El hombre del maletín sale de su casa, su humilde casa, de paredes sin pintar y piso sin cerámica, su casa sin ningún lujo innecesario porque no se lo ha permitido, es que solo alcanza para comer. Él sale de su casa antes de que el sol salga, y llega cuando las nubes han devorado la gran bola de luz en el cielo.

Ese señor va de casa en casa repitiendo lo que cree que es la verdad, sin darse cuenta que la rutina lo hace polvo.

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La misma vieja camisa que esta desteñida por tanto uso, es con la que sale a gritar por ayuda de una manera casi sutil, y tan bien disfrazada de dignidad que nadie la nota. Porque su dignidad se ha vuelto más grande que sus vidas, y sus corazones van de la mano de su dignidad. Que sigas una doctrina no te convierte en la doctrina misma, y el hombre del maletín es más que un ciudadano, porque el siente cosas que ninguno de vuestros hijos podría llegar a sentir, y que ningún hombre en su vida por más larga que esta fuese podría entender lo que aquel triste peregrino.

Además, no podría definirlo con palabras tan pobres como las mías, trágicas como toda esta historia, y todas nuestras vidas.

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Suelo recordar que el sujeto de camisa vieja no vive solo en la olvidada casa, tiene una dulce esposa que ha recolectado muchos achaques junto a su vejez, y algunos hijos que lo acompañan en su breve penar.

Mientras su señora amada regalaba a los crepúsculos del centro de la ciudad sus últimos soplos de vida, dos de sus amados hijos saboreaban los pecados detrás del cuarto de las muñecas. Porque el amor no tiene sexo ni edad.

Pero ¿Por qué tendría el mundo que enterarse de los delitos en las sabanas sucias si estas no enferman a nadie aparte de sus dueños?

Eso fue lo que nunca se preguntó la mujer enamorada, (no solo del tipo del maletín), sino de la melancolía de vivir, de enfermar y de morir, porque después de todo es más rápido y menos doloroso de lo que suelen narrar los que creen haberlo vivido.

La inocencia se ha roto como los frascos que contenían los últimos ahorros. Se ha marchado tan lejos como la fe a Dios y a la medicina. Se han marchado con la vida y ahora solo quedan las manchas de lo que un día fue.

¿Qué tiene de malo disfrutar de una mezcla de saliva con una pizca de maldad?, ¿Por qué habría de ocultar el amor más limpio que el deseo?, ¿Por qué los dos hermanos no pueden amarse?

Los dos hermanos se han marchado danzando junto al viento, como el alma de la madre. Ellos, los fenómenos que aborrecía el cura, y que siempre temieron los feligreses.

Ahora no hay dulce esposa ni tiernos hijos, solo un señor del maletín. 

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