Todo se ha jodido, el planeta está a punto de irse a la mierda. Pasamos años haciendo todo mal. Solo nos tomó algunas décadas para destruirlo, pero en comparación con la vida completa del planeta, es apenas un suspiro.
La ciudad es un caos, como todas las demás. Es imposible poder encontrar algo en las tiendas. Hablo de lo esencial, de la comida, del agua, de la ropa… ya no queda nada. Las calles están semidesiertas, en ruinas; quedan sólo algunas personas saqueando lo que puedan encontrarse en su rapiña. En verdad, estar fuera, se ha convertido en un peligro.
A pesar de ellos, nosotros estábamos aquí, esperando en el Centro de Tecnología Avanzada Espacial, a las afueras de la pequeña oficina, aguardando a que nos dejen pasar. Nos habían citado a las seis de la mañana para recoger nuestros pases de abordar. Somos las últimas personas que saldremos de aquí, dejando esta terrible realidad.
El mundo no pudo parar la contaminación mundial, y los gobiernos, junto con algunos empresarios, idearon un plan… un plan de escape. Se cree que la terraformación de Marte puede ser una realidad, pero llevarla a cabo tardaría muchísimo tiempo, más del que tenemos disponible, sin embargo, es posible. Por lo tanto, se creó un ajuste en la estrategia. Se ha construido una estación espacial orbitando Marte, donde algunos afortunados podremos habitarla mientras esperamos esa trasformación. Es por eso que aguardamos en este sitio, para poder adquirir esos cubículos en la estación.
Irónicamente, mi fortuna se creó a partir de la venta de una marca, la cual, en los últimos años y a raíz de la contaminación, se hizo muy popular. Cada producto en el país quería poseerla, pues vendía bastante bien. “Un producto amigable con el ambiente”, así rezaba la frase, aunque en realidad solo fue una treta mercadológica. Claro que debían cumplir los productos con ciertas especificaciones técnicas, sin embargo, lo que importaba, era el dinero. Esa simple frase hizo que muchísima gente se sintiera cómoda con lo que compraba, liberando su culpa. Pasó poco tiempo para que me convirtiera en millonario, y es lo que me tiene hoy aquí, en esta banca un poco maltrecha por el paso del tiempo y por la misma contaminación que me había hecho rico.
Los hombres que están conmigo son viejos y tienen la mirada un poco apagada. Parecemos un conjunto bastante peculiar, deprimente. Nadie pensaría que somos los hombres más ricos de la ciudad, pero lo somos.
Nuestras ropas son iguales al resto, opacas, con remiendos y sin elegancia. La mañana es fría, por eso es que estamos cubiertos con empalmes, pero, en un par de horas, tendremos que despojarnos de todo lo que traigamos encima, ya que el clima es extremoso y pronto hará calor.
Llegamos unos minutos antes, de uno a la vez. Solo nos vimos, hicimos un pequeño saludo y nos sentamos en la banca. No hablamos y apenas si nos volteamos a ver; tan solo unas pequeñas miradas tímidas y discretas. Aún restan algunos minutos antes de la hora indicada y estamos algo impacientes, y por lo menos, en mi caso, me provoca muchísima ansiedad estar afuera; hace meses que no salía a la calle.
La oficina está frente a una plaza, donde antes había árboles, una fuente y donde, en algún tiempo muy lejano, se podía ver muchísima gente. Ahora, todo está derruido, solitario y lleno de basura. Hay escombros, polvo y suciedad por donde quiera que se mire. La fuente sigue ahí, pintarrajeada y sin agua. La luz del sol se asoma por encima de los edificios altos y el cielo se ilumina en un tenue color gris; no hay nubes, pero la luminosidad del sol apenas si se cuela entre partículas contaminantes.
Mientras observo la triste escena, algo llama mi atención. Frente a nosotros, cerca de la fuente, algo se mueve. Parece que es un pequeño animal; un perro o un gato hurgando la basura, pero mi miopía no me permite tener claridad. Mi curiosidad es mucha, así que veo el reloj y me doy cuenta que aún queda algo de tiempo antes de entrar, por lo que me levanto para satisfacer a mi necesidad por saber. Cruzo la calle, y mientras lo hago, los cinco hombres mayores y deprimentes me observan con intriga, pero mi determinación es mayor que esas miradas inquisitivas. Casi llegando a la fuente camino con cautela; hace años que no veo un gato o perro por ningún lado. Hemos acabado con muchísimas especies en el mundo y, aunque algunos animales domésticos existen, solo los que siguen en las casas, han sobrevivido; pero aquellos desafortunados que fueron echados a la calle, han muerto.
