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La máquina de la manivela que no servía para nada y otros castigos absurdos aplicados a los presos

El sistema penitenciario moderno busca la reinserción del preso en sociedad, aunque no siempre sea posible. Sin embargo, las prisiones anteriores al siglo XIX eran exclusivamente punitivas. El castigo era impuesto como pago social, una forma de resarcir los delitos cometidos. De ahí, que los centros penitenciarios antiguos careciesen de todo tipo de comodidades o pasatiempos. 

En este contexto, la condena a trabajos forzados no solo tenía sentido, sino que era una manera directa y eficaz de devolver algo bueno a la sociedad, ya fuera construyendo una carretera o un puente. El problema es que estos trabajos no se realizaban con la debida seguridad ni durante una jornada razonable. 

Con el tiempo, el número de reos superó la cantidad de trabajo disponible y el estado tuvo que ingeniárselas para hacer cumplir este castigo. Así es como el gobierno británico creó la máquina de la manivela.

Trabajo y castigo

El trabajo forzado se introdujo por primera vez en Reino Unido en 1818, como sustitutivo de los atroces castigos corporales que se venían practicando, como los latigazos, azotes y otras salvajadas. Sin embargo, cuando el trabajo en los campos o canteras superó al número de presos, se inventaron máquinas con las que “conmutar” esta pena. Máquinas inútiles que no hacían nada de nada, más que extenuar al preso. 

La rueda de correr fue uno de esos inventos pioneros y al menos 44 prisiones británicas contaron con la suya

En la rueda, varios presos se veían obligados a correr o caminar deprisa mientras la rueda giraba accionada por su propio peso. Según el castigo debían pasar hasta 14 horas al día en la rueda, sin parar más que 20 minutos para comer. 

Como podéis imaginar, si alguno desfallecía o perdía el ritmo corría el riesgo de ser atrapado por el mecanismo y hasta perder una extremidad. Lo que convirtió los “productivos trabajos forzados” en una nueva forma de castigo-tortura.

También cargar bolas de cañón










Otro trabajo forzado inútil fue obligar a los presos a levantar una bola de cañón a la altura del pecho, recorrer unos pasos y dejarla en tierra, para repetir esta acción una y otra vez durante 14 horas al día y 6 días a la semana. 

Para evitar accidentes, el gobierno creo la máquina de la manivela

La manivela se instalaba en una pared y se obliga al preso a girarla unas 10.000 o 14.000 veces al día. Desde el otro lado del muro, los guardias podían ajustar la resistencia de la rueda para dificultar o aliviar la tarea. 

Con el tiempo, las manivelas de pared fueron sustituidas por versiones más pequeñas y manejables, que incluso podían ser trasladadas de un lugar a otro. Eso sí, la intensidad del giro seguía siendo regulable y podía ser superlativa.

Aunque la máquina de la manivela evitaba accidentes, también ocasionaba gran cantidad de daños físicos. El movimiento era como remar a galera y, la repetición continúa, desgastaba articulaciones, músculos y tendones. A pesar de ello el preso debía seguir cumpliendo condena si quería comer. 

Un gran esfuerzo físico realizado de forma continua y una paupérrima alimentación era la fórmula del desastre

Los presos se consumían rápidamente y sufrían todo tipo de enfermedades y dolencias. Solo así se entiende el rápido deterioro físico sufrido por el escritor Oscar Wilde, condenado a 2 años de trabajos forzados, quien murió solo tres años después de salir de prisión. 

Con el cambio de paradigma del sistema penitenciario, el trabajo forzado fue sustituido por el sistema de grados y un gran número de terapias destinadas a la reinserción, así como la condena de servicios comunitarios. 

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