“En su sentido más profundo y doloroso, es una sensación de gran angustia espiritual, a menudo sin una causa específica. En el aspecto menos mórbido es un dolor sordo del alma, un anhelo sin nada que haya que anhelar, una añoranza enferma, una vaga inquietud, agonía mental, ansias. En algunos casos podría ser el deseo por algo o por alguien en particular, la nostalgia, una pena de amor…”

Vladmir Nabokov, definición de la palabra “toska”.

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Cruzo la plaza mirando las farolas quebradas. Estoy casi segura que las pusieron la semana pasada. Me paro en una esquina y me subo en la primera micro que veo.

En uno de los asientos del fondo esta Mikhail. Es un muchacho alto, de cuerpo ancho y movimientos toscos. Me saluda, hace un movimiento con la cabeza. Yo me siento a su lado más por inercia que por real gusto.

Hace frio y no puedo evitar mirar sus facciones mientras habla. Tiene los ojos azules, algo celestes, la nariz ancha y las cejas pobladas. Hace una mueca mientras explica algo, no lo escucho realmente, estoy pendiente de su rostro. ¿Cómo puede tener una piel tan blanca y un cabello tan oscuro? No me lo explico, así como tampoco me explico esos rumores que rondan por el barrio. Algunos dicen que su familia llegó al país después de un conflicto de narcotraficantes, otros que venían escapando de una deuda millonaria. Lo cierto es, que ninguna de aquellas versiones resulta tan inverosímil como la realidad, y aquellas son palabras del mismo Mikhail:

“Estábamos tratando de escapar de la guerra civil. No creo que lo sepas, esas cosas no salen en las noticias. No sé bien cómo fue que terminamos en Chile, solo que nuestro primer destino era un conocido en Alemania que luego nos mandó para acá. Después de eso no volvimos a saber de él, así que hubo que quedarse. Yo tenía 7 años cuando llegamos así que, aparte de aprender el idioma, no me costó mucho adaptarme. Mi madre por otro lado aun no se acostumbra. Odia su acento, su forma de vestir, las estaciones del año y hasta la programación de la tele. Yo creo que aun no acepta que estamos solos y que por más que lo haya prometido, mi papá no va a venir con nosotros. Ya no lo hizo.”

La micro se sacude en un bache y yo me azoto contra la realidad. Mikhail ha dejado de hablarme, tal vez se dio cuenta de que no le estaba prestando atención. Se queda mirando por la ventana y a mí me da la impresión de que lleva mucho tiempo así. Tal vez está pensando en el fin de curso o en esa oferta de trabajo que le mostré. Tal vez está pensando en los medicamentos de su mamá y en como los van a pagar, o puede que esté pensando en esa ilusión infantil que me dijo que tenía cuando niño, el sueño de cruzar Rusia en el transiberiano, de ver los paisajes y la nieve. Sé que le gusta la nieve, aunque la recuerda poco, y también sé que le carga Chile precisamente porque aquí no nieva nunca.

De repente me pega un codazo, me mira y me dice que hay que bajarse. Se me había olvidado que venía para acompañarlo.

Son 3 cuadras hasta la joyería. Hace frio. Me comenta cosas sobre la PSU y yo sigo sin escucharlo. Parece que está preocupado, le inquieta su futuro. Lo entiendo, pero ahora tengo la cabeza en otro lado. Pasamos por al frente del supermercado.

Recuerdo que nos conocimos ahí, trabajábamos de reponedores por un sueldo miserable. Yo, para pagar la gira de estudios, el, para pagar la quimioterapia de su mamá. Me gustaba cuando se ponía a hablar en ruso para sacarse de encima a las viejas molestas, y las caras que ponía la gente. Cuando terminó el año yo renuncié pero él siguió trabajando.

Llegamos a la joyería sin que me diera cuenta. Entramos y pedimos el anillo. Yo lo seguía mirando. Me parece increíble lo alto que es. Le saco 4 años y aun así es casi medio metro más alto que yo. Casi medio metro más alto que todos. Recibimos la cajita y nos vamos sin siquiera mirar dentro.

El camino de vuelta es en completo silencio. Estoy segura de que él sabe que es lo que me incomoda y las palabras exactas con las que arreglarlo todo, pero no puede permitirse decírmelas.

Nos paramos frente a su casa y nos miramos en silencio. Yo sacó el anillo de la cajita para mirarlo.

-Un símbolo eterno de afecto, dedicación y el sueldo de dos meses.- Mikhail se ríe por lo bajo.

Yo arqueo las cejas y pienso. He escuchado esa frase en algún lugar. Después miro el anillo. Es pequeño y delgado. Podría apostar que se trataba de algún anillo viejo que ensancharon y restauraron. Vuelvo la cabeza hacia Mikhail, pero ya se ha ido.

Un sabor amargo me inunda la boca. Ojala se hubiera quedado un poco más.

Toco la puerta despacio, después de unos minutos me abre su mamá. Es una anciana flaca. Me sonríe y me invita a pasar.

Le dejo el anillo en la mesa, ella me lo devuelve. –Es tuyo.

Sé que lo es, que ese fue el plan desde el principio, pero también sé que a ella le sirve más, a mí solo me hace hundirme otro poco.

La abrazo, le devuelvo el anillo y me voy. Espero no volver a verla. Me molestan sus ojos, son iguales a los de Mikhail.

Camino de vuelta a casa. Pensando en ella, en el y en mi. En esa pobre mujer sola y en el anillo.

Estoy arrepentida de haber peleado, de haberte echado de mi casa y de no haber ido a buscarte. Me pesa saber que ya no puedo decirte que te quiero, que no alcancé a disculparme, que te fuiste con el mal sabor de boca; y aun no me convenzo de que no hayas mirado la luz roja.

Me duele mucho, todo, pero de todas las cosas, la que más me consume es saber que esta fue la última vez que estaríamos juntos y que, irónicamente, fue la más real de todas.

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