Por fin, mis ojos me han ayudado y puedo ver lo que hay ahí, aunque mi incredulidad me hace dudar. De todo lo que esperaba ver, creíble o increíble, esto ha rebasado completamente a mis expectativas, pero es cierto, ahí está. Una chiquilla de unos siete años juega con una muñeca. Me parece totalmente increíble. Dudo de mí, de mis ojos y hasta de mi cordura. Es una niña de cabello castaño, piel pálida y mejillas coloridas. Lleva un vestido muy lindo color azul y un listón en el cabello. Está descalza, pero para nada se ve como una chiquilla de la calle.
– Hola – le digo, esperando que al momento de hacerlo, desaparezca, como el fantasma que es.
– Hola – me contesta indiferente, sin voltear a verme, pero me contesta. Yo no esperaba que lo hiciera. No hay forma que un niño siguiera aquí.
– ¿Qué haces aquí? Y ¿tus padres, dónde están?
– le estoy dando de comer a Lucy, tenía hambre, así que venimos a buscar algo de comer, pero no encontramos nada. – me dice con una voz clara y suave, como esas niñas de los comerciales que había hace años.
– ¿Quién es Lucy?
– Mi muñeca – me la enseña – di hola Lucy – mueve el brazo de su muñeca en señal de saludo.
– Y ¿tus padres? ¿Estás sola? – insisto
– Aquí es un lugar triste, pensé que sería diferente, pero es triste y solo. Hay poca luz – me dice, ignorando mi pregunta.
– Si, es muy triste. Dime ¿tienes hambre? ¿Quieren comer algo? – estoy atónito, no sé cómo actuar. Si ver a una mascota es algo raro, ver a un niño, y sobre todo en las calles, es casi imposible.
– Lucy tiene hambre – me dice sonriente, amigable.
Me percato que abrieron la puerta, así que tengo que darme prisa si no quiero que me dejen afuera, lo que sería una gran tragedia. – De acuerdo, espérame aquí, tengo que hacer algo antes de irnos, saldré en un momento.
– Muy bien, aquí esperamos – se levantó y tomó a la muñeca en sus brazos. Ella me llega a la cintura.
– Muy bien, regreso en seguida… ¿qué estoy diciendo? Es peligroso estar aquí afuera. No puedes quedarte aquí. Ven, vamos, acompáñame. – le digo, rectificando mi anterior indicación.
Ella me sigue, callada, serena y sonriente. ¿Cómo rayos puede sonreír? Nadie sonreía ahora, no hay nada en este mundo que nos produzca una sonrisa. Le veo de reojo, pues aún me parecía muy sorprendente que esté ahí.
– ¿Cómo te llamas?… yo me llamo Flora – me dice
Me llamo Eduardo – contesto, con una voz hueca, sin emoción
– Bonito nombre… pareces un príncipe –me dice muy simpáticamente
– Claro que no, hace algún tiempo tal vez, pero ahora, no queda nada de mí. Soy una piltrafa de hombre – contesto con desanimo
¿Qué es una piltrafa? – me pregunta con curiosidad, encorvando las cejas.
Ya no le puedo contestar, pues hemos llegado a la oficina. Toco levemente y me abren. El portero nos mira con curiosidad, muy asombrado, aunque no dice nada, solo me pide mi identificación y nos deja pasar. Ya están todos en la sala de espera, con la misma cara apática y tristona. Todos giran la cabeza hacia nosotros con una cara de sorpresa, pero nadie habla.
La sala es amplia, bien iluminada y con un clima agradable. Me quito el abrigo y lo coloco en el respaldo de la silla. Entonces, reparo en la chiquilla; ella solo trae puesto un vestido bastante delgado y no parece tener frío. Le indico que se siente junto a mí. Sigue con su sonrisa, muy linda, abrazando a su muñeca. Por un momento, al verla ahí, me hace sentir contento, aunque sigo con mucha curiosidad. Después de un breve momento, nos indican que podemos pasar.
