Por: Sara de abreu

¡Me di cuenta de que yo soy mi peor enemigo!

¡Ya va! ¡Me estoy frotando las manos, lo que viene, es duro! Hoy escuché a alguien decir qué: “No es fácil darle un abrazo al que nos ha hecho tanto daño”. El que me conoce se imagina lo que pensé en ese momento. Mi cara realmente era todo un poema, como cuando te dicen, lame el suelo. En aquel momento dije: ¡Claro! Evidentemente no es fácil; más fácil sería darle con un palo en la cabeza y luego gritarle: ¡Toma esto por haberme herido muchas veces! Entonces mi mente empezó a volar, me imaginaba patadas voladoras, bazucas, bofetadas, dientes en el suelo, seguros dental, zapatos volando pero, volando sobre la cabeza del que me hizo daño. Me puse tan violenta que rompí en llanto, mis ojos se llenaron de lágrimas, fue un momento de debilidad, odio, lo que realmente sentía era que me ahogaba en ese mar de emociones, diría yo: ¡Lo que en realidad era un océano de emociones! Como el pacífico. Me sentía vulnerable y comencé a recordar a todas las personas que alguna vez en su vida me habían dañado de alguna u otra manera. De repente me convertí en mi peor enemigo.

No paraba de llorar, sentía rabia, indignación, trataba de secar mis ojos y seguir… pero, no. Era cada vez peor. Como pude tomé un taxi, llegué a mi casa y no recuerdo haberle pagado al taxista de la crisis que tenía. Entré a la casa, tiré todo al suelo y allí fue donde comenzó mi show. Empecé a llorar aún peor, me lancé al suelo, me revolcaba, gritaba entre llantos, sentía un vacío, uno muy grande como si te faltara el aire para respirar. En ese momento no pude olvidar las preocupaciones. Los ojos me ardían de tantas lágrimas, apretaba los cojines tratando de sacar la rabia y tristeza que sentía al recordar al que era tu amigo y ya no lo es, las que decían apoyarte y hablaron mal de ti, al que era tu familia y te ofendió, a la persona que más quisiste y te traicionó, al que prometió estar contigo mil veces y no lo estuvo. Lloraba horrible y seguía recordando a la nueva novia del amor de mi vida, como me miraba y gozaba de mi desgracia, a mis padres, a los compañeros solidarios, que te dejaron solitaria en los peores momentos de tu vida. En fin, a la humanidad que me falló en algún momento.

Cuando por fin logré calmarme, entre gemidos suspiré y mire al techo. Duré un par de minutos pensando. Hasta que decidí preguntarle a Dios: ¿Dios mío, por que eres tan malo conmigo? ¿Por qué permites que me pase todo esto a mí? ¿Por qué no haces que sufran los que me hicieron daño? ¿Por qué nada de esto lo he superado? ¡Dios no seas malo conmigo! Caramba, yo hubiese sido Dios en ese momento y me doy tres cachetadas y dos escobazos por la cara. Pero, como Dios no es como nosotros y mucho menos como yo, me respondió a su manera y entonces pensé: Imagínate, si Dios hubiese sido igual de agresivo conmigo, ya yo no existiría porque yo también he cometido errores y acciones que han causado dolor a muchas personas. No lo he superado, le pregunté. y obviamente no, y jamás lo haré si no aprendo a perdonar. Imagino todas las veces que los demás pidieron lo mismo para mí, las veces que lloraron por lo que les hice. Las heridas que causé y aun así, Dios siguió siendo misericordioso y me alivió de mucho más dolor, y todavía me quejo. Todo este proceso y momentos fuertes que he vivido por medio de la traición ha sido para que logre crecer, madurar y aprender a amar a los enemigos. Porque sé que el día de mañana seré mejor, que aquellas personas que me hicieron daño son seres humanos al igual que yo, que necesitan darse cuenta, caer, levantarse, perdonar y seguir. Hoy día, he aprendido a bendecirlos y me ha ido excelente, soy más segura, más feliz y sobre todas las cosas tengo paz, porque DIOS ES MI JUSTICIA. No me convertí en mi propio enemigo sólo por darle el gusto a las malas enseñanzas de no perdonar y perder mi felicidad.

Yo perdoné y también prometí pagarle al taxista si lo vuelvo a ver.

Sara De Abreu.

Publicado en Relatos