Ginebra tiene otro ritmo de vida. Al igual que en el resto de Suiza, y a diferencia de España, las jornadas laborales comienzan muy pronto.

En una de esas mañanas de invierno, siendo todavía de noche, y cuando me dirigía, con los cascos puestos, a mi parada, tuve una extraña sensación. Como una amargura que te oprime el pecho. Quise ver en el frío y la oscuridad de aquel día lluvioso la causa de aquella sensación, pero antes de que me pudiera convencer a mi mismo, volví a ver a Marta. Eran las imágenes tan repetidas en los medios comunicación de aquel entonces. Su imagen fue seguida en mi cabeza por la de su padre. Le habría reconocido en cualquier lugar aún siendo un perfecto desconocido para mi.

No sé porque Marta, pero su recuerdo me conmovió. Es difícil poder imaginar lo sucedido en aquella noche de 2009. Y cuando uno lo hace, se posiciona como un espectador ante lo probablemente acontecido. Y ahí es dónde radica el dolor; Marta no puede imaginar, olvidar o recordar; es su historia. Es la historia de Antonio, su padre, de su madre Eva y toda su familia.

Me había propuesto escribir un artículo sobre su caso. Pero no es justo. Tan sólo veo a Marta y a su familia. No es justo mezclarla con otros personajes, con tantas mentiras, crueldad e ignorancia.

Ya no me apetece nombrar quien estaba en aquella casa, como lo hicieron o como se burlaron de todos nosotros. Todos hemos leído sobre eso. Por encima de la indignación, el asco y la rabia, lo que he recordado aquella mañana, es el dolor de sus padres y familia. Han pasado casi 8 años y no me puedo imaginar como debe clavarse el paso del tiempo en quién espera poder recogerse ante su hija difunta para decirle lo mucho que la añora, le quiere y le llora.

Nadie debería poder juzgar sobre el duelo de quienes aman. Tan sólo bastaría con que rompieran su silencio. El silencio de los cobardes. Y ante ese silencio se levanta un padre y una madre con un coraje fuera de toda duda. Tampoco conviene irritar a los sabios y si la justicia de nuestro país no es quién de refrendar con hechos toda la buena voluntad puesta, inicialmente, en la investigación de la desaparición de Marta, no debería de extrañarnos que esos sabios, con Antonio al frente, levanten la voz y fuercen el gesto. Más si cabe.

¿Cómo se supone que un padre y una madre deben seguir con sus vidas cuando no han hallado el descanso de quién se lo daba?

¿Qué importancia puede tener el trabajo, los gestos sencillos del día a día, el mar o las estrellas, si aún no saben dónde reposa la razón de sus vidas?

He utilizado la palabra “desaparición” unas cuantas líneas más arriba. Y quiero rectificar. Uno no puede dejar de estar cuando se le ama más que nunca. Y presiento que así es, Marta.

Sé que los tuyos habrían dado todo lo que tienen por volver a aquel día y cambiarlo todo.Yo también lo haría, pero no podemos. Eso no hace que tengan la culpa de lo más mínimo de lo sucedido. Si así lo desean es porque te aman, y el amor, algunas veces suele confundir, haciendo que cargues culpas que no te corresponden.

Soy el último y menos importante de los que aguardan por ti. Incluso siendo un desconocido. Estás ahí, cerca de nosotros, pero los que observan esperan saber dónde dejarte sus caricias, sus palabras y sus flores, para, a su vez, acercarse, ellos, a ti.

Mientras admiro a tus padres, Eva y Antonio, te seguiré esperando en estas mañanas frías de Ginebra.

Esperando a Marta Del Castillo.

Publicado en Relatos
Fuentes consultadas:
http://casoaislado.com/asi-fue-el-mensaje-del-padre-de-marta-del-castillo-soy-culpable/