– Vuelvo enseguida, espérame aquí – le digo, y ella solo asiente con la cabeza.
Nos pasan a una sala más pequeña, con una mesa grande en el centro y sillas alrededor. Nos sentamos a los lados, dejando la cabecera vacía. Frente a la sala, hay una pantalla táctil. Sobre la mesa, nos colocaron unas pequeñas tabletas. Aguardamos en silencio, solo por unos minutos, antes que entre un hombre. Viste de traje muy sobrio y habla muy formal. Es el director del centro, quien viene a informarnos sobre todo el protocolo que seguiremos para poder salir de allí. Entre otras cosas, nos presenta la información técnica del viaje, las dificultades y peligros que asumiríamos, y las indicaciones precisas que tendremos que hacer. Para empezar, ese día, tendremos que quedarnos para hacernos unos chequeos médicos y pruebas físicas para hacer el viaje al espacio, y así, tomar todas las precauciones necesarias, además de detectar cualquier enfermedad contagiosa que pudiera poner en riesgo a la población de la estación espacial. Los acompañantes tendrán que regresar más tarde para hacerse su chequeo. Mañana, regresaremos, ya listo, con todas las posesiones para viajar a la plataforma espacial en California y despegar al día siguiente. Nos indicaron la ruta de viaje, las paradas, las recomendaciones a la hora de ir en la nave y lo que no deberíamos hacer.
Somos los últimos hombres en dejar la tierra. Después de nosotros, nadie lo hará, y el resto de la población en el mundo estarán a merced del planeta, que está despertando y haciéndonos pagar a todos por haberlo contaminado hasta el extremo. Pasaran, a lo mucho, dos años más para que cada hombre y mujer, habitante de ella, mueran. No hay agua potable, el aire está saturado de partículas dañinas, hay regiones enteras con radiación, el clima es extremoso, los animales están empezando a desaparecer, no se puede cultivar nada, los bosques y selvas están a punto de extinguirse, y cada ciudad o población del planeta están saturadas de basura y desperdicios. No hay forma que alguien pueda sobrevivir más de dos años.
Después de darnos toda la información y de contestar nuestras preguntas, pasamos a algo más práctico: nos entregan nuestros pases. Dos de los hombres reciben cinco pases cada uno. Otro más, recibe tres, y el resto, solo recibimos uno. Nos piden resguardarlos muy bien, pues es nuestra única salida de ahí y un extravío seria sentencia de muerte.
Pasamos a otra sala, donde nos practican los exámenes médicos, y los ejercicios físicos. Al cabo de unas horas, todo ha terminado. Todo es realmente confuso. Al acabar, nos indican que tendremos que salir por una puerta distinta a la que habíamos entrado, pues es demasiado peligroso salir por la puerta de enfrente. Me acuerdo de la niña, y antes de salir, regreso a la sala de espera. Vuelvo, pero no hay nadie. Le pregunto al portero por ella, pero no vio salir a nadie. La busco por las habitaciones cercanas, pero no la encuentro. Todos me ven con extrañeza al preguntar por una niña ¿cómo quería que me vieran si pregunto por una niña?
No la encuentro, así que salgo. Afuera hace calor, por lo que me quito también el suéter y la bufanda. Pero, mientras lo hago, escucho una vos tierna saludándome; era la chiquilla. Ahora dudo más de mí.
– Lo siento, me sentí encerrada. – ella sonríe… siempre sonríe.
– ¿Cómo es que supiste que saldría por aquí? – la miro con asombro, sorprendido por todo lo que estaba pasando.
No responde nada, solo se me queda viendo por un breve instante.
– De acuerdo, olvídalo, creo que me estoy volviendo loco. – digo, como hablando para mí mismo. – Sígueme – Todo sigue muy confuso, y estoy resignado a no entender nada.
Había dejado mi vehículo a unas cuadras de ahí, intentando no llamar mucho la atención, pero caminar con una niña a mi lado, de seguro, pondría todos los ojos en mí.
