Leila Denmark: La mujer que salvó al mundo de una epidemia

Publicado 22 octubre, 2020 por Nuria Narváez
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Leila Denmark tiene varios motivos para pasar a la historia. El primero por haber vivido en tres siglos diferentes: nació en 1898 y falleció en 2012. Como pediatra, llegó a atender a los nietos y tataranietos de sus primeros pacientes. Sin embargo, hay otro motivo más importante por el que debe ser recordada: Leila Denmark es la mujer que salvó al mundo de una epidemia. En concreto, de la tos ferina.

Una pionera en advertir que no se fumara cerca de los niños y de la vida saludable

Leila dedicó toda su vida a la medicina, recibió varios premios, fue voluntaria y se mantuvo activa hasta retirarse a los 103 años. Aparece en el Libro Guinness de los Récords como la médica en activo más anciana de la historia de la humanidad. Vivió 114 años y solo estuvo jubilada los 11 últimos.

leila con un bebe

Fue de las primeras doctoras en advertir de los efectos perjudiciales del tabaco, de que se fumara alrededor de los niños y de que las embarazadas tomaran sustancias perjudiciales para los niños durante el embarazo. Leila consideraba que lo mejor que podemos beber es agua y que comer fruta es mucho mejor que cualquier zumo o batido. Llevar un estilo de vida saludable seguro que ayudó a que tuviera una vida larga, activa y sana.

De profesora a médico, algo poco común en su época

Estudió física y química y tras ello fue profesora durante dos años.  Todo cambió cuando su prometido John Eustace Denmark fue enviado a las Indias Holandesas por el Departamento de Estado de los Estados Unidos, ya que no permitían que las esposas acompañaran a sus cónyuges a ese puesto. Momento en el que decidió asistir a la escuela de medicina.

Cuando estudió medicina, no lo tuvo fácil. En la Universidad de Emory la rechazaron, probablemente por ser mujer. Sin embargo, Leila logró estudiar medicina en la Universidad de Georgia. Todos sus compañeros eran hombres y ella fué la tercera médico mujer en obtener un título en la universidad.

Más de 70 años trabajando por la salud de los demás

Después de graduarse en 1928, se casó con John Eustace Denmark y se mudaron a Atlanta. Allí encontró su primer trabajo en el recién inaugurado Hospital para Niños Henrietta Egleston. Ella fue la primera interna y quien admitió al primer paciente del hospital.

Abrió su propia clínica de pediatría en la década de 1930 y continuó ejerciendo como médico hasta mayo de 2001, cuando se jubiló. En sus más de 70 años trabajando, atendió a miles de pacientes privados pero también ayudaba a familias sin recursos.

Su lucha contra la tos ferina

Cuando estalló una epidemia de tos ferina en Atlanta en 1932, la doctora comenzó a estudiar a los pacientes con la enfermedad que acudían a la Clínica Presbiteriana Central para Niños, donde trabajó como voluntaria durante 57 años.

En colaboración con la compañía Eli Lilly y de un profesor de la Universidad de Emory, Dinamarca, comenzó a evaluar métodos para diagnosticar la tos ferina mediante el recuento de glóbulos blancos y pruebas de aglutinación de antígenos desconocidos. Encontró que este último era «inútil en el diagnóstico de tos ferina», pero que una prueba para detectar antígenos específicos podría usarse para el diagnóstico antes de que la tos comenzara.  Estudió la eficacia de la vacuna contra la tos ferina desarrollada por Lewis Sauer; en un experimento, duplicó la potencia de la vacuna y descubrió que su innovación ofrecía inmunidad más rápido, con menos dosis y  sin efectos dañinos.

Su trabajo fue publicado en el American Journal of Diseases of Children y, en 1935, recibió el premio Fisher por su investigación en el diagnóstico, tratamiento e inmunización de la tos ferina.

En los últimos 75 años esta vacuna ha salvado la vida de millones de niños pequeños.

Una precursora de la ayuda científica para los padres en la crianza de sus hijos

Durante todo el tiempo que ejerció como médico, pasó muchas horas asesorando a los padres en la crianza de sus hijos. Los atendía en su consulta, bastante pequeña pero siempre llena de gente. No contrató a una recepcionista y en su lugar optó por una hoja de registro de papel; pedir cita no era necesario, y durante los siguientes 71 años casi nunca cobró más de 10$ por una visita.

Recibió a los pacientes en su casa para poder ser una madre activa central en la crianza de su hija, una receta que les dio a sus pacientes. Aficionada a la jardinería, dijo en una entrevista al Atlanta Journal Constitution que hacer crecer a un niño era como cultivar una flor «Ambos necesitan mucha atención».

En 1971, publicó el libro Every Child Should Have a Chance (Todos los niños merecen una oportunidad) en el que expone su visión sobre cómo debe ser el cuidado y la crianza de los niños. En él, recomendó a las madres que se quedaran en casa a cuidar de sus hijos (hay que tener en cuenta que en la época mayoritariamente eran los hombres los que trabajaban) que y establecieran horarios de alimentación y sueño constantes. “Toda mi misión en la Tierra está en ese libro”, le dijo al entrevistador.

Aunque la medicina era lo más importante para ella a nivel profesional, también le encantaba leer, viajar, el golf, la jardinería o la costura (incluso hacía su propia ropa).

Además de trabajar, siempre se dedicó al mantenimiento y cuidado del hogar y de su familia. Cuando su marido falleció en 1990, quiso seguir trabajando hasta que se jubiló en 2001. Sus últimos años de vida (desde 2004), vivía con su hija Mary.

La mujer que no comía azúcar

En 1998 celebró su centésimo cumpleaños pero rechazó comer tarta por tener demasiado azúcar. Tres años después, a los 103, nuevamente rechazó la tarta y le explicó al camarero que hacía 70 años que no había comido nada que llevara azúcar, a excepción de productos naturales como la fruta.

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