Llora, como un niño desconsolado, perdido, buscando algo que le sea familiar. No lo encuentra; nunca nada le fue familiar. Y como un trauma, los pensamientos le desgarran hasta hacerle heridas que no se curan. Jamás se borrarán. Cargará con el botiquín allá a donde vaya, pues nunca se sabe cuándo comenzará a supurar. 
Ni la edad, ni el tiempo, ni el perdón. No salen las palabras ni las lágrimas. Puede que ya no funcione bien, que haya perdido el norte. Sin brújula ni mapa, sólo le queda mirar a su alrededor, buscando algo familiar. Una señal, algo en lo que confiar, pero está ya todo perdido: no está en su ciudad, ni siquiera en su país. Este tampoco es su mundo. Hace ya tiempo que le durmieron y amaneció Dios sabe dónde, ¿qué coño hago aquí? ¡¿dónde está la salida?! Por mucho que grite, nadie le ayudará. Todos son cómplices. 

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