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Anna Coleman: la mujer que devolvió sus rostros a los soldados desfigurados de la I Guerra Mundial

Es de sobra conocido que la Primera Guerra Mundial se cobró la vida de millones de soldados y civiles. Y a nadie le parecerá raro imaginar que muchos de sus supervivientes quedaron mutilados de por vida debido al conflicto.

Sin embargo, no todos saben que hubo una buena parte de afectados que se vieron abocados a vivir con cicatrices tremendamente difíciles de superar. Se trata de aquellos que durante el combate o como víctimas de ataques vieron sus rostros desfigurados hasta el punto de no reconocerse.

Muchos de los afectados por heridas en la cara pudieron recurrir a cirugías de reconstrucción con más o menos éxito, pero la medicina tenía sus limitaciones, y la mayoría de ellos quedaron desfigurados para siempre. El daño físico se unía al psicológico revelando un profundo miedo mirarse a si mismos y, sobre todo, a volver a casa, donde no sabían cómo reaccionarían sus familias.

Pero como casi siempre, cuando hay un problema aparece alguien dispuesto a solucionarlo, y ese es el caso de una artista que decidió aportar su granito de arena para llegar allí donde los cirujanos no podían.

Es escultor inglés Derwent Wood fue el pionero creador de prótesis faciales que se usaban para ayudar a los soldados británicos desfigurados a recuperar su confianza

Cuando Anna Coleman -una reconocida escultora estadounidense- conoció su trabajo, supo que podía aportar mucho gracias a sus habilidades, así que decidió establecer su estudio de prótesis en París con el objetivo de crear máscaras para los soldados franceses

Lo primero que hacía Anna era crear un molde sobre la cara desfigurada del soldado

Después, gracias a entrevistas y fotografías, la escultora recreaba el rostro del herido hasta que este se reconocía

Con este boceto, Coleman pasaba a la siguiente fase: la creación de una versión de gutapercha (un tipo de látex). El resultado era llevado a una planta de galvanizado, donde se sumergía en un baño de cobre para crear la máscara final

Una vez creada la prótesis en cobre, Anna se reunía con el paciente para colocarla y pintarla










Como toda mujer de la época, Coleman tuvo que pedir permiso a su marido -un pediatra que trabajaba en París- para que con su influencia consiguiese la licencia de La Cruz Roja Americana para crear su estudio

Si no hubiese tenido “la suerte” de estar casada con un médico, poco habrían importado sus habilidades, y su trabajo no habría ayudado a cientos de personas

La mayor parte de lo recaudado por el estudio de Anna Coleman era donado

Cuando terminó la guerra, la Cruz Roja no pudo seguir financiando el estudio de la escultora, y ella volvió a Bostón donde continuó su carrera como artista

En 1932, el gobierno francés concedió a Anna Coleman la cruz de Caballero de la Legión de Honor

Aquí dejamos un vídeo donde se ve a la escultora en acción:

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