Los enemas de humo o cómo resucitaban a la gente en el siglo XVIII

Publicado 24 octubre, 2019 por Quique Zamorano
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A estas alturas, todo el mundo acepta que el tabaco es uno de los agentes más nocivos para la salud humana. La comunidad médica y científica lleva años advirtiéndonos de los perjudiciales efectos que tiene para la salud a corto y largo plazo, y sobre todo la alta probabilidad de desarrollar enfermedades mortales si se convierte en adicción, como por ejemplo el cáncer. Si todavía no lo has dejado, ten por seguro que no solo mejorará tu capacidad respiratoria, sino también tu nivel y calidad de vida.

Esquema del enema, hecho con vejiga de cerdo, una pipa, una boquilla, un grifo y un cono para la inserción rectal. (Wikipedia)

Esquema del enema, hecho con vejiga de cerdo, una pipa, una boquilla, un grifo y un cono para la inserción rectal. (Wikipedia)

Pero no hace mucho tiempo, se creía que este químico contenía propiedades beneficiosas para la salud, e incluso podía resucitar a los muertos. No es broma. “La idea de revivir a las víctimas de accidentes por ahogamientos con enemas de humo de tabaco parece un poco extraña. Pero para los médicos del siglo XVIII, este enfoque era completamente racional”, escribe la historiadora médica Ghislaine Lawrence en un artículo de ‘The Lancet’. “El pilar de tratar a los ‘aparentemente muertos’ era el calor y la estimulación. Frotar la piel era un método de estimulación, pero en general se pensaba que la inyección de humo de tabaco por el recto era aún más potente”.

Sí, parece increíble y un tanto asqueroso si nos dejamos llevar por la imaginación, pero hace apenas 300 años tuvo mucha aceptación por los médicos europeos para tratar patologías como resfriados comunes, dolores de tripa o, incluso, como una medida de reanimación de las víctimas de ahogamientos. El dispositivo constaba de una boquilla, un fumigador y un fuelle que se insertaba por el recto para insuflar el venenoso humo. No fue hasta los primeros años del siglo XIX, gracias a los avances en investigación de la química, cuando se descubrió que la nicotina verdaderamente era una sustancia tóxica para el organismo, y comenzó así a dejar de practicarse.

Quirófanos llenos de humo

Aunque ya no se administraba directamente al cuerpo de los enfermos, sí que seguía pensando que el nocivo humo podía contener propiedades curativas. De ahí que en los precarios quirófanos del siglo XIX era bastante frecuente encontrarte a los cirujanos fumando, ya que creían que era un potente agente contra las infecciones. Una idea que persistió por toda Europa y también en China hasta bien entrado el siglo XIX, como informa ‘IFLScience’.

En las guerras navales entre España e Inglaterra era muy frecuente que muchos marineros se ahogaran y fueran tratados con humo de tabaco. (Óleo de Nélson herido, por Richard Westall, Wikipedia)

Uno de los ejemplos más significativos de este desagradable método para curar a los pacientes fue el descrito por el médico Thomas Sydenham, que para tratar una obstrucción intestinal recurrió primero a una leve hemorragia, seguido del mencionado enema tóxico: “Lo más apropiado sería hacer sangrar al enfermo por el brazo, y una o dos horas después inyectar por enema un potente purgante; y no conozco ninguno tan potente y eficaz como el humo del tabaco, introducido en las entrañas a través de una vejiga y una pipa invertida, lo que puede repetirse después de un corto intervalo”. Asqueroso.

El caso de Anne Greene

En 1650, una mujer es condenada a muerte. Su nombre es Anne Greene y tuvo un hijo que nació muerto. La acusaron de haberle matado y fue condenada a morir en la horca. Cuando descubrieron que en realidad era inocente, los médicos y forenses de la época le aplicaron calor vertiéndole licor por la garganta, realizaron una hemorragia en sus brazos y se le administró un “enema aromático caliente para repartir por todo el interior de su cuerpo y así calentar sus entrañas”. Después de acostarla en una cama junto con otra mujer para mantenerla caliente, Green se recuperó por completo y fue indultada.

El médico británico Richard Mead. (Wikipedia)

El médico británico Richard Mead. (Wikipedia)

De este modo, el enema de humo fue considerado el método más potente debido a sus propiedades estimulantes y caloríficas. Richard Mead fue uno de los primeros médicos occidentales que prescribió esta técnica para reanimar a las víctimas de ahogamientos. Su nombre fue citado como uno de los primeros casos de reanimación por inyección rectal del humo del tabaco, cuando en 1746, consiguió revivir a una mujer aparentemente ahogada. Tanto es así que la Royal Humane Society instaló kits de reanimación en 1780 por toda la orilla del Támesis, hasta el punto de que la técnica fuera considerada como una de las más efectivas a la hora de reanimar a los malheridos, tanto como la respiración artificial.

Un tóxico muy peligroso

El uso de los enemas de humo comenzó a perder credibilidad a partir de que un fisiólogo británico, llamado Benjamin Brodie, descubriera y posteriormente demostrara que la nicotina en realidad se trata de un tóxico cardíaco que puede detener la circulación sanguínea.

Como apunte, a pesar de todas las campañas antitabaco que se han realizado en los últimos años, el número de fumadores en España sigue creciendo. Según los últimos datos del Ministerio de Sanidad, el número de consumidores de esta droga ha crecido a niveles anteriores a los de la famosa ley antitabaco de Zapatero. Actualmente, fuman un 3,3% de personas más que en 2015. Un mal hábito que conviene dejar para ganar en calidad de vida y bienestar.

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