Después de que la contaminación empezó a manifestarse con más presencia en nuestras vidas, empezaron una serie de acontecimientos que iban mermando cada vez más a la humanidad. Aparte de la escasez de los recursos y de la creciente destrucción de nuestro ecosistema, la desesperación empezó a surgir. Atrocidades se comenzaron a realizar, entre ella, la desaparición de los niños en todo el mundo. Al principio se creyó que estaban muriendo, y así fue, eran los más vulnerables con todo esto, pero después, solo desaparecían. Se cree que el crimen organizado los estaba secuestrando, aunque no se pudo comprobar nada. El caos empezaba a reinar en el mundo, y los gobiernos centraron sus esfuerzos en construir la estación espacial, y se olvidaron del tema. Muchos dejaron de llevar a los niños a lugares públicos y los resguardaron en sus casas o en lugares secretos para protegerlos. También se piensa, que en secreto, los gobiernos empezaron a mandarlos al espacio con el fin de perpetuar la especie. Al poco tiempo, la existencia de los niños era más un rumor que una realidad. Ya no se veían niños por ningún lado y nadie declaraba abiertamente que tenía hijos. Era muy peligroso para ellos. Creo que al final, todo se conjugó, la muerte de algunos por la contaminación, el secuestro de otros tantos, el envío de otros al espacio y el pánico, encerrándolos en sus lugares secretos. No digo que no haya niños, pero su existencia es un secreto muy profundo. Hace años, en verdad, hace años que no veo a ninguno. Por eso, el ver a esta chiquilla aquí, me sorprende.
Nunca he sido afín a ellos, ni cuando yo era niño, todas sus tonterías me parecían una pérdida de tiempo. Tuve muchas novias, parejas con quien me relacioné profundamente, incluso antes de que el planeta empezara a colapsar, pero, en cuanto mencionaban algo de tener hijo, yo salía huyendo. No tenía tiempo para tener una familia. Cuando todo esto de los niños empezó a surgir, ya nadie quería tener familia, ya no había nadie dispuesto a tenerlos, quizás por el pánico de verlos desaparecer de sus vidas sin aviso, llevándose con ellos las ganas de vivir. Ahora todo mundo se centra en sí mismo, en su propia supervivencia.
Hace poco me empezó a surgir el deseo de tener hijos, pero creo que fue por la sensación de soledad que siento a veces. Cuando mi madre murió, me sentí muy vacío. Mi casa es gigantesca y, solo yo la disfruto… o la padezco, dependiendo del día.
Mientras vamos al vehículo, el sol insoportable nos acecha y desgasta con cada paso que damos. Yo sudo frenéticamente, pero la chiquilla, esa niña sonriente, a ella, no le parece afectar. Camina plácidamente, con pasos juguetones; divertida e indiferente a la desolación que vivimos ahora. Su muñeca de trapo sonríe al igual que ella. Es una muñeca colorida, con mechones en negro y un vestido de arcoíris. Sus brazos y piernas se agitan y rebotan en el regazo de su dueña, como bailando, indiferente a todo lo que pasa, igual que la persona que la trae en brazos.
Durante el camino, no hablamos mucho; no tengo ánimo. Caminar esas cuadras me dejó exhausto. Tampoco lo hacemos en el vehículo, pero no hay una atmosfera de incomodidad.
Llegamos a la casa, a mi mansión deplorable, a mi muy estúpida e inerte mansión. Está rodeada por una barda aun en pie, que me separa del resto de la gente, encerrándome y protegiéndome del mundo. Antes había unos árboles custodiando mi entrada, pero ahora, solo hay un recuerdo en mi cabeza. Es una casa no muy diferente a las demás, hecha de ladrillos y cemento, con un color desgastado en ella; llena de tierra y polvo.
Dentro, la cosa cambia un poco. Hay muebles caros y modernos, aparatos electrónicos que hacen las tareas por mí, pequeños robots y asistentes domésticos inanimados que me cuidan y me consienten.
Cuando entro le hablo a Richard, pero no responde.
– Richard –insisto
– ¿Quién es Richard? Parece que aquí no hay nada con vida – me dice Flora muy curiosamente
La miro de nuevo con extrañeza, pero la ignoro de inmediato; ya me estoy acostumbrando a lo peculiar de su personalidad – Richard es mi asistente principal, la única cosa que hace de mis días menos funestos. Tiene una programación que le permite tener charlas similares a las humanas, y posee gran cantidad de conocimiento en su memoria. – le contesto
– ¡Richard! ¡Richard! – mientras le grito, camino por toda la casa buscándolo. Lo encuentro en mi dormitorio, recargando sus baterías.
