El hombre que metió la cabeza dentro de un acelerador de partículas

Publicado 26 febrero, 2020 por Javier Escribano
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¿Alguna vez te has preguntado qué ocurriría si metiéramos la cabeza en un acelerador de partículas? Probablemente no, ni tú ni nadie nunca. Pero es exactamente lo que le pasó a Anatoli Bugorski, un científico ruso que realizaba su tesis doctoral en el Instituto de Física de Alta Energía de Protvino, que contaba por entonces con el mayor acelerador de partículas de la Unión Soviética. Estas instalaciones impulsan partículas a gran velocidad haciéndolas colisionar con otras, generando gran energía, un estudio que tiene infinitas aplicaciones en la ciencia.

Aquel 13 de julio de 1978, el acelerador empezó a dar problemas. Con buena fe y algo de inconsciencia, Bugorski introdujo la cabeza en el canal por el que circulaba un intenso rayo de protones. Bugorski pensó que estaba desconectado, ya que las luces de advertencia habían sido desconectadas en un ejercicio anterior, y a alguien se le olvidó encenderlas de nuevo.

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Sergey Velichkin vía Amusing Planet

Cuando te atraviesa un rayo de protones a la velocidad de la luz

Bugorski relató que, en el momento del “impacto”, vio una luz “más brillante que mil soles.” Sin embargo, no sintió dolor, y tras retirar inmediatamente la cabeza, no sentía nada extraño más allá del sobresalto inicial. Por esa razón, no se lo dijo a nadie, y terminó su jornada con total normalidad… aunque con la incertidumbre de no saber qué le ocurriría. Poco a poco, la cara se le empezó a hinchar, y al día siguiente acudió al médico. Rápidamente, fue ingresado en una clínica especializada en Moscú que trata a víctimas de la radiación.

Los estudios estimaron que Bugorski recibió una dosis aproximada de entre 200.000 y 300.000 rads, que es la medida con la que se estudia las dosis de radiación ionizante absorbidas por un tejido orgánico. Para que os hagáis una idea, una dosis de menos de 1.000 rads ya es suficiente para matar a una persona. Pero el caso de Bugorski fue diferente. En lugar de tener el cuerpo expuesto durante horas (o días) a material radiactivo, como ocurrió en Chernóbil o en Hiroshima, Anatoli solo fue alcanzado por un rayo ultraconcentrado en un área muy pequeña durante un brevísimo instante. Lo suficiente como para salvarle la vida.

Concretamente, el rayo de la luz entró por la parte posterior de su cabeza y salió por la nariz. Y a pesar de lo estremecedor que suena que un rayo de protones a la velocidad de la luz te atraviese el cerebro (destruyendo nervios y tejidos por el camino), Bugorski sobrevivió. De hecho, pudo terminar su doctorado, se casó y tuvo un hijo.

Las secuelas del accidente: físicas… y económicas

Eso sí, no quedó libre de secuelas. Toda la mitad izquierda de su cara quedó paralizada, perdió el oído en ese lado, y comenzó a sufrir frecuentes convulsiones. Pero su capacidad intelectual no se vio afectada en absoluto. Quizá la peor secuela fueron los gastos médicos. 1996, intentó pedir un certificado de discapacidad para poder conseguir gratis su medicación para la esquizofrenia y continuar investigando en occidente, pero su solicitud fue denegada.

Por increíble que fuera su caso, a Bugorski no se le permitió hablar del accidente, debido al secretismo de la maquinaria científica soviética. No fue hasta después del accidente de Chernóbil cuando finalmente hizo público su caso. Fue, sin embargo, una persona muy célebre entre los investigadores soviéticos, y dos veces al año visitaba la clínica para una inspección rutinaria, donde conoció a muchas otras víctimas de accidentes nucleares o relacionados con la radiación. “Como antiguos reclusos, siempre estamos en contacto. No somos tantos, y nos sabemos las historias de todos. Suelen ser historias tristes”, llegó a decir.

La de Anatoli Bugorski, por el contrario, tuvo final feliz. Actualmente, con casi 78 años, continúa viviendo en Protvino, una ciudad construida para alojar a los trabajadores de estas instalaciones nucleares, que tras la caída de la Unión Soviética, vieron reducirse dráticamente sus fondos y clausurarse la mayoría de las investigaciones científicas, incluido el proyecto en el que trabajaba Anatoli. Casi como un irónico recordatorio de otros tiempos, la mitad izquierda de su cara quedó tal y como la tenía hace 42 años, sin una arruga.

Fuente: Amusing Planet

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