El conquistador español Álvar Núñez Cabeza de Vaca nació en Jerez de la Frontera en 1488.  

 El joven de ojos azules y pelo rubio creció impulsado por el deseo de engrandecer a su familia y con ese propósito se lanzó a la conquista del nuevo mundo. 

 Descendía de una familia noble. Su abuelo, Pedro de Vera, fue conquistador de la Gran Canaria. Alvar creció con el sueño de ser algún día soldado y conquistador. Cabeza de Vaca no era su apellido sino un título hereditario de la familia de su madre.

La versión mas conocida del origen de este título se remonta a un ancestro que colaboró con las tropas de Don Alfonso VIII, sitiadas por los moros, quien les indicó un camino por el que podían salir del acorralamiento en que se hallaban, colocando cabezas de vacas muertas a lo largo del mismo.

Exploró la costa sur de Norteamérica desde la actual Florida pasando por Alabama, Mississippi, Luisiana, Texas, Nueva Mexico, Arizona y el norte de Mexico hasta llegar al Golfo de California, territorios que pasaron a anexarse a la Corona Española dentro del Virreinato de Nueva España.

En 1527 Alvar Nuñez había partido de Sanlucar de Barrameda, rumbo a América, como tesorero y alguacil mayor de una expedición encabezada por el Gobernador Don Pánfilo de Narváez, compuesta por 600 hombres y cinco barcos. 

La expedición tenía por objetivo la conquista y colonización de la Peninsula de Florida y encontrar la Fuente de la Juventud, un mito indígena por el cual el que bebía de sus aguas rejuvenecía al punto tal que un anciano cacique podía reactivar todas las funciones de su juventud, engendrar hijos, etc.

Desde que llegaron al puerto de Santo Domingo y hasta que pisó la tierra de la Florida en 1528, la expedición fue perdiendo fuerza. Muchos hombres se quedaban en los puertos y los que continuaron sufrieron tormentas y naufragios. 

Los que llegaron a la península, se dispersaron y también fueron muriendo, ya sea por los ataques de los indios o por el hambre.

Los indígenas les indicaron a los sobrevivientes que el oro que buscaban se encontraba en la parte norte de Florida y hacia allá fueron. Cortaron madera y construyeron cinco barcazas, que les sirvieron para navegar por la costa y luego seguir a pie por los pantanos usando balsas y a nado. En otro ataque de los indios murieron algunos más y quedaron heridos todos los miembros que quedaban de la expedición, incluído el propio Cabeza de Vaca.

Al final quedaron solo cinco hombres: Alonso del Castillo, de Salamanca, Andrés Dorantes, de Béjar, dos esclavos negros, de Azamor, Esteban, que era corpulento y de gran fuerza y Estebanico, bastante mas pequeño y Alvar Núñez Cabeza de Vaca, que fueron repartidos como sirvientes de algunas familias indígenas y convivieron más de seis años con ellos, aprendiendo sus dialectos, la cultura del mimbre, el camuflaje y la guerrilla.

Cuando consiguió su libertad y durante algún tiempo Alvar Nuñez Cabeza de Vaca ejerció de mercader entre los indígenas. Llevaba conchas marinas y caracolas a los pueblos del interior cambiándolas por cueros y almagra, un producto que usaban los indios de la costa para sus pinturas. También hizo de curandero gracias a la fama que le dió la extracción con éxito de una flecha que un indio tenía clavada cerca del corazón.

A fines de 1540 logró de Carlos I el nombramiento para sustituír a Pedro de Mendoza, en la exploración del Rio Paraná y para socorrer a la colonia española establecida en la zona, aportando además 8.000 ducados propios para financiar la expedición; a cambio, Carlos I lo nombró Capitán General, Gobernador y Adelantado del territorio del Río de la Plata, Paranaguazú y sus anexos.

Asi Alvar Núñez Cabeza de Vaca, el experimentado explorador de 40 años, que alcanzó fama por su temeraria exploración de la Florida y que además conocía de cerca y podía comunicarse en algunos de los dialectos indígenas, era el personaje indicado y de recursos suficientes para cubrir la necesidad de armas, municiones, ropas, vituallas y otras urgencias que tenían los españoles del Río de la Plata.

Organizó una expedición compuesta por tres navíos y unos cuatrocientos hombres, zarpando de Cádiz en noviembre de 1540, arribando en marzo de 1541 a la isla de Santa Catalina, actualmente territorio brasileño.

También formaron parte de aquel contingente ocho mujeres: 

Juana Núñez, que tenía su apellido, no era su esposa reconocida, pero dormía en la recámara con el Adelantado.

Ana de Salazar, casada con uno de los capitanes, decidida a seguirlo adonde fuera.

