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“¡Tu perfecto desorden!” o la carta de un padre que te alegrará leer si tienes hijos

Tarde o temprano, todos los padres debemos hacer frente al temido momento en el que los nuestros hijos se marcharán de casa para comenzar sus propias vidas. Algo que se conoce como el síndrome del nido vacío, y es mucho más común de lo que pensamos. 

Y es que puede que, después de su partida, por fin consigamos tener la casa ordenada, hacer solo una comida o menos toneladas de ropa que planchar. Sin embargo, la casa se queda tan vacía y perdida que es lógico que a veces nos sintamos solos y perdidos.

Recientemente nos hemos topado con un texto maravillo que describe esta situación mediante una serie de metáforas y ejemplos del día a día que, sin duda, si eres padre te llegará al corazón. 

Tu perfecto desorden” es un artículo escrito y publicado originalmente por Pedro Simón a través del diario Mundo allá en 2014, pero que no ha dejado de circular por las redes desde entonces, ya que ejemplifica perfectamente una situación con la que muchos padres y madres se sienten identificados. 

Dice así:

Te tropiezas con un balón de espuma y encuentras un muñeco bajo el sofá. Giras el grifo del lavabo y descubres que anida un pato de goma. Abres la sandwichera y ahí están, achicharrados, tres cromos del Osasuna.
A veces maldigo este caos de casa tumultuosa con niños. Pero sé que algún día maldeciré todo el orden a solas que vendrá después.
Vuestros libros ordenados, pero sin ser abiertos. Vuestras camas hechas, pero frías. Los platos pulcramente recogidos en la alacena, pero sin nadie con quien comer.
Tener hijos y salir a la calle es como llegar a la ceremonia de los Oscar de sobrado con dos estatuillas bajo el brazo, una hora antes de que empiece la entrega de premios: sabes que te los has ganado seguro.
Tener hijos es pisar la acera a las ocho y media con toda la gimnasia hecha: los abdominales del estrés, las flexiones del ‘no se puede’, el pilates del ‘haz lo que debes’, el yoga del ‘aprovecha el tiempo’, los lumbares de la desobediencia y de la sinrazón. En tan solo media hora, mientras te aseas. Así que cuando sales al mundo adulto ya no te acojona nada y todo te preocupa lo justo.
Para convención popular, la que montas un domingo lluvioso en casa con los amigos de tus hijos.
Para dimisión irrevocable, la que te presentan cada día que les pones verduras.
Para exclusiva, la de que el pequeño tiene otra novia y no hace declaraciones.
Para ‘share’, la audiencia que os da mamá durante le cena, siempre con un cuento delante.
Para traición, la mía, que nunca estoy; la vuestra, que habéis preferido la Play a las chapas.
Para problemas laborales, los que me da esa ortografía en huelga y sin servicios mínimos.
Para inflación, la de los besos de Martín, que cada vez los vende más caros.
Para crisis, la que acontece cuando se acaba el verano.
Me
lo enseñó una tarde mi abuela, que lo llevaba escrito en un marcapáginas y leía una novela de Capote, eso de que los legados más importantes que los padres y las madres pueden dejarles a sus hijos son dos: uno son las raíces; el otro, las alas.
Algún día regresaré a casa tarde a causa del trabajo (o de la falta del mismo). Abriré la puerta del salón y todo estará en orden. Será que habéis volado, vaya. Entonces echaré en falta la felicidad que era este perfecto desorden.

¿Qué te ha parecido? Si crees que estás sufriendo actualmente por el síndrome del nido vacío, puede que lo que hizo esta señora tras quedarse sola te sirva como inspiración para encontrar tu camino a partir de ahora. 

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