– ¿Qué hace? – me pregunta Flora.
– Carga sus baterías, pronto haremos una viaje largo y necesita tener su energía completa para funcionar más tiempo. – le hablo a la niña como si entendiera lo que digo. Después veo sus gestos y comprendo que no supo de qué estaba hablando. – Vamos por algo de comer, después te explico.
Lo único que tengo en la cocina es la comida de supervivencia, así que saco algo de pasta sintética y zumo de frutas artificial enriquecida con vitaminas y minerales. Preparo la pasta en el horno instantáneo y le sirvo la comida a Flora. Ella lo ve, lo huele, lo prueba, lo ve de nuevo y hace muecas.
– ¿Qué es esto? – pregunta muy espontáneamente
– Es comida: un poco de pasta y algo de jugo… ¿no la habías probado antes?
– No… ¿tendrás una manzana, o una naranja? – me sonríe con toda la boca, mostrando sus dientes blanco y parejos. Realmente es muy peculiar.
-No –ahora, el de la negativa soy yo – hace mucho tiempo que no tenemos nada de eso –dije un poco desanimado
– No te preocupes, en verdad no tengo hambre – me dice muy complaciente
Me siento un poco incómodo, decepcionado de mí por no tener comida decente, pero es normal en ese tiempo, además, ya es lo última de mi reserva.
No sé qué hacer con una niña, nunca había convivido de cerca con una, aun de pequeño, pues siempre me causaron algo de miedo, y no fue hasta después de mi adolescencia que tuve el valor para hablar con una chica.
Ella me mira pacientemente, pero nota mi incapacidad para comunicarme con los niños y empieza a caminar por la casa. Observa todo con curiosidad, como si todo fuera nuevo para ella. La muñeca de trapo es arrastrada, colgando del brazo de Flora, siguiendo a su compinche de juegos cual escolta fiel.
– ¿A dónde vas a ir? – me pregunta de pronto
– ¿Disculpa?
– Dijiste que Richard cargaba sus baterías porque harían un viaje ¿a dónde viajarán? – Su pregunta me incomoda. Me siento culpable por decir que saldré corriendo del planeta para no morir, y ella tendría que quedarse aquí para enfrentar la realidad.
– Aun lugar muy lejano de aquí, es urgente que me vaya – le digo al fin, sin explicar mucho, aunque temo que seguirá preguntando.
Para mi sorpresa ella no me dice nada más y continua explorando la casa. Yo la observo mientras anda por ahí, alegre y simpática, con una actitud curiosa, mirándolo todo. Se detiene en el librero, donde tengo fotografías viejas de mi familia, bueno, la de mis padres y yo. Las observa con cuidado, casi analizándolas. Entrecierra los ojos y mira con detenimiento. Toma una y después otra, y hace lo mismo. Entre foto y foto voltea a verme y guarda silencio. A veces ríe mientras las ve.
– Podrías ser un príncipe de las hadas… eres muy guapo – su voz me alcanza en lo más profundo de mi ser, y de alguna forma, me hace sonreír. Yo no hago nada más que sonrojarme. Cuanta gracia tiene una niña con su imaginación, con esa naturalidad fantástica de soñar despierta.
– Flora, puedes quedarte aquí, si quieres. – le digo muy serio. – podrás comer lo que quieras, cubrirte del frio y dormir muy segura. Más tarde, cuando despierte Richard, le diré que se quede contigo para protegerte y te haga compañía.
– Tengo que regresar, no podré quedarme mucho tiempo – y su cara se entristeció. Por primera vez en ese corto tiempo vi su rostro triste, con los ojos fijos, su mirada gacha, las manos a su costado, su seño levemente fruncido y su inexpresividad.
– y a ¿dónde vas a ir? No debes estar en las calles. Si tienes familia pueden vivir aquí. Estarán a salvo. – le digo casi suplicante, aunque sabía que solo estarían seguros un corto tiempo.
– No te preocupes por mí, estaré bien. Solo que me hubiera gustado estar más tiempo contigo. Eres una persona muy agradable y simpática.
