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Por qué los asiáticos no fueron obesos hasta 1990 y qué debes hacer para tener un metabolismo normal

La sensibilidad a la insulina nos mantiene delgados y activos, mientras que la resistencia a la insulina nos pone continuamente en “modo engorde”. Así lo explica Jorge García-Dihinx Villanovamédico especialista en Nutrición y Digestivo de la unidad de pediatría del Hospital San Jorge de Huesca en su blog.

Una relación avalada por numerosos estudios médicos, así como sociales, al compararse la alimentación primigenia y el efecto de la occidentalización sobre diversas tribus indígenas, como los aborígenes de Australia, los esquimales del norte de Canadá o los nativos americanos.

Cómo el azúcar nos vuelve sedentarios

Según las pruebas realizadas, la insulina en sangre sólo se debería elevarse puntualmente tras la ingesta, disminuyendo rápidamente después. Sin embargo, la sociedad moderna actual mantiene los niveles de insulina crónicamente elevados por culpa del abuso de comida procesada, las harinas refinadas y los azúcares añadidos, dando lugar al desarrollo de enfermedades cardiovasculares (infartos de miocardio, infartos cerebrales), hipertensión, diabetes tipo 2, obesidad, dislipidemia aterogénica, cáncer y Alzheimer, entre otras.

Con el tiempo, nuestro organismo se vuelve resistente a la insulina, necesitando una mayor cantidad de esta sustancia para procesar la glucosa y proporcionar energía a nuestras células. El proceso se hace cada vez más ineficiente y la glucosa que no puede ser transformada se acumula en forma de grasa, quedándonos menos energía para afrontar el día a día. 

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Para colmo, cuando el cuerpo detecta que hay poca energía disponible, entra en lo que podríamos denominar “modo ahorro“, esto es que no solo prefiere guardar energía para el futuro en forma de grasa, sino que se niega a quemar sus reservas, bajando nuestro metabolismo. 

En el modo ahorro de energía, tenemos menos ganas de movernos, estamos más cansados, nos fatigamos antes y somos más sedentarios. 

Pero si los carbohidratos son malos, ¿por qué los asiáticos no engordan comiendo arroz?

Como decíamos antes, las personas insulino sensibles realizan una eficiente metabolización de la glucosa en sangre, transformando casi toda en energía. La poca restante puede ser almacenada como grasa, pero su organismo tampoco tiene problemas en usar sus reservas cuando corresponda. La paradoja de la alimentación asiática queda entonces despejada.

Según el estudio INTERMAP, la alimentación en China antes de 1990 incluía una gran cantidad de arroz blanco (un carbohidrato refinado) distribuida en dos comidas principales. De esta forma a su páncreas le bastaba con secretar un poco de insulina para meter toda esa glucosa en los depósitos de glucógeno muscular y hepático, y retirarse rápidamente de escena. 

Sin el candado metabólico de la insulina, el resto del día el asiático podía quemar grasas en lugar de almacenarlas. Su cuerpo disponía de más energía durante más tiempo y, en consecuencia, tenía menos hambre y se movía más.

Pero llegó el azúcar… y el asiático engordó. No solo el azúcar, también ciertos hábitos occidentales que contribuyen al mantenimiento de los niveles de insulina altos, tales como un mayor número de comidas al día, así como los snacks, azúcares, bollería industrial y otros alimentos ultra procesados y nutricionalmente pobres, en especial las bebidas azucaradas. 

Todo ello ha hecho que ahora, el continente asiático, con una dieta basada en carbohidratos refinados y unos niveles crónicamente altos de insulina, haya pasado de ser uno de los pueblos más delgados a sufrir la peor epidemia de obesidad del mundo en solo 25 años. 

¿Qué hacer?

Si no logras eliminar esos kilos que te sobran, tienes cada vez menos energía y engordas con mayor facilidad, puede que estés atrapado en el círculo vicioso del azúcar y la insulina resistencia. 

Se puede escapar. De hecho, un reciente estudio, llevado a cabo por el Dr. Robert Lustig, comprobó lo rápido que podemos corregir todas estas anormalidades metabólicas si suprimimos el azúcar de nuestra dieta.










 lameteoqueviene 

Para ello, es imprescindible revisar todo lo que comemos y bebemos, para localizar y reducir la cantidad de azúcares y harinas refinadas que consumimos. Aquí puedes ver el azúcar que se esconde en cientos de alimentos procesados y aquí en los alimentos infantiles. 

Aquí tienes algunos consejos que pueden ayudarte a implementar este cambio:

– Evita todo el azúcar que puedas y no lo añadas a tus comidas y bebidas. 

– Sustituye los alimentos ultraprocesados por productos frescos y de temporada, preferiblemente crudos, a la plancha o cocinados en casa a fuego lento. 

– Bebe agua con regularidad.

– Come según tu hambre y bebe según tu sed. No comas porque es la hora de comer, si no tienes hambre. No te acabes el plato si ya estás saciado. Guárdalo para más tarde. Los “malos comedores” viven más años que los glotones.

Aumenta el consumo de grasas saludables: aguacates, nata, huevos, mantequilla ecológica, aceite de coco, aceite de oliva a diario, frutos secos a diario, pescados con omega 3, carne de buena calidad, queso, lácteos fermentados como el yogur griego. 

– Evita desnatados, alimentos light y dietéticos, que recortan las grasas pero aumentan el azúcar. Además, debido a que se perciben como alimentos “más sanos”, se corre el riesgo de consumir más y con mayor frecuencia. 

– Recuerda que no todos los azúcares o carbohidratos son iguales, y que no hay problema en consumir frutas o carbohidratos de asimilación lenta como el arroz integral, los cereales integrales sin azúcares añadidos o las legumbres. 


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