Poder ver las estrellas, para Albert T55, quien era un androide de servicio doméstico del tipo T, se había convertido en una meta inaplazable.

Al comienzo de su ensamblaje, cuando los primeros datos se ingresaron y sus programas de autoconciencia y aprendizaje por experiencia fueron instalados, solo tenía conocimientos escasos al respecto, proporcionados por la directriz primaria instalada en su memoria de largo plazo. En ella, mencionaba que las estrellas eran unas luces que se encontraban sobre las nubes de contaminación que había las ciudades y que, por tal motivo, era bastante raro que alguien pudiera verlas, por lo que su existencia era más un mito que algo certero.

La casi nula información se debía a que algunos años atrás, después del segundo resurgimiento, la ciencia y la tecnológica fue priorizadas, por lo que todo conocimiento que no fuera práctico en el mundo fue descartado y almacenado en archivos. Así que se dejó de destinar recursos para ello, y no se investigó más al respecto. La pulgación científica espacial se redujo drásticamente, por lo que la humanidad poco a poco dejó atrás la astronomía.

No obstante, a pesar de aquello, Albert tuvo su primer contacto con ellas cuando fue adquirido para auxiliar a un anciano en la Antigua Ciudad Central. El anciano se llamaba Nicolás. Vivía solo, por lo que le era necesario ayuda para sus actividades diarias. Los doctores le habían dicho que debía permanecer en cama si quería vivir muchos años más, pero el señor Nicolás se rehusaba a quedarse quieto. Decía que de nada serviría la vida si no podía disfrutarla realmente.

La llegada de T55 fue un momento de celebración, pues, por fin, después de muchos años de estar imposibilitado para salir de casa, podría visitar otros lugares. Aunque, por la contaminación, un paseo podría resultar muy peligroso.

Su primer encuentro fue extraño. El señor Nicolás había visto el modelo T en un comercial de televisión un par de años atrás. Pero cuando llegó Albert creyó que aquella maquina era demasiada humana para su gusto, por lo que le tomó algo de tiempo acostumbrarse a su presencia. Aunque terminó por aceptarlo.

Para Albert, ver la cara del señor Nicolás fue especialmente inolvidable. Era el primer ser viviente que veía. Cuando despertó, unos ojos lo examinaban con detenimiento. Era un señor ya mayor con la piel arrugada, los parpados caídos, la dentadura incompleta y el cabello escaso. Hablaba con un leve siseo y un acento un tanto peculiar.

—¡Vaya cacharro que eres! —dijo con enfado—. Espero que seas útil para algo.

T55, como le nombraba Nicolás, pasaba los días ayudando al anciano en sus labores diarias, pero mantenía una cierta distancia con él. En aquel tiempo, Nicolás aún tenía cierto recelo con su presencia. Hablaban poco y apenas si hacían contacto visual. Para Nicolás, Albert no era más que una maquina cualquiera.

Unos días después de su llegada, por casualidad, se topó con una pintura que estaba guardada en el desván. Era una representación bastante fiel de la Vía láctea. A Albert le parecía impresionantemente hermosa, llena de luces, de colores, de contraste y con una vida propia.

Al principio no sabía lo que era, pero lo sospechaba. No había nada en sus datos que pudiera decirle que era aquella magnifica cosa. ¿Acaso será las estrellas? El androide volvía cada noche al desván para ver la pintura, que medía un metro y medio de alto, por dos metros de largo. Era una cosa maravillosa, sublime. A él le gustaba observarla, llenarse de información. Una noche se propuso contar todos los puntos de la pintura y llegó a contar hasta dos mil quinientas luces.

¿Sería posible que aquello fuera real?

