él, contra la morcilla. Pero de repente sonó el segundo, este mucho más fuerte que el anterior. Se incorporó en la cama, los sonidos del exterior se colaban, el sonido de un búho, las pandillas de grillos musicales intentando ligar a una chica, y de repente de nuevo, otro sonido ronco seguido de un sonido de ebullición de líquidos. Miró hacia la falsa columna, y un eco que venía desde muy abajo sonaba cada vez más continuo. Se tapó con la manta por miedo y para intentar olvidarse del sonido extraño. Pero le fue imposible pegar un ojo entre la cena y el sonido, la noche empezó a tornarse infernal ya que esta había que añadir el influjo enorme de los rayos de la luna. Pero el sonido prosiguió cada vez con más frecuencia, el sonido ronco de un estomago gigante que se retorcía y el gorgojeo. No puedo parar de pensar en el túnel y en el ser que podía surgir hacia arriba por ese tubo de piedra hecho a apropósito.¿Qué desquiciada mente había diseñado esto? ¿Con que fin?. Al doctor le rebotaban estas preguntas por la mente. El miedo aterrador empezó apoderarse de él, y empezó a avivar el fuego de su imaginación. De mientas miró a Anabel, dormía ajena a todo aquello. Se levantó y descalzo, se acercó y puso el oído pegado a la columna de piedra. El sonido iba en aumentó. Se le cortaba la respiración, el doctor investigaba lo desconocido, pero siempre se le rizaban los pelos, era un Juan sin miedo con mucho miedo. El gorgojeo ronco dio paso a un sonido de respiración de pulmones. ¿Acaso la columna estaba viva? ¿Que clase de ser habitaba el túnel? ¿De que tipo de mundo subterráneo venía a hacerles una visita?. El gorgojeo era ya incesante y cada vez más cercano?. Se alternaba con ruidos sórdidos y de pulmones gigantes y jadeantes. Era cierto que lo que fuese, ascendía ya con rapidez. Estuvo a punto de llamar a Anabel, para huir de todo aquello. Se le vino a la cabeza la imagen de un enorme gusano que salía de su escondrijo desde las entrañas de la tierra, para cazar a sus víctimas mientras dormía.

¿Y ese símbolo, algún mago oscuro lo había invocado desde los infiernos?. La columna empezó a vibrar levemente. Al apoyarse en ella descubrió que esto no era un sueño. La columna vibraba al tiempo que los sonidos aumentaban y los jadeos se aceleraban como si alguien estuviera cocinando abajo un enorme puchero. El temblor aumentó por minutos y el doctor empezó a aporrearse la nariz con las gafas como un tic de nervios incesante. En la oscuridad de la habitación, los sonidos aumentaban por segundos, vibraban ya los muebles, el armario, la casa entera levemente pero ascenso. Si la bestia del averno subía por aquella chimenea muy pronto estarían rodeados. El jadeo helaba la sangre, y los gorgojeos se transformaron en un sonido continuo de presión acumulada, lo que ascendía debía tener la fuerza de una locomotora. Se acerco de nuevo a la columna, las vibraciones empezaban a tomar la escala de terremoto. Los dos agapornis empezaron a despertarse, las sillas a bailar, a balancearse de lado a lado. Los sonidos de la bestia y su fuerza habían aumentado estrepitosamente. No podía aguantarlo más, despertaría a su hija y se irían los dos pitando de aquella terrible casa. La columna vibraba dejando caer polvo y algunas piedras, la casa entera se movía. Los pájaros empezaron a piar y cuando estuvo a punto de despertar a su hija, la vibración de aquello que ascendía sin remedio tiró un trozo de cristal al suelo, anticipándose al grito de su padre.

Cuando Anabel abrió los ojos, encontró a su padre en frente con la boca abierta y un ataque de nervios, pegando saltos y corriendo en silencio de un lado para otro, vio que todo se movía y escuchó ese sonido ascendente y sórdido, como si despegase un avión con dolor de barriga.

–¿Papa que haces? ¡Un terremoto! –dijo y observó como todo temblaba, pero lo que no lograba entender era ese extraño sonido. Se dio con las manos en la frente y se despertó alzándose encima de la cama, llevaba un pijama de ositos que le había regalados su abuela hace años.

–¡Anabel tengo que contarte algo! ¡Soy un idota! –gritó desesperado su padre.

–¡Eso ya lo Sé! ¡Dime algo nuevo! ¿Qué es lo que pasa? –se repetía Anabel.

–¡Abajo, abajo…! ¡Encontré un agujero en el suelo. Esto no es una columna, es un tubo, una chimenea conecta con el agujero! –intentó explicárselo a su hija.

