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Las llaman rotondas fantasma… y mira para qué sirven

Aunque han demostrado ser mucho más eficientes, seguras y cómodas que los cruces de caminos, las rotondas, generan por sí solas numerosos sustos y conflictos entre conductores. El problema es que, no siempre se tiene claro el carril de circulación correcto y el orden de preferencia.

Sin embargo, y lejos de simplificarse, las opciones y tipos de rotondas no paran de crecer. La última incorporación: la rotonda fantasma.

Un trampantojo con forma de rotonda

En teoría, una rotonda fantasma es una rotonda falsa pintada o construida a ras del suelo, cuyo objetivo es confundir a los conductores para que frenen y reduzcan la velocidad. 

La idea ha sido puesta en práctica por las autoridades de Cambridge, Inglaterra, con la intención de regular el paso de vehículos a través de un tranquilo barrio residencial.

La rotonda fantasma forma parte de un acuerdo amistoso entre el concilio de la ciudad y los vecinos del barrio, quienes denunciaban desde hace años el paso de vehículos a gran velocidad en la calle principal.

“Era un grave problema de seguridad y fueron los vecinos quienes votaron la rotonda fantasma entre todas las propuestas”, declara un miembro del ayuntamiento en la BBC. 

No siempre los acuerdos fueron buenos

La rotonda fantasma de Cambridge está dando mucho que hablar, y no por su eficacia precisamente. Y es que su construcción no ha sido un camino de rosas. 

Poner a todo el mundo de acuerdo demoró las obras más de 2 años, además de incurrir en unos gastos tremendos. Las convocatorias, el concurso de ideas, la selección y construcción han hecho que el coste de la obra de una rotonda falsa ascienda a los 600.000 libras. 

Por si eso fuera poco, varias asociaciones cuestionan su eficacia a largo plazo. Mientras que un badén te obliga a frenar siempre y sin importar los años que pasen, los conductores pueden aprender que la falsa rotonda es solo eso, falsa. Un dibujo que si quieren pueden ignorar para llegar más rápido a su destino. 

Para colmo, los peatones creen erróneamente que los ladrillos dibujan un paso de peatones, lo que aumenta la peligrosidad de la vida cuando deciden cruzar por ellos, justo en el lugar en que peor visibilidad hay.

Como no podía ser de otro modo, la rotonda de Cambridge se ha convertido en el hazmerreír de la localidad y un nuevo foco de conflicto entre conductores, peatones, vecinos y gobierno. 

Esperemos que en España -muy dados a copiar malas ideas-, ninguno de nuestros gobernantes decida importar la idea. Bastante lío tenemos ya en las rotondas normales.

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