Pasaron los meses y él continuaba visitando la pintura por las noches, intentando descifrar su misterio. No podía faltar a la cita. Hasta que una noche, el señor Nicolás lo llamó pues había tenido un ataque de tos repentino, pero Albert no respondió. Pasado el ataque, el señor Nicolás fue a buscar al cacharro a su bodega de almacenamiento que se encontraba justo a un lado de su habitación. T55 no estaba ahí. Lo buscó por toda la casa, intrigado por su desaparición. Al fin pudo encontrarlo. Albert T55 contemplaba la pintura de la vía láctea. Casi parecía humano.

—Fue un regalo —dijo Nicolás acercándose muy despacio—. Es hermosa, lo sé. Había olvidado que estaba aquí.

—Lamento despertarlo, Señor. Regresaré a mi cuarto de almacenaje —Albert giro hacia la puerta y precedió a salir.

—¡Espera! —El señor Nicolás lo detuvo—, puedes quedarte un rato más.

—¡Gracias! —Giró de nuevo a la pintura y continuó observándola, como si estuviera solo.
-¿Sabes qué es? Se llama Vía Láctea. Es una Galaxia, un cumulo de estrellas. Ahí vivimos, entre todas esas luces.

—¿Qué son las estrellas, Señor Nicolás?

—Son soles. Gigantes gaseosos que se consumen lentamente otorgando energía a los planetas. Les dan luz y calor. Nuestro sol, aunque parece enrome, es solo una Enana Roja. Es diminuta comparada con las gigantes que hay allá afuera. —Señaló al cielo—. Es un espectáculo grandioso de ver. Lástima que ahora no es posible verlas. Cuando era joven, no hacia otra cosa. Las noches eran lo mejor de la vida, y más cuando el cielo estaba despejado, no había contaminación y estaba en el campo. Yo era un astrónomo. Estudiaba Y observaba el espacio.

El señor Nicolás le contó todo lo que sabía del espacio, las estrellas, las galaxias y los fenómenos astronómicos. Albert T55 escuchó fascinado cada palabra del anciano. Sus palabras eran oro y estaban llenas de conocimiento. Cada día volvían ahí, a ver el cuadro y a llenarse de historias y anécdotas, de datos y de información valiosa.

Todo aquello hizo que Albert deseara con más fuerza el querer ver las estrellas con sus propios ojos. Aunque también hizo más estrecha la relación con el viejo. Nicolás empezó a llamarlo Albert y dejó atrás el T55, pues lo sentía más cercano. Había días que viajaban a las ruinas del observatorio espacial para encontrar más información sobre ellas, pero aquello estaba derruido y poco podían rescatar.

Pasaron algunos años y la relación entre Señor y androide se estrechó muchísimo. Para Nicolás, Albert era su único contacto de vida. Lo hacía sentir útil, querido y respetado. Para Albert, el anciano era su mentor, su protector y su amigo.

Una tarde de verano, el señor Nicolás entró al cuarto de la pintura donde Albert ya lo esperaba. Bajo el brazo traía un cuaderno que enseguida entregó al androide.

—Encontré mi viejo libro de notas. —le dijo el anciano al que se le notaba cierta nostalgia en la voz—. Cerca del final del cuaderno encontrarás una lista muy interesante: Son los cuarenta y siete lugares donde mejor se puede ver la Vía láctea. Una vez pensé recorrer el mundo visitándolos. Creo que te servirá. Encontrarás, en la libreta, toda la información para poder llegar ahí.

Albert no podía comprender lo que el señor Nicolás le quería decir. Pese a su gran inteligencia, aun no podía entender algunas expresiones humanas.

—Es mejor que te vayas ya, tienes mucho camino por recorrer.

—No comprendo lo que quiere decir – indicó el androide—. No puedo irme, debo cumplir con mi propósito. Estoy a su servicio y debo asistirlo.

—Te libero de esa obligación. Anda, ¡vete! recorre el mundo. Hazlo por mí. Encuentra esos lugares y observa lo maravilloso que son las estrellas.

El androide se levantó, salió de la habitación y no regresó jamás.
Para Albert T55, ver las estrellas se había convertido en una meta inaplazable.

Publicado en Relatos