Inmersos en el ajetreo y la rutina diaria a menudo olvidamos valorar las cosas en su justa medida. Por suerte, los niños siempre saben como abrirnos los ojos.

El viaje de un padre y un hijo rico que lo cambió todo

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Un padre muy rico decidió mostrar a su hijo lo que suponía ser pobre llevándolo de viaje a una granja muy humilde. Su objetivo era enseñarle a valorar lo que tenían, y, para ello, pasarían un día y una noche empapándose de la vida rural, del trabajo y sus calamidades.

Al concluir el viaje el padre le preguntó a su hijo.

–  ¿Viste lo pobre que la gente puede llegar a ser?

– Sí papá.

– Y… ¿qué has aprendido?

El niño meditó unos instantes y le respondió:

Vi que nosotros tenemos un perro en casa y ellos tienen cuatro. Nosotros tenemos una piscina de agua estancada y ellos disfrutan de un río que no tiene fin, lleno de peces y plantas bellas. Aprendí que mientras que nosotros importamos lámparas de oriente para alumbrar nuestro jardín, ellos se alumbran con la luz de la luna y un cielo lleno de estrellas. Nosotros tenemos una terraza enorme, pero la suya llega hasta el horizonte.

Nosotros compramos nuestra comida, ellos la cultivan con cariño. Nosotros nos protegemos colocando muros, mientras ellos viven con las puertas abiertas protegidos por la amistad de sus vecinos.

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El padre rico quedó sin repuesta ante las palabras de su hijo, quien mirándole a los ojos ardió:

Gracias por este viaje papá, me has enseñado lo pobres que somos en realidad. 

Hace años que está pequeña historia popular circula por internet, pero su moraleja continúa tan fuerte como el primer día. No olvides valorar las cosas buenas de la vida, rara vez son las más caras.

Publicado en Miscelánea