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7 claves sobre la sexualidad durante el franquismo para entender el machismo de hoy

Fue a finales del siglo XIX cuando en España se empezó a reflexionar sobre la necesidad de una educación igualitaria que dejase de tratar a niños y niñas como si fuesen agua y aceite. Esta idea se mantuvo en el tiempo durante las primeras décadas del siglo XX y tuvo un papel importante cuando se proclamó la Segunda República en 1931.

Así lo reflejan las palabras de la historiadora Carmen Argulló al afirmar que “el principio de la Segunda República española fue ese día que maestros y maestras retiraron el tabique de madera que separaba a los niños de las niñas en las aulas y salieron todos juntos a la terraza de juegos por primera vez”.

Se iniciaba así el proyecto de la coeducación, un modelo que buscaba educar a niños y niñas de forma conjunta en el respeto y la igualdad de oportunidades para ambos sexos. Sin embargo, ese necesario cambio de mentalidad que intentaba actualizar el papel de la mujer en la sociedad no duró mucho, pues acabar con la coeducación fue una de las primeras medidas que llevó a cabo el régimen franquista al terminar la Guerra Civil.

Fueron muchas las maestras y maestros que dieron su vida por unos ideales pedagógicos que sucumbieron ante el poder de la dictadura y la moralidad de la Iglesia. Y fue este uno de los factores que dio lugar a un clima de represión sexual y auge machista que aún hoy salpican a nuestra sociedad.

Te contamos algunas de las claves para entender la sexualidad durante el franquismo y sus efectos en la actualidad:

La moralidad católica se impone en el sistema educativo

En 1953, España y el Vaticano firman un Concordato cuyo artículo 26 imponía que en “todos los centros docentes, de cualquier orden y grado, sean estatales o no estatales, la enseñanza se ajustará a los principios del dogma y de la moral de la Iglesia católica”.

Ni siquiera la creación de la Ley General de Educación de 1970 superó las barreras impuestas por la Iglesia, que se oponía a la convivencia de sexos por existir, según su criterio, grandes riesgos morales y la posibilidad de implantarse “una promiscuidad de carácter tendenciosamente igualitaria”.

Podríamos pensar que estas ideas han sido superadas, y en parte así es, pero aún quedan muchos colegios religiosos en España en los que se lleva a cabo la segregación sexual.

El machismo como base de la enseñanza

La Sección Femenina del Movimiento enseñando a las mujeres a ser mujeres

El sistema educativo impuesto por el régimen franquista tenía el objetivo de enseñar a las niñas que eran intelectualmente inferiores, razón por la cual su destino cultural y social debía quedar relegado en pro de su auténtica finalidad: cuidar del hogar y tener hijos.

La educación debía estar adaptada a cada uno de los sexos y se sostenía la idea de que mezclar a niños y niñas en las aulas podía llevar al fatídico resultado de masculinizar a las mujeres y feminizar a los hombres.

Pilar Primo de Rivera, hermana del fundador de Falange y con quien compartía ideario político, se quedó muy a gusto al afirmar en 1943 que “las mujeres nunca descubren nada, les falta talento creador, reservado por Dios para las inteligencias varoniles, nosotras no podemos hacer más que interpretar mejor o peor lo que los hombres nos dan hecho… por eso hay que apegar a la mujer con nuestra enseñanza a la labor diaria, al hijo, a la cocina, al ajuar, a la huerta, tenemos que hacer que la mujer encuentre allí toda su vida y el hombre todo su descanso”.

Nos encantaría poder decir que estas ideas son parte del pasado, pero aún hoy tres de cada diez españoles que creen que la mujer debería quedarse en casa.

La época dorada de la doble moral

Si bien la mujer era adoctrinada para que interiorizase su papel de sirvienta en el hogar y de objeto en propiedad en su relación de pareja, los hombres se encontraban con un sistema más permisivo. Debían casarse, por supuesto, pero podían tener relaciones extramatrimoniales sin que nadie arquease las cejas.

La idea de la mujer como propiedad del hombre se extendía incluso cuando este faltaba, prohibiendo a las viudas rehacer su vida hasta al menos un año después de morir su marido.

