El polvo se había colado por la parte inferior de sus gafas, le irritó los ojos, lo cual le apartó del trabajo que se encontraba haciendo. El día desaborido aún no acababa, los rayos infrarrojos del sol, entraban en ángulo recto y calentaban el agua que Héctor había sacado del distante pozo. Su compañera Cristina le observó limpiar los lentes divergentes con un pañuelo húmedo, y echarse bocanadas de agua en uno de los glóbulos oculares.

– ¿Quieres que te releve?

– ¡Por supuesto…!

– Voy entonces

– Por supuesto que no…

– Vas a lastimarte si continuas sobre esforzándote.

– Podría suceder, sin embargo prefiero terminar de cosechar antes de que la tempestuosa lluvia haga que se pudra y… ya sabes, no llevamos ni la cuarta parte. – Después de haber hecho un ademán con ambas manos, las dejó caer en el pantalón grisáceo que tiempo atrás le confeccionó Adela. Su mirada se tendió al sembradío.

Adela gustaba de cortar ramilletes de flores, había cortado varios tipos de flores a lo largo de su vida, desde geranios, hasta lilas turquesa, no obstante nunca había visto las flores negras, con las que deleitó su lado irracional una tarde de septiembre otoñal.

– El cielo bellamente pintado con acuarelas rojizas, a veces parece correrse, ¿no lo crees Héctor? Es como si estuviera triste. – Soltó un suspiro, que tuvo efecto en él.

– ¡Pero qué cosas dices! Ni siquiera llueve Ade, yo creo que te estás quedando algo cieguita… – Lanzó una mirada furtiva, imaginó que Adela le contestaría en un tono molesto, quizá una mirada… No lo hizo, ningún gesto, quietud plena.

– Ade… oye… Adela, respóndeme… ¡hey!

– Hace dos días… hace dos días me tocó un rayo, fue muy electrizante, una sensación extraña… ¿entiendes a qué me refiero?

– No… – Su rostro se volvió incrédulo. – Creo que deberías dejar las fantasías por hoy, estás más… tú sabes… que otros días.

– Sentí los vellos de mi cuerpo cobrar vida, sentí los átomos de oxígeno, de nitrógeno… chocar contra ellos; mis pupilas contraídas… – Una suave ráfaga de viento meneó un mechón de cabello e hizo las faldas de su vestido ondularse como el manso mar.

– Vamos adentro, toma las flores, aquí está tu canasto, ¿quieres que las lleve por ti? – Sus gestos se volvieron dulces, como pocas veces.

Ella sólo le sonrió delicadamente y tomó en cuenta el ofrecimiento que le había hecho, le acercó el canasto, ya con las flores en él, Héctor lo tomó y caminaron hacia la única casa un radio de 3 kilómetros.

El reloj marcó las 23:13, Héctor se recostó en el catre, sintió el frío flotando alrededor suyo; Adela se había quedado despierta, él la dejó sentada en la mesa, muy pensativa, después de haberle dado un beso en la frente.

Salió minutos después, se dirigió hacia el pozo, antes de que llegara a éste, se topó con las flores negras anteriormente vistas; ya se aproximaba el último mes y la joven menonita deseaba recoger esas curiosas flores para disecarlas, serían parte de un ramo extravagante en el centro de la mesa, junto con otras flores de tenues colores, pensaba hacer un círculo cromático con el centro formado de estas insólitas florecillas, “la desaparición de la luz”, ese sería el nombre de su pequeña creación, sólo debía cortar sus tallos; sabía del arte de la jardinería, había aprendido de su hermano, igual que ordeñar las vacas, desde que tenía cuatro años, aunque no siempre tuvo el carácter de hace 15 años.

De un bolsillo en su falda obtuvo cautelosa la herramienta para dar el corte, una hoz pequeña cuyo mango empolvado se encontraba, al contrario de la curva plateada, donde lograba satisfactoriamente ver su reflejo pálido y su fugaz espíritu revoloteando en sus dos jaulas cristalinas, de un lado a otro. “¿Con qué así me veo usualmente? Por esas puertecitas no puedes huir, jamás vas a elevarte hacia la luna, seguirás encadenada, incluso cuando estos ojos se cierren… entonces no podrás volver a él…”

Decidida a cortar las florecillas las sostuvo entre sus falanges, sus manos curtidas, llenas de experiencia, repentinamente se debilitaron, comenzó a sentirse mareada, las soltó, se dio un sentón contra el suelo cubierto de hierbas, posteriormente contempló un brillo nacer desde el corazón de las flores, latido a latido, aquel fenómeno provocó la apertura de éstas. ¡Habían brillado! ¿Por qué? Era un resplandor neón, sólo una vez antes había sido espectadora de algo remotamente parecido: cuando cumplió 14 años acompañó a su hermano a la ciudad y por algunas razones, que no llegó a conocer, se quedaron a dormir en ella, fue entonces cuando en un viejo bar observó parpadear las lámparas que indicaban el nombre de éste, luces neón de un rosa que tachó como escandaloso.

Pero ahora era inigualable, plantas que brillaban como esos inventos llamativos que se hallaban en Ciudad locura – Nombre no oficial, otorgado por la adolescente de hace un lustro – sin conocer razón alguna, además se sentía mal con sólo verlas.

Repentinamente se puso nostálgica, sedienta, avanzó al pozo, se hincó en el borde, percibió las gotas de lluvia resbalar por su cabellera, serpentear por su trenza rubicunda y helarle, aún más, los pómulos. Se dispuso a regresar a la casa.

Adela se percató que la lluvia iba a tardar probablemente toda la noche, hasta el amanecer, pensó despertar a Héctor, “la casa es de madera, tendrá goteras en el techo, y la entrada va a acumular barro, tendré que levantarlo.” A 100 metros de la casa, se tropezó, sus botas se cubrieron de espeso lodo al igual que el vestido y sus muñecas; se clavó la hoz en su pierna izquierda, sin embargo no le causó dolor y la retiró con facilidad, alzó la herramienta hacia la luna, para observar con mayor facilidad hasta dónde llegaba la marca de sangre, aunque ésta empezó a resbalar, diluida por el agua, su color resaltaba en el fondo negruzco como una mancha oscura. Segundos después, cuando ella seguía en el suelo, un rayo la alcanzó. Sintió evaporarse.

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