– A mí también me hubiera gustado compartir más tiempo contigo. Sabes, alguna vez pensé que tener hijos sería una molestia, pero, con el paso del tiempo, me he dado cuenta que tomé una muy mala decisión. – Veo su rostro tierno, con una gracia escondida en su sonrisa, con su cabello rizado y esponjado, veo esos ojos expresivos y transparentes que translucen su estado de ánimo instantáneamente; al verla me anima, me alegra y me motiva a vivir, no solo en sobrevivir, sino en querer tener una vida mejor – Eres una niña muy simpática y aunque no conozco nada de ti, me dan ganas de protegerte. Ningún niño jamás debería sufrir.
Mientras sigue explorando se topa con un pequeño robot limpiador, una pequeña unidad que anda por todos lados recogiendo la basura y limpiando la casa continuamente, casi como un juego. Lo ve, lopersigue y juega con él.
Es una chiquilla muy simpática, con una sonrisa que se escapa a menudo por la fascinación que le provoca casi todas las cosas. Tiene una luz muy especial y la proyecta a todo ser humano que la rodea.
– ¡Buenas tardes señor! Ya estoy de nuevo activo para su servicio. – es Richard que nos saluda con su voz metálica. A pesar que sus sintetizadores simulan una voz humana casi perfecta, aun se nota la diferencia.
– ¡Hola Richard! quiero presentarte a Flora, será nuestra invitada. Quiero que la trates como si fuera tu dueña, de la misma manera que a mí.
– Entendido señor- se dirige a la chiquilla que lo veía con asombro – ¡buenas tardes señorita Flora! Estoy a sus servicios. ¿Hay algo en que pueda ayudarla en estos momentos?
– ¡Muchas gracias Richard! Por ahora no hay nada que necesite – le dice mientras le sonríe muy cortésmente.
Mientras veo a aquellos dos, es inevitable pensar sobre el futuro de la niña. De alguna forma me siento responsable de lo que está pasando. Soy uno de los millones de persona que pusimos al planeta en tal predicamento, y por lo tanto, soy responsable directo de la muerte de la niña. Que injusto es la vida, púes nosotros que tuvimos el dinero para pagar nuestra salvación somos quienes más contaminamos y quien más culpa tenemos. Ella es solo una niña, y que de vivir en otro tiempo o lugar, tendría una vida por delante. ¿Qué he hecho yo con la mía?
– Flora, quiero pedirte algo, pero necesito que aceptes mi propuesta sin poner ningún pretexto… Anda, promete que dirás que sí. – Interrumpe la charla que empezó a tener con Richard y voltea a verme con una mirada de resignación. Quizás sabe lo que estaba a punto de proponerle.
– No deberías hacer eso, yo estaré bien
Suena muy convincente, a tal grado, que pienso, por un momento, no decirle nada, pero no hay otra opción. Soy parte del problema y debo pagar las consecuencias de mis actos.
– quiero que vayas al viaje en mi lugar… necesito que me digas que sí. No tienes que hacer nada, solo aceptar – sé lo que va a contestarme, así que insisto – Tienes que ir, me harías un gran favor. Incluso puedes llevar a tu muñeca. No te preocupes de nada, Richard Cuidará de ti.
– Si eso te hace feliz.
– Si, mucho, en verdad
– Muy bien, iré.
Al escuchar eso me siento aliviado, como si toda la culpa que sentí en el mismo instante que vi aquella niña, desapareció. Ese sentimiento era mayor a sentir el peso de morir en pocos años, pero quien sabe, quizás podría sobrevivir ahí un poco más. De alguna forma podría adaptarme y permanecer en este lugar que hemos modificado y que, de a poco, hemos destruido.
– muy bien Flora. Richard, ve a la casa de los Leyva a buscarle ropa, ellos tenían una hija que creo que era de la misma edad que Flora, quizás encuentres algo para que se lleve al viaje. Cuando se fueron me dejaron las la llave y la clave para entrar a su casa. La encontraras en el escritorio del estudio.
Richard nos abandona y solo quedamos ella y yo en la estancia.