Las mujeres podían ser víctimas de la figura del “parricidio por honor”, un atenuante legal para los maridos que asesinaban a sus esposas tras descubrirlas cometiendo adulterio. Sin embargo, solo se consideraba que ellos habían sido infieles si sus relaciones extramatrimoniales causaban escándalo público o se demostraba que convivían con sus amantes.

Lamentablemente, esta doble moral no ha desaparecido, aunque sí evolucionado. Es posible que para algunos sea menos evidente pero sigue siendo igual o más dañina que entonces. Solo hay que observar el tratamiento mediático que se da a los casos de violencia de género o abusos, justificando en muchas ocasiones la agresión y culpando a las víctimas.

La virginidad como medidor del honor familiar

Fotografía incluida en el libro “Celtiberia Show”, de Luis Carandell

Si una joven perdía la virginidad antes de casarse, no solo era puesta en duda su honestidad, sino la de toda su familia. La carga social de tener relaciones sexuales libres era tal que muchas mujeres recurrían a abortos clandestinos si no al infanticidio o al abandono de sus hijos al quedar embarazadas “cuando no tocaba”.

Si bien la virginidad ya no es un “bien” tan preciado, dime, cuántas veces se tilda a una mujer de promiscua -diciéndolo suavemente- por disfrutar de su cuerpo libremente.

El placer se convierte en fuente de culpa, deshonor e incluso de enfermedades

Disfrutar del sexo demostraba una promiscuidad impropia de una señorita de bien. Si una mujer tenía un orgasmo, debía pedir disculpas a su marido e ir a confesarse inmediatamente. La interiorización de esta idea llevó a la mayoría de mujeres a tener una vida sexual totalmente insatisfactoria donde el miedo a sentir placer tenía más peso que la curiosidad por el mismo, creando una generación de mujeres frígidas que concebían las relaciones como un mero instrumento para procrear.

Ni que decir tiene que la masturbación era uno de los principales objetivos a combatir por el régimen y la Iglesia. Esto no solo afectaba a las chicas, también ellos eran víctimas de mensajes alarmistas que prometían la aparición de enfermedades físicas y mentales si se practicaba el onanismo.

Homosexuales, proxenetas, mendigos, enfermos mentales o lisiados

A los legisladores franquistas poco les importaban las diferencias entre orientación sexual, delincuencia, pobreza o enfermedad; por eso crearon una ley para controlar la existencia de determinados individuos que incomodaban al régimen.

Ser homosexual podía costarte la vida, llevarte a la cárcel, a campos de trabajo o a un sanatorio donde podías ser víctima de terapias inhumanas con el objetivo de curar tu “enfermedad”.

Se educó a los hombres para ser fuertes y varoniles, para reprimir sus sentimientos, una idea que caló tan hondo que muchos homosexuales vivieron toda su vida mintiéndose a sí mismos y a sus familias.

Ocurrió igual con las mujeres, aunque en su caso el régimen ni siquiera concebía la existencia del lesbianismo. Nadie podía imaginar que dos amigas cogidas del brazo podían tener una relación; la negación se convirtió en una máxima porque “no existe lo que no se ve”.

Aún hoy, sin ser delito en nuestro país, conocemos miles de casos de jóvenes homosexuales que reprimen lo que sienten por miedo a la respuesta de un entorno homófobo.

La visión de la prostitución

La legislación franquista permitió la prostitución legalmente hasta el año 56, a partir del cual se consideró alegal. En una magistral demostración de auténtica hipocresía, se entendía que la prostitución era un mal necesario que ayudaba a preservar la integridad -véase virginidad- de las mujeres de bien.

Las prostitutas eran chicas sin salida que servían de desahogo al género masculino e impedían que este se viese tentado a pervertir a las jóvenes decentes. Sin embargo, a la vez, eran consideradas mujeres descarriadas que debían ser reeducadas, y muchas de ellas acabaron internadas en manicomios o en cárceles.

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Como comprobamos habitualmente, la sombra del franquismo es alargada, y no es de extrañar -aunque sí de combatir- que a día de hoy aún reconozcamos algunos rasgos de aquella España en la actual. Reconocerlo es el primer paso.

Fuentes: Edmundo Fayanas Escuer, El Correo, Aproximación de un diagnóstico sobre la igualdad de oportunidades en el siglo XXI.

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