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Las hermosas palabras de una madre al terrible paso del tiempo que han emocionado a medio mundo

Madres… ¿qué sería del mundo sin ellas? Supongo que, a grosso modo, todos sienten una gran admiración, respeto y amor por la mujer que les dio la vida, por lo que hoy quería dedicarles una fabulosa reflexión con la que me he topado recientemente. 

Estas palabras son, cuanto menos, inspiradoras y reconfortantes para todas aquellas madres que tienen hijos pequeños actualmente, aunque yo, como es lógico, no soy madre y me han emocionado igualmente. Simplemente porque soy hijo y, como tal, también he sido partícipe de ese maravilloso vínculo. 

El tiempo nos quita y da cosas constantemente. Una de las que se lleva consigo es, precisamente, el vínculo que los hijos mantienen con sus madres. No todo, por supuesto, pero sí hace que este cambie con el paso de los años. Presta atención a esta maravillosa reflexión y dinos qué te ha parecido: 

El tiempo, poco a poco, me liberará de la extenuante fatiga de tener hijos pequeños. De las noches sin dormir y de los días sin reposo. De las manos gorditas que sin parar me agarran, me escalan por mi espalda, me cogen, me rebuscan sin restricciones ni vacilaciones. Del peso que llena mis brazos y dobla mi espalda. De las voces que me llaman y no permiten retrasos, esperas, ni vacilaciones.
El tiempo me devolverá el ocio vacío de los domingos y las llamadas sin interrupciones, el privilegio y el miedo a la soledad. Aligerará, tal vez, el peso de la responsabilidad que a veces me oprime el diafragma.
El tiempo, sin embargo, inexorablemente enfriará otra vez mi cama, que ahora está cálida de cuerpos pequeños y respiros rápidos. Vaciará los ojos de mis hijos, que ahora desbordan de un amor poderoso e incontenible. Quitará desde sus labios mi nombre gritado y cantado, llorado y pronunciado cien mil veces al día.
Poco a poco, o de repente, el tiempo cancelará la familiaridad de su piel con la mía, la confianza absoluta que nos hace un cuerpo único. Con el mismo olor, acostumbrados a mezclar nuestros estados de ánimo, el espacio, el aire que respiramos. 
Llegarán a separarnos para siempre el pudor, la vergüenza y el prejuicio. La conciencia adulta de nuestras diferencias. 
Como un río que excava su cauce, el tiempo peligrará la confianza que sus ojos tienen ante mí, como ser omnipotente. Capaz de parar el viento y calmar el mar. Arreglar lo inarreglable y sanar lo insanable.
Dejarán de pedirme ayuda, porque ya no creerán que yo pueda en ningún caso salvarlos. Pararán de imitarme, porque no querrán parecerse demasiado a mí. Dejarán de preferir mi compañía respecto a la de los demás (y ojo, ¡esto tiene que suceder!)
Se difuminarán las pasiones, las rabietas y los celos, el amor y el miedo. Se apagarán los ecos de las risas y de las canciones, las nanas y los “Había una vez”… acabarán de resonar en la oscuridad.
Con el pasar del tiempo, mis hijos descubrirán que tengo muchos defectos y, si tengo suerte, me perdonarán alguno.
Sabio y cínico, el tiempo traerá consigo el olvido.
Olvidarán, aún si yo no olvido. Las cosquillas y los “corre corre”, los besos en los párpados y los llantos que, de repente, se detienen con un abrazo. Los viajes y los juegos, las caminatas y la fiebre alta. Los bailes, las tartas, las caricias mientras nos dormimos despacio.
Mis hijos olvidarán que les he amamantado, mecidos durante horas, llevado en brazos y de la mano. Que les he dado de comer y consolado, levantado después de cien caídas. Olvidarán que han dormido sobre mi pecho de día y de noche, que hubo un tiempo en lo que me han necesitado tanto, como el aire que respiran.
Olvidarán, porque esto es lo que hacen los hijos, porque esto es lo que el tiempo elige.
Y yo… yo tendré que aprender a recordarlo todo también para ellos, con ternura y sin arrepentimiento ¡gratuitamente! Y que el tiempo, astuto e indiferente, sea amable con esta madre que no quiere olvidar.

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