Luisa Torres de Cáceres, casada con Felipe de Cáceres, un Oficial Real con el cargo de Contador, al que no le caía muy bien las atenciones del Adelantado Alvar Nuñez para con su joven esposa, aunque ella lo aceptaba de buen grado.

Juana Méndez, una joven de la sociedad cuyo prometido había formado parte del grupo de exploradores que acompañó a Alejo García algunos años atras, que no regresó y a quien daban por desaparecido o muerto en la selva. Ella se embarcó con el propósito de encontrarlo vivo o saber la verdad de su destino.

También iba una esclava pequeña y morena llamada Concepción, que era la encargada de la comida y necesidades del Adelantado y sus comandantes y tres muchachas muy libertinas que escaparon de un burdel del puerto, llamadas Josefa, Manuela y Antonia.  

Ya durante el viaje, Antonia, la más revoltosa, originó escaramuzas y reyertas entre los tripulantes cuando por las noches se escapaba del recinto donde debían estar las mujeres, cerca del camarote del capitán para su protección, para pasar la noche con ellos.

A su arribo a Santa Catalina, Alvar Nuñez tuvo noticias del abandono del asentamiento de Santa María del Buen Aire por parte de los colonos españoles y el traslado de la capital a Asunción.

Decidió entonces enviar una expedición de reconocimiento, para ver la posibilidad de llegar por tierra hasta Asunción siguiendo la ruta que había trazado Alejo García unos años antes. El resto de la expedición continuó la travesía en las naves al mando de Pedro Estopiñán Cabeza de Vaca, primo de Alvar Nuñez.

Luego de escuchar el reporte favorable de sus enviados, inició la marcha de mas de mil kilómetros en noviembre de 1541 al frente de doscientos cincuenta soldados, veintiséis caballos y un pequeño grupo de indios aliados.

Cuando ya se habían alejado de los lugares poblados comenzaron a encontrar asentamientos de indios, algunos que solo los miraban pasar con curiosidad y otros hostiles con los que se vieron forzados a combatir. 

Al cruzar un río se enfrentaron a un grupo más grande de guerreros indios con los que batallaron por más de tres días, hasta que estos emprendieron la retirada llevándose algunos caballos y a todas las mujeres que venían en la retaguardia protegidas por solo un puñado de soldados.

En el camino éstas sufrieron los rigores de la marcha forzada entre la maleza y los pantanos. Iban montadas delante del indio en el lomo pelado del caballo. Las que más sufrieron fueron las damas no acostumbradas a estos maltratos. 

Josefa, Manuela y Antonia soportaron mejor el agobio de la alocada carrera de los caballos, pegándose al cuerpo del jinete que las transportaba. Antonia se acostumbró rápidamente y no le molestaba la proximidad de su cuerpo agitado, sudoroso, ensangrentado y el olor de la desgreñada cabellera de su captor, el que parecía tener cierta autoridad entre ellos.

Al llegar de vuelta al caserío que habitaban hubo una gran celebración, donde comieron, bebieron y danzaron buena parte de la noche. El broche final sería la posesión de las mujeres cautivas que ya habían sido asignadas, algunas a los que las habían capturado y las que parecían de más calidad e importancia para los jefes de la tribu.

A Josefa, Manuela y Antonia, acostumbradas a los marineros y vagabundos del puerto no les molestaba mucho la compañía de hombres no muy aseados y borrachos así que no estaban angustiadas ni mucho menos como las otras mujeres. En un momento dado Antonia se sumó a la danza que realizaban los guerreros alrededor del fuego causando risa entre las indias y el gesto desaprobatorio de los caciques.

Ya entrada la noche había un tendal de indios borrachos por doquier, pero el que la había traído en su caballo no parecía estar en tan mal estado. La llevó a su tienda y la poseyó salvajemente repetidas veces hasta casi el amanecer cuando quedaron ambos exhaustos y profundamente dormidos. Josefa y Manuela corrieron la misma suerte aunque en lugar de uno fueron varios los que las poseyeron.

A Juana Mendez la había llevado a su choza uno de los caciques bastante bebido que se quedó dormido sobre su cuerpo luego de arrancarle los vestidos y desnudarla. Ella entonces se lo sacó de encima como pudo y escapó con su ropa hecha jirones, semidesnuda, ocultándose entre los matorrales. 

Fue acercándose lo más posible a todas y cada una de las otras viviendas en algunas de las cuales se oían los gritos y forcejeos de las mujeres defendiéndose de los indios borrachos hasta que en una de ellas, un poco alejadas de las demás encontró, con gran alborozo de su parte, entre otros cautivos que estos indios tenían esclavizados, a su prometido, barbudo, harapiento y muy desnutrido, al que en los primeros momentos le costó un poco reconocer. Luego ella lo tomó de la mano y escaparon escondiéndose entre la maleza.