– Flora, dime ¿tus padres no estarán preocupados si no te ven donde te dejaron? –
– no – es un simple no, llano, apagado… pero agrega – solo tengo a Lucy
Me siento triste al escucharla, aunque ella sigue sonriendo. En verdad no lo comprendo, y tengo miedo de preguntar porque es que sonríe. Temo que al hacerlo, recuerde que no hay propósito y termine por dejar de sonreír. Además su futuro pronto cambiará.
Llegada la noche, tenemos todo lo que necesita para el viaje. Richard encontró bastante ropa con los Leyva y tiene varios cambios. También le pusimos algo de comida para el camino y algunos artículos personales de higiene. Es probable que la pequeña no se haya bañado en mucho tiempo, pero no parece que esté sucia, ni huela mal, pero aun así le ofrezco el baño para que se aseé.
Mientras lo hace me pongo a pensar en todo los detalles. En el pase de abordar, en la comida, el vestido, el abrigo, incluso hasta las medicinas.De pronto recuerdo algo, he olvidado los exámenes médicos y el chequeo físico. Es muy tarde para que esté alguien en la oficina aun, además el toque de queda no nos permitiría llegar hasta allá. Espero que en la mañana pueda resolver ese problema. Pero me quedo intranquilo.
Más tarde, ella duerme en mi cuarto mientras yo regreso a la sala de estar y trato de descansar un rato, pero me es imposible. No aparto de mi mente del trágico error. ¿Qué haré si no quieren recibirla? Esa pregunta y otras más no me dejan dormir. Me siento en el sillón, me levanto, camino y busco comida sin encontrar nada. Imagino ciento de posibilidades, pero todas son absurdas e imaginativas. Me siento frustrado, amargado y desesperado. La mañana llega sin darme cuenta y mis ojeras se hacen visibles. La pequeña se ha levantado ya; es momento de ir a enfrentar la situación.
Subimos al auto para ir a la cita.
En el camino voy disperso, ausente, nervioso. Mi mirada está en todo y nada. Es como si estuviera, al mismo tiempo. presente y no. Escucho voces, risa y hasta música de fondo, pero a nada pongo atención. Llegamos al lugar y ya está todo ahí.
– no bajen nada – esperen un momento.
Salgo del auto, camino sin titubeos y muy recto. Busco al encargado y veo que es el director del centro quien está al mando. Me ve, me sonríe y me saluda. Devuelvo el saludo como si todo estuviera normal. Le indico que si puede acercarse y lo hace. Le hablo al oído, despacio. Mi cara tiene una expresión de angustia, de rigidez. Las manos me suda, y la voz se me entre corta. Empiezo a temblar y no es por el frío. El me escucha atentamente sin decir nada, solo asiente tranquilamente y al final de toda mi explicación me dice que espere un momento. Se va a la oficina, y lo pierdo de vista. Volteo hacia el auto y sonrío muy forzadamente a Flora. El director regresa y me da la respuesta. Voy de nuevo al auto, subo a él pero no enciendo el motor.
– Flora, lo siento, cometí un tremendo error – mi voz es fría y distante – debí haberte traído ayer para el chequeo médico y lo olvidé por completo. Sin él no es posible que puedas viajar, no pueden arriesgarse a llevar a alguien enfermo, sería un gran problema si enfermaras a toda la población de la estación espacial. – una lágrima se escurre de mis pupilas, colándose entre las pestañas que no logran retener su caída. Mis manos están fijas en el volante. Mi mirada al frente sin tener el valor de voltear a ver a Flora. Muero por dentro, junto con el futuro de aquella niña. –me quedaré contigo… me quedaré a tu lado todo lo que sea necesario… hasta morir juntos.
– todo estará bien, no importa, en verdad – escucho que me dice.
Parece que sigue sin entender lo que pasará. La he sentenciado a muerte dos veces. Tras la primera lágrima, otras más se suman a la desolación de mi pena. No siento las manos y me hormiguea el pecho. Mi boca se seca y el temblor no pasa. No temo a la muerte, por lo menos no a la mia propia, sino me mata en vida la muerte de aquella niña.
– Todo estará bien – me repite – vamos si quieres a mi casa, ahí podrás descansar.
Trato de calmarme ante aquella niña tan valiente. Aun no le he visto pero estoy seguro que sonríe… siempre sonríe.
