Vienen y van las palabras como segundos del reloj, tu mirada perdida me invita a callar y deambulo entre pensamientos bulliciosos. Mis gritos se pierden en el camino hacia mis labios, mientras observo como una lágrima resbala por tu mejilla de porcelana y reposa en tus labios rosas. Sin saber cómo seguir agacho el rostro, aprieto muy fuerte los puños y golpeo mis rodillas con estos. Te asustas pero te acercas más, te apoyas en mi hombro y me robas un beso asesino, matando mi ira, mi frustración y mi desdicha. Siempre he disfrutado de tus besos sabor a miel, o quizás a canela, puede ser a fresa… en fin, dulces besos; pero en esta ocasión tus labios llevaban Cicuta, o tal vez Ricina. Cuando tus labios se despegaron de los míos, haciendo el particular sonido tan nuestro, invadieron mi mente imágenes tan crueles, tan nocivas para mi alma, como el verte desnuda junto a otro hombre, escucharte volviéndote diosa junto a un ser tan mundano y ordinario… Solo quise pararme e irme, pero mis pies no se podían despegar del suelo, mi alma me había abandonado, mi corazón dejó de latir y mi cerebro se echó a correr. Fue en ese momento que te besé con todas mis fuerzas, derramando lágrimas, resignándome a quererte una vez más para siempre como nunca.

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