Mientras tanto los exploradores luego de atender lo mejor que pudieron a los heridos y enterrar a sus muertos, se organizaron rápidamente para perseguirlos y rescatar a las mujeres y a los caballos, guiados por los indios aliados que siguieron las huellas hasta encontrar el caserío de donde provenían. 

Luego de una desigual batalla en la que los indios muchos de ellos todavía bajo los efectos de la pasada celebración no ofrecieron gran resistencia, consiguieron dominarlos.   

   

Cuando la lucha ya parecía inclinarse definitivamente a favor de los españoles el último grupo de una docena de guerreros, al parecer los mas jóvenes, que aun resistían, al mando del captor de Antonia y sus subalternos, que habían maniatado a las tres mujeres a unos árboles, las soltaron y cargaron en sus caballos escapando luego hacia la espesura de la selva.

Los indios heridos y los que sobrevivieron fueron ejecutados. Se recuperaron los caballos, liberaron al resto de las mujeres e incendiaron el caserío que habían habitado estos indios, con todos los cadáveres dentro de los mismos.  

 Juana Méndez que había conseguido encontrar y reunirse con su prometido se ocupó inmediatamente de higienizarlo, alimentarlo y vestirlo lo mejor que pudo.  

Los expedicionarios continuaron su marcha atravezando tupidas selvas, abriéndose paso con los machetes de los indios que los acompañaban en la vanguardia, subiendo por serranías de difícil acceso, cruzando arroyos correntosos y peligrosos pantanos, tratando de granjearse la amistad de los pueblos indígenas que encontraban en su camino y batallando contra quienes los atacaban.


Exhaustos, con muchos hombres perdidos en las batallas contra las tribus hostiles y con sus reservas de alimentos casi agotadas siguieron el cauce de un ancho río hasta encontrar una aldea de indígenas amigables donde fueron bien recibidos. Alli consumieron pescado, mandioca y otros alimentos que los indios les ofrecieron para saciar el hambre atrazado que traían.  

Se oía todo el tiempo un fuerte e ininterrumpido tronar y al preguntar sobre esto los indios les indicaban con gestos sobre una gran caída mencionando con frecuencia la palabra Iguazú, que significa Aguas Grandes en guaraní. 


Un par de días despues los guiaron entre la frondosa vegetación hasta el borde del caudaloso río, el que luego de recorrer muchos kilómetros por una meseta, absorbiendo el caudal de los afluentes que se encontraban en su camino, llegaba a un punto donde se producían numerosas caídas para luego volcarse en una enorme grieta desde una altura de mas de 80 metros.


Alvar Nuñez Cabeza de Vaca y lo que restaba de su tropa fueron los primeros europeos en presenciar la gran caída de aguas y descubrir las Cataratas que fueran luego llamadas Iguazú. Acamparon en un explanada desde donde se podía ver y sentir la fuerza del torrente cayendo tumultuosamente al abismo.

Reanudaron la marcha luego de un par de semanas de descanso gozando de la hospitalidad de aquella tribu que les brindaron ademas de alimentos, la compañia de jóvenes indias, lo que hacía más difícil para los soldados abandonar un lugar tan acogedor luego de haber sufrido tantas penurias. 

Según el relato de uno de los expedicionarios: “Las jóvenes indias son hermosas y no se rapan parte alguna de su cuerpo, pues andan desnudas tal como vinieron al mundo. Nos ofrecieron maíz, mandioca, maní, batatas y otras raíces, pescado y carne, todo en abundancia. Permanecimos entre ellos más de catorce días”.

El jefe de la tribu designó a un par de sus subalternos a sumarse a los indios que acompañaban a la expedición para guiar a los expedicionarios por senderos por ellos bien conocidos llegando en relativamente corto tiempo a Asunción.
Una veintena de soldados se ocultaron en el momento en que debían partir quedándose a vivir en el caserío con los indios. 

Al llegar Alvar Nuñez a Asunción encontró resistencia por parte de los capitanes y colonos españoles allí establecidos, quienes rechazaban su autoridad y sus proyectos de organizar la colonización del territorio dejando de lado la búsqueda de los tesoros de los que hablaban los indígenas. 

Finalmente tomó posesión del cargo de gobernador el 11 de marzo de 1542. Para entonces se habían formado dos bandos: el de los recién llegados y el de los Asunceños, partidarios de Irala a quienes contrariaba tener que aplazar la expedición a la Sierra de la Plata, de la que esperaban conseguir grandes riquezas.