Al paso de unos minutos me he controlado y recupero la compostura, aunque no el ánimo. Siento su mano pequeña, cálida y suave en mi hombro.
– vamos a mi casa, yo cuidaré de ti – me dice.
Al escucharla me alienta. No puedo yo perder la esperanza cando ella está en todo momento feliz. De alguna forma sé que todo estará bien. Siento como si tuviera más esperanza a su lado que saliendo del planeta. La veo por el retrovisor y confirmo lo que ya sabía, su rostro brilla, es limpio, pura, claro y alegre. Su faz consuela.
– vamos… vamos a tu casa – Pensé que no tenía hogar, pero de donde venía si no.
Enciendo el auto y sigo sus instrucciones. Viajamos por la carretera al oriente, fuera de la ciudad. Dejamos la urbe y la masa de construcción. Nos adentramos a la nada, a lo desconocido y a lo olvidado. Viajamos un par de horas hasta el pie de una colina. Todo alrededor está muerto, gris, al igual que en la ciudad. Nada cambia, solo el lugar, de la ciudad al campo, pero todo está muerto. Salimos de la carretera y seguimos por un camino de terracería. Aunque es media tarde parece que ya fuera a oscurecer. Nos topamos con una extraña cueva enmarcada por un par de árboles muertos, retorcidos y entrelazados. Hacen la forma de un portal.
Bajamos y me acerco con curiosidad. Richard, claro está, no tiene emoción alguna. En cambio la niña, Flora, ella, está emocionada, casi febril. Sale corriendo hacia los árboles y nos hace señas con la mano para que apresuremos al paso. Ella contrasta con el paisaje, que es deprimente, desolado y tétrico. Es como una pequeña estrella en medio del universo infinito. En realidad no puedo entender cómo es que ha sobrevivido aquí. El aire se vuelve más pesado, cuesta respirar con libertad. Sigue agitando su mano con alegría, ya quiere que lleguemos ahí.
Toda mi angustia ha desaparecido, mas bien, está oculta baja la curiosidad de saber más sobre aquella niña. Tal vez es resignación, pues no hay manera que podamos escapar de una muerte segura y dolorosa. Todo eso me hace recordar a mi madre, y la forma en que murió. El cáncer de pulmón era un mal frecuente, pero, vivirlo de cerca, es verdaderamente agónico.
Flora no puede esperar más y cruza entre los árboles. La pierdo de vista bajo la oscuridad de la cueva. Parece que la nada se la comió, devorada compasivamente por la noche.
Delante de la cueva la oscuridad me ciega, ni mis propias manos puedo ver. Le halo a Richard para que apure el paso. Los espero y le grito a Flora, pero no contesta. Llega Richard y decidimos entrar.
Camino a tientas, cuidando cada paso. No sé si tengo los ojos abiertos o no, pues no hay diferencia. Sigo gritándole a Flora, y sigue sin contestarme. De pronto, la ceguera por la oscuridad termina, dejando lugar a mi ceguera por el resplandor.
De la nada una luz ocupa todo el espacio. El aire se hace ligero y agradable y una sensación de calor toca mi cuerpo. Poco a poco vuelve mi visión y algo aún más sorprendente que ver a una niña me asalta. Estamos en medio de abierto. Lleno de luz, de aire limpio, de naturaleza y de un calor agradable. Hay animales de granja y silvestre en todos lados. Las montañas están llenas de flores y árboles frondosos. Un río recorre el campo y fluyendo hasta lo que se ve percibe como una aldea pintoresca. Hay animales cruzando el cielo, sonidos silvestres y vida por todos lados. Es otro mundo, otra realidad, algo que nunca había visto en mi vida. Incluso antes de que todo muriera por la contaminación jamás vi algo igual.
Flora está frente a mí, aún más radiante que ante, con una sonrisa dulce y amable. Sus ojos están llenos de dicha y no hay dolor alguno en ella. Junto a ella hay algo que me sorprende mucho más que lo demás, hay niños, ciento o miles de niños. No lo puedo creer, estoy fuera de mí.
Flora se acerca con prudencia y extiende su mano. Tama la mía y me conduce hacia los otros niños. Todos me rodean y sonríen mientras ella me dice:
¡Bienvenido a mi casa! –
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