No es extraño relacionar un embarazo con náuseas y mareos; en realidad es algo muy frecuente que la mayoría de mujeres que esperan bebé sufran de estos síntomas durante las primeras semanas de su embarazo. Sin embargo, hay otro grupo mucho menor en escala, a quienes esta condición se nos complica hasta tornarse grave. 

Cuando las náuseas y vómitos son constantes y siguen aún más allá de los primeros tres meses de gestación, puede volverse una situación delicada. Esta condición se conoce como Hiperémesis Gravídica, y en realidad no es muy conocida.

El siguiente es un pequeño testimonio de lo que atravesé con mis dos embarazos; creo que me hubiese sido útil leer algo así cuando me enfrentaba a algo tan desconocido e inesperado, así que espero que pueda servirle a alguien más. 

Lo inesperado

Las primeras tres o cuatro semanas de embarazo fueron normales, una sensación de que tu cuerpo no es el mismo, que se funde con la emoción de saber que viene un bebé. Luego, un día todo da un giro de 180 grados… En primer lugar, mi sentido del olfato aumentó su capacidad exponencialmente, no solo sentía olores que normalmente pasarían desapercibidos, sino que además ¡no podía soportarlos! Un desodorante ambiental en la casa, o el aroma del champú después de bañarme… provocaba que mi cuerpo se descompusiera y mi estómago reaccionara hasta lo más profundo. Así muchos artículos de uso común -incluyendo la refrigeradora- se volvieron en mi contra durante los siguientes nueve meses. 

Por otro lado, vino un síntoma que jamás hubiera imaginado. Mi boca empezó a salivar sin control, en una cantidad extraordinaria, que por supuesto solo hacía empeorar la náusea. Creo que éste fue el peor de los síntomas que me causó la hiperémesis. No solamente me sentía mal, sino que además me veía súper mal, porque siendo realistas, ¿a quién le gusta ver a una persona que no puede decir tres palabras sin necesitar escupir? Me tocó escupir frente a amigos, compañeros de trabajo, clientes… y por supuesto, todos aquellos desconocidos que te miran extrañados sin saber qué te está pasando.

El primer susto

Mis días empezaban levantándome para correr al baño y ver cómo mi estómago se vaciaba de la poca materia gástrica que tenía. Luego debía literalmente obligarme a comer, pero incluso pensar en comer la mitad de una rodaja de pan era un suplicio, así que mi peso bajó drásticamente esos primeros meses. 

El susto vino el día en que mi estómago no podía detenerse y por más que intenté calmarlo no dejé de vomitar durante horas. Me internaron en el hospital por deshidratación severa y entonces supe el gran riesgo que estábamos corriendo mi bebé y yo. Lo positivo de esta situación es que fue allí en donde me diagnosticaron y pude entonces comprender que no se trataba de una debilidad mía, como lo había creído. 

¿Qué hacer? 

Esta pregunta la hice una y mil veces a mi primer doctor, quien solamente decía: “no puedo creer que aún no se le hayan quitado las náuseas” (¡gran ayuda!). Los primeros tres meses los pasé con la ilusión de que al cuarto ya todo sería más fácil, pero lamentablemente no fue así. Entonces, me di cuenta de que el único tratamiento posible es aguantarlo de la manera más tranquila que sea posible. No hay mucho por hacer, y no te puedes llenar de medicamentos, así que lo mejor es aceptar la condición y tratar de vivir con ella sin pensarlo mucho. Es algo muy difícil, porque sientes que tu cuerpo no responde; sientes que con cada vómito pierdes las pocas fuerzas que te quedan. Todo es incómodo, incluso bañarte puede ser un fastidio, así que no es de extrañar que todo ello repercuta en una depresión. 

Es por ello que es tan importante mantener la mente fija en que todo terminará con un final feliz. Solo debes enfocarte en pasar esta tormenta para poder disfrutar de tu nueva vida como mamá. Personalmente, pensaba “No importa lo mal que yo me sienta, sabiendo que mi bebé está bien” y eso me ayudaba a pasar un día  a la vez.

Si estás trabajando, esto puede ser un gran desafío; solamente enfócate en hacer lo mejor que puedas, pero sin forzarte demasiado, porque al final puedes obtener el resultado contrario. Mientras menos esfuerzo hagas -tanto mental como físico- estarás mejor. Así que aprovecha a delegar cuantas actividades puedas y a seguir siendo efectiva enfocando mejor tus actividades.

En esta situación es probable que hasta se te quiten las ganas de salir, pero haz un esfuerzo por aprovechar esas salidas porque te ayudan a respirar otro aire, a verte con amigos, a celebrar tu embarazo y no solo pensar en la incomodidad que estás pasando.

La luz al final

Así como llegó sin avisar, la terrible incomodidad se fue casi dos semanas antes del nacimiento de mi primera bebé. ¡Al fin pude disfrutar mi embarazo! Aunque sea por unos cuantos días, me di cuenta de lo bonito que es estar esperando a tu primer bebé; pude disfrutar esa increíble emoción por conocerla, los nervios de los últimos preparativos, todo lo que había querido sentir los últimos nueve meses se resumió en esas dos últimas semanas, y valió la pena. Solo entonces pude constatar que esa situación horrible sí terminaría, y que el final sería completamente FELIZ.

La segunda vuelta

Dicen que todos los embarazos son diferentes, y eso esperaba yo con mi segundo… Naturalmente hubo cosas diferentes y cosas similares; ya les contaré los detalles en el siguiente artículo.

Publicado en Familia
Fuentes consultadas:
https://es.wikipedia.org/wiki/Hiper%C3%A9mesis_grav%C3%ADdica