Los sonidos aumentaron y un rugir indescifrable inundó la habitación. Todo se estaba acelerando, al igual que los nervios de los dos inquilinos.

–¡Grita papá no te escucho! –Grito ella, subida a la cama.

–¡Anabel tenias razón esta casa está maldita! ¡Había unos símbolos abajo!¡Un túnel! –gritó cada vez más, le costaba ya comunicarse con su hija.

–¡Alguien ha invocado a algún a ser de las profundidades! ¡Un gusano!

–¡Una terrible lombriz del submundo, viene a por nosotros! –Gritó histérico.

–¿Un gusano?¿Quien te manda alquilar una casa con anisakis? –contestó Anabel alzando al voz cada vez más.

–¡No es momento para bromas, vamonos antes de que salga! ¡Coge a tus loros y huyamos de aquí! –ordenó a su hija.

–¡Un gusano eso es increi… –no dejó terminar la frase, cuando el sonido de un rugido burbujeante ascendió junto con los temblores. Su hija chilló, en medio del estruendo.

–¡Coge tus pollos y larguémonos, si no queremos ser su cena! –bajó a su hija de la cama, y buscó las llaves mientras su hija cogía las jaulas.

La puerta temblaba y los nervios de su padre. Las llaves bailaban sin querer entrar en la puerta. La casa empezó a crujir y el sonido era ensordecedor, a veces parecía un vomito centrifugado. La columna temblaba cada vez más, soltando nubes de polvo por toda la habitación.

–¡Abre ya torpe! –gritó su hija.

–¡Eso intento, Anabel –gritó su padre.

Una de las llaves encajó y giró. Los dos salieron corriendo hacia el puente que temblaba como la casa. Las vibraciones hacían sonar la baranda carcomida, y todo era un repiqueteo en ascenso. Su padre corría delante de Anabel, sobre las tablas.

–¡Cuidado papa- gritó para advertir a su padre, pero era ya demasiado tarde. Cayó en el agujero de antes, pero se agarró con las manos.

Medio padre colgaba al vacío, mientras el otro medio estaba en el suelo del puente. Su hija se agachó y ayudo a sacar al padre del hueco. Menos mal que la luna, le daba linterna a los dos personajes, y pronto estuvieron otra vez corriendo. Su hija iba detrás con los dos loros, que sin parar de piar despertaron a todos las aves que dormían uniéndose al espectáculo.

Al llegar al otro lado del coche, observaron como la casa y el puente temblaban. A la vez, el sonido del rugido ascendente tocaba al punto álgido, la luna sobre lo alto de la casa brillaba como esperando el evento.

–¡Mira Anabel, contempla el espectáculo del poder oscuro! ¡La bestia viscosa salida del subterráneo!- dijo señalando con el dedo a la chimenea de la casa.

Justo en ese momento salió algo inaudito. La chimenea de piedra que sobresalía por fuera de la casa se estremeció, y sonó como un apogeo del rugido, el descorche de una botella de champán gigante. Padre e hija vieron como un chorro de agua salía a presión por la columna a través de la boca en forma de embudo, que hizo de pulverizador para el agua ascendente. Al lanzar el agua como un chorro pasado por un pulverizador, alcanzó los rayos de la luna, que se hallaba justo encima de la casa, creando un efímero pero hermoso arco iris nocturno.

–¡Oooh… es hermosoo! –dijo Anabel.

–¿Cómo? Gritó su padre mirando desde el otro lado del puente, en pijama.

-¿Y este era tu gusano de las profundidades? ¡Más bien parece un geiser!-exclamó Anabel ilusionada por el espectáculo.

–¿Un geiser dentro de la casa? ¿Esos rugidos, son los sonidos estomacales de la oruga de los infiernos? –dijo su padre

–¡Jaja, tu gusano es un simple chorro de agua! –dijo Anabel y rió mientras su padre ponía cara de pescada congelada.

Mientras los dos miraban alucinados a la casa, que era una caja de sorpresas, las minúsculas gotas se esparcían por el aire en muchos kilómetros a la redonda.

–¡Llueve tres veces al día!… –Anabel, remarcó la información a su padre.

Vió como las gotas que humedecían a los dos, se dirigían hacia el bosque. Empezó a comprender porque estaban en medio de una tarta vegetal. Todo más allá de la extensión de aquel bosque era un desierto, estaban en un oasis artificial creado por este fenómeno natural con ayuda de un loco excéntrico. ¿Podría ser el reformador de la casa? El sonido cesó de golpe, y padre e hija, tranquilizados por la respuesta del enigma, entraron de nuevo a dormir sin caer por el agujero del puente. Al otro día encontrarían más respuestas sobre el fenómeno, pero esa misma noche, los dos se acostaron soñando con un bonito arco iris lunar.

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