Para ese entonces la Iglesia Católica buscaba incorporar a su feligresía a los indígenas de las colonias conquistadas. En 1537 mediante la bula del Papa Pablo III se había declarado a los indígenas hombres con todos los efectos y capacidades de cristianos. 

Al tomar posesión de su cargo, el propósito del nuevo gobernador de erradicar la anarquía y dominar a los insurgentes provocó que éstos se sublevaran dos años después en 1544 acusándolo de ejercer un gobierno personalista y dictatorial, de excesiva protección de los indios y abusos de poder en la represión de los disidentes. El motivo principal de su rechazo, en realidad, era porque el Adelantado exigía el cumplimiento de las Leyes de Indias, las que protegían a los indígenas de los abusos de los conquistadores, entre otras medidas poco políticas.

 Álvar Núñez no pudo responder personalmente a esos cargos a causa de un ataque de malaria que lo había postrado en cama; así que fue detenido, engrillado y encarcelado. 
Once meses después, con la barra de grillos remachada a los pies, fue llevado de los brazos por dos guardias y embarcado rumbo a España, en una carabela fabricada en Asunción, capitaneada por Gonzalo de Mendoza. 

Más prisioneros fueron embarcados en la escala de San Gabriel, entre ellos los “leales” a Alvar Nuñez, Juan de Salazar, Pedro Estopiñan y Pero Hernández, que habían participado, sin éxito, en un alzamiento contra Irala. 

En 1544 había asumido Domingo Martinez de Irala, quien había llegado a la región formando parte de la expedición de Don Pedro de Mendoza en 1536 y que luego sucedió al depuesto Alvar Nuñez como gobernador del Río de la Plata y del Paraguay.

Irala halló la forma de concertar la paz con los diferentes grupos indígenas tomando varias concubinas y permitiendo que los españoles también convivieran cada uno de ellos con varias mujeres nativas.

Los caciques, como primera demostración de bienvenida y acogida amistosa, les ofrecían sus hijas y otras mujeres de la tribu, para todo lo que necesitaran.

Esa cohabitación facilitó las relaciones con los indios, que se ofendían si algún castellano se negaba a aceptar su ofrecimiento.

Favorecidos por estos hábitos, no es de extrañar que los castellanos, hayan usado y abusado de las indias. Hasta los eclesiásticos recibían y aceptaban, tales obsequios. 

Cuando llegó el obispo Fernández de la Torre, le fueron regaladas ¨una mula y muchas indias¨, poniéndolas en este orden, de acuerdo al valor que entonces se les daban, anteponiendo las conveniencias económicas.

La promiscuidad en que se vivía, la ausencia de mujeres españolas y la juventud de los conquistadores, contribuyó en gran medida a la mestización. 

Gracias a este modus operandi pudo llevarse a cabo la conquista del Río de la Plata por el reducido número de españoles que la realizó y sin el derramamiento de sangre que hubo en otras partes. Esta modalidad dió a la raza, caracteres peculiares que aún subsisten en el Paraguay.

Fueron concubinas de Martinez de Irala, entre otras, las indias Maria Mendoza, Beatriz de Irala, E. de Irala, Marina de Irala, Leonor Moquirace y otras tres cuyos nombres no fueron registrados.

Se creó entonces una gran descendencia mestiza, que fué la base de la raza criolla en esa parte de América, luego que sus hijas se casaron con diferentes exploradores, conquistadores y hombres españoles de importancia.

Según el genealogista Binayan Carmona, muchos de los próceres de Mayo y grandes personajes argentinos y paraguayos como Mariano Moreno, Manuel Belgrano, Juan Francisco Segui, Juan Francisco Tarragona, Remedios Escalada de San Martin, Juan Antonio Alvarez de Arenales, Jose Evaristo Uriburu, Victoria Ocampo, Bernardo de Irigoyen, Francisco Solano Lopez, Joaquin de Anchorena, Adolfo Bioy Casares y Ernesto ¨el Che¨ Guevara, entre otros, provenían de esa base de la raza criolla de América.

  El camino que se utilizaba para llegar desde Santa Catalina hasta Asunción comenzó a tener importancia y ya se usaba con bastante frequencia. De tanto en tanto se podía encontrar un asentamiento donde se hablaba el castellano tanto como el guaraní gracias a los soldados que habían desertado y que les enseñaban el idioma a sus hijos y mujeres aprendiendo ellos a su vez el guaraní. 
 
Al volver engrillado a España el Consejo de Indias desterró a Alvar Nuñez Cabeza de Vaca a Oran, Argelia, donde estuvo encarcelado ocho años, al cabo de los cuales Felipe II le concedió el indulto y el cargo de juez en la Casa de Contratación de Sevilla.

Los últimos años de su vida los pasó como prior de un convento sevillano, donde falleció